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El Vaticano
—¿Por qué? —preguntó Anna.
—Porque ahora nadie sabe qué se puede comentar sin peligro y qué no.
—Estamos en un centro científico. Hablamos de cuestiones científicas.
Él la miró con el cansancio de quien ha renunciado hace mucho a formular preguntas en voz alta.
—Exactamente. Sigue pensando eso.
Ella no intentó retenerlo. Su miedo no demostraba que hubiera una fuerza oculta detrás de lo que sucedía. Pero Anna veía ahora cómo la prudencia se propagaba entre las personas como otra enfermedad. Uno enmudecía, otro dejaba de hacer preguntas y un tercero fingía no haber apoyado jamás una idea controvertida. Así se podía paralizar un proyecto sin tomar ninguna decisión que alguien pudiera calificar de prohibición.
Por entonces apareció en su vida un hombre al que conoció a través de contactos profesionales. No trabajaba en su equipo, no tenía acceso a su laboratorio ni se hacía pasar por un especialista con respuestas para todas las preguntas. Sabía escuchar de una manera que no obligaba a su interlocutor a llenar los silencios apresuradamente. Al principio hablaban de investigación científica; después, de libros, de viajes y de cómo cambia una persona cuando lleva mucho tiempo viviendo en un lugar donde no puede expresar en voz alta todo lo que piensa.
Él sabía que Anna había perdido a su madre. No intentaba explicarle cómo debía vivir el duelo ni recurría a frases sobre el tiempo que todo lo cura. Cuando hablaba del proyecto, le preguntaba qué obstáculos concretos habían surgido y qué necesitaba para continuar. Cuando la amargura la hacía responder con brusquedad, él no fingía no haberlo advertido.
—Crees que, si encuentras a un culpable, te sentirás mejor —le dijo una vez.
—No busco culpables. Quiero entender por qué una decisión que debería evaluarse científicamente no se evalúa de ese modo.
—¿Y si hay más de una razón?
—Entonces hay que decir cuáles son.
—La gente rara vez dice las razones cuando sabe que tendrá que responder por ellas.
Anna lo miró. Había algo insólito en aquella serenidad: él no justificaba al sistema, pero tampoco la empujaba hacia la conclusión fácil de que todos eran enemigos. Le permitía dudar. Tal vez por eso, poco a poco, empezó a hablarle con mayor franqueza.
Por entonces ignoraba que tenía delante a un hombre cuya atenta cordialidad no se debía únicamente al interés personal. Desconocía el número de código con el que figuraba en documentos ajenos y ni siquiera imaginaba que un día su propia biografía quedaría resumida en un expediente confidencial mediante unos pocos párrafos escuetos. Para ella era alguien con quien podía decir en voz alta lo que ocultaba a sus colegas.
—A veces me parece que sigo aquí solo porque no he tenido tiempo de pensar adónde marcharme —le confesó un día.
—¿Y si pudieras elegir?
—No puedo irme sin más. Tengo firmado un compromiso de no abandonar el país. Además, ¿quién me necesitaría en el extranjero? No tengo resultados concluyentes; solo una línea de investigación que ni siquiera aquí me dejan comprobar.
Él no respondió de inmediato. Primero le preguntó qué quería preservar exactamente: su trabajo, la posibilidad de seguir investigando, el recuerdo de su madre o el derecho a creer que todo aquello había tenido sentido.
—¿Acaso se pueden separar esas cosas? —preguntó Anna.
—A veces no queda más remedio.
Ella permaneció callada largo rato.
—Quiero que lo que sé hacer sirva de algo. No solo para los informes ni solo sobre el papel. Quiero saber que al menos lo hemos intentado.
—En otro país tal vez tengas la oportunidad de continuar con tu trabajo. Hay personas a las que podría interesarles tu experiencia. Pero eso no significa que todo vaya a ser más fácil. Tendrás que abandonar la vida que conoces. Y no podrás regresar como si no hubiera pasado nada.
Anna estuvo a punto de echarse a reír.
—¿Me estás describiendo la emigración o la muerte?
—A veces la gente habla de ambas con las mismas palabras. Pero no son lo mismo.
Aquella noche él no propuso ninguna ruta ni habló de billetes. Dejó la idea entre los dos, como un libro sobre la mesa que uno podía abrir o dejar pasar inadvertido. Unos días después fue la propia Anna quien retomó la conversación.
Empezó a hacer preguntas: qué pasaría con su trabajo y sus documentos, si podría seguir investigando, cuáles serían las consecuencias de incumplir el compromiso de no abandonar el país. Pero lo esencial ya había ocurrido: por primera vez, la vida fuera de Rusia dejó de parecerle una posibilidad abstracta y se convirtió en una elección real.
Él respondió con cautela. En el extranjero nadie recibe la libertad junto con el pasaporte: también allí existen normas, dependencias y un idioma ajeno. Pero, si deseaba continuar con su trabajo, merecía la pena considerar una salida que, al menos, le ofreciera una oportunidad.
—Hablas como si ya lo hubieras decidido todo por mí —dijo Anna.
—No. La decisión será tuya. Solo te estoy mostrando que existe otra salida.
—¿Y si es una trampa?
Él sostuvo su mirada.
—Entonces tendrás que evaluar el riesgo. Pero quedarte solo porque temes equivocarte también es una decisión. Y también tiene un precio.
Aquella frase le dolió más de lo que quiso reconocer. Anna siempre había creído que una decisión responsable era aquella que podía justificarse con argumentos. Ahora se enfrentaba a una elección para la que no disponía de información suficiente. Podía quedarse, seguir trabajando en las mismas condiciones y esperar a que la situación se aclarase. O podía marcharse y perder para siempre la posibilidad de regresar a la vida que conocía. Ningún camino garantizaba justicia; ninguno le prometía paz.
Pasaron los meses. La pandemia se convirtió en parte de la vida cotidiana, las instituciones se adaptaron a las restricciones y Anna siguió intentando sacar adelante su línea de investigación. A veces le parecía que todo podía arreglarse todavía; entonces llegaba una notificación aplazando una reunión, una denegación de acceso o una nueva conversación interrumpida a medias.
Recordaba a su madre tanto en el dolor como en los detalles más insignificantes: su té favorito, una melodía conocida, una anotación materna al margen de un libro. El trabajo no podía devolverle lo perdido. Pero, si Anna renunciaba a todo cuanto consideraba importante, la muerte de su madre no sería más que un vacío alrededor del cual habría construido su miedo.
No quería vivir exclusivamente movida por la culpa. Pero todavía no sabía cómo separar la culpa de la esperanza.
* * *
Volvieron a hablar de una salida concreta en 2022. Para entonces, la propuesta había dejado de ser una idea remota. El hombre al que Anna consideraba su amigo le dijo que existía la posibilidad de organizar su marcha. No intentó revestirlo de romanticismo. Le explicó que el camino sería difícil, que tendría que actuar con prudencia y que, una vez fuera, ya no podría disponer de su propia vida como antes. En Estados Unidos podrían recibirla y ofrecerle la posibilidad de trabajar, pero a cambio tendría que aceptar controles, restricciones y una protección inseparable de la vigilancia.
—¿Quieres decir que me salvarán y luego vigilarán cada paso que dé? —preguntó Anna.
—Quiero decir que la seguridad nunca es gratuita. Sobre todo en tu caso.
—¿Y el trabajo? ¿Mi proyecto? Dijiste que allí les interesaría.
—Les interesarán tus conocimientos. Pero nadie honrado te prometerá que mañana entrarás en un laboratorio y seguirás donde lo dejaste. Tendrás que pasar una evaluación, explicar lo que sabes y empezar a construir la confianza desde cero.
Anna apartó la mirada. Sus palabras no contenían aquella garantía mágica con la que a veces soñaba en sus momentos de desesperación. Estados Unidos no parecía una orilla salvadora, sino otra orilla a la que debía llegar nadando sin saber qué encontraría al desembarcar.
—Tengo firmado un compromiso de no abandonar el país —dijo—. No puedo comprar un billete y desaparecer sin más.
—Por eso nadie te propone hacerlo directamente. Puedes organizar un viaje corto a Abjasia, supuestamente para asistir a la boda de unos amigos. Comprar billetes de ida y vuelta, preparar una maleta para unos días. A los ojos de los demás será un viaje privado normal. En Abjasia te esperará un guía. Después te ayudarán a cruzar la frontera con Georgia y, del lado georgiano, habrá un avión especial aguardándote.
Hablaba sin dar detalles, sin dibujar la ruta sobre el papel ni prometer que todo saldría bien. Anna entendía que aquella reserva respondía a una organización que no quería dejar rastros innecesarios y que tampoco pensaba revelarle todas sus capacidades. Pero también comprendía que, a partir de ese momento, tendría que tomar decisiones que no podrían deshacerse con una simple llamada telefónica.
—¿Y si me detienen?
—Ese riesgo existe.
—¿Y si cambio de opinión cuando ya esté allí?
—Entonces tendrás que decirlo antes de dar el siguiente paso. Pero no puedo prometerte que cualquiera de las opciones de regreso sea segura.
—Tienes una forma muy convincente de ofrecer libertad —dijo Anna—. Sobre todo cuando enumeras todo lo que puedo perder.
—No te ofrezco libertad, Anna. Te ofrezco la posibilidad de elegir, aunque la elección dé miedo.
Se enfadó con él precisamente por su sinceridad. Habría querido oír que todo estaba organizado, que podría continuar investigando y que algún día tendría la posibilidad de volver. Pero él le ofrecía la realidad sin envolverla en consuelos.
Durante las semanas siguientes, Anna estuvo varias veces a punto de echarse atrás. ¿Y si sus conocimientos no le interesaban a nadie? ¿Y si el nuevo país no le permitía continuar con su trabajo? ¿Y si todo lo que le había parecido sospechoso no era más que el resultado del caos y de un sistema desbordado? Entonces marcharse no sería una salvación, sino una traición a su propia idea del deber.
Rusia no era un sistema abstracto. Allí había nacido y estudiado; allí había visto por primera vez un laboratorio, y allí su madre le acomodaba la bufanda antes de salir de casa. Las calles de San Petersburgo, las tardes de Moscú, los libros, las voces familiares y la tumba de su madre la unían al pasado con más fuerza que cualquier documento. Irse no significaba borrar todo aquello, sino llevárselo consigo sin poder volver a tocarlo.
Quedarse significaba vivir cada día rodeada de recordatorios de su impotencia. Anna no creía que su investigación pudiera derrotar la enfermedad de un golpe, ni sabía si habría salvado a su madre. Pero la posibilidad de comprobar la hipótesis se desvanecía entre decisiones cuyas causas nadie explicaba. Le daba miedo aprender muy pronto a callar como los demás.
Aceptó, aunque el miedo no desapareció y seguía sin confiar del todo en quienes le ofrecían ayuda. Pero quedarse inmóvil se había vuelto insoportable. Quería continuar con su trabajo. Quería demostrar que sus conocimientos podían servir de algo. Quería vivir sin que cada día comenzara con un juicio interior contra sí misma. Y, aunque a regañadientes se lo confesara incluso a sí misma, quería llegar a un lugar donde su pasado no fuese lo primero que la gente supiera de ella.
Poco antes de partir, fue al instituto y permaneció largo rato en un pasillo vacío. Las puertas de los laboratorios estaban cerradas. Detrás de una de ellas alguien trabajaba, moviendo con cuidado recipientes de vidrio. En otra brillaba la luz de un monitor. Todo estaba organizado como si el trabajo fuera a continuar sin ella, y, por supuesto, así sería. La gente llegaría por la mañana, abriría los registros, comprobaría las anotaciones y comentaría los resultados. En su mesa quedarían apuntes, algunos de los cuales nadie comprendería como ella.
Anna apoyó la palma de la mano en la superficie fría de una puerta. Habría querido decir en voz alta que no abandonaba la ciencia. Que no renunciaba a sus convicciones. Que se marchaba precisamente porque no quería dejar de hacerse preguntas. Pero el pasillo no era un testigo al que debiera dar explicaciones.
Apagó la luz del despacho y dejó la llave en su sitio.
* * *
Sobre el papel, el viaje a Abjasia parecía de lo más corriente: billetes de ida y vuelta, una bolsa pequeña, la excusa de la boda de unos conocidos y el regreso al trabajo a comienzos de la semana. Anna procuraba comportarse con naturalidad, pero cada gesto cotidiano se convirtió en parte de una despedida.
El rostro sabía fingir mejor que el cuerpo. Antes de partir se le secaba la boca; durante el trayecto apenas comía y despertaba con cualquier ruido. Se miraba los dedos e imaginaba que algún día aquellas manos sostendrían documentos con un nombre ajeno.
Después comenzó el viaje y ya no hubo tiempo para pensar. El aire era más húmedo y suave que en Moscú; olía a tierra, vegetación y mar. De día hacía bochorno; al anochecer, el frío calaba los huesos. El habla de la gente sonaba distinta y desaparecían las referencias familiares. Abjasia dejó de ser un punto en el mapa para convertirse en un espacio entre la vida que todavía podía alcanzarla y un futuro que le exigía seguir adelante.
El guía no le hacía preguntas sobre sus sentimientos. Solo decía lo que era imprescindible saber en cada momento y no prometía un paso fácil. Anna escuchaba, asentía y trataba de no pensar en los detalles que escapaban a su control. Solo tenía una certeza: si se detenía allí y pedía que la llevaran de regreso, su antigua vida no volvería a ser la misma. Las sospechas, las restricciones, el silencio y el miedo existían ya, independientemente de lo que ella decidiera.
Cruzar la frontera no se pareció a una escena de cine. No hubo un gesto heroico ni una sensación instantánea de libertad. Hubo frío, cansancio y espera; cada ruido parecía demasiado fuerte. Anna avanzaba porque cada paso era ya consecuencia del anterior.
Cuando le dijeron que el tramo peligroso había quedado atrás, no sintió alegría. El alivio fue tan intenso que comenzó a temblar, y tras él llegó la vergüenza. Había dejado atrás a personas que no sabían dónde estaba y a compañeros a los que no había explicado su desaparición. Sin duda, algunos la considerarían una cobarde; otros, una traidora. No podía justificarse.
Del lado georgiano la recibieron personas que no hacían preguntas innecesarias. Anna había dejado de intentar adivinar qué pensaban. Solo quería recorrer la siguiente etapa y despertar algún día en un lugar donde nadie le exigiera presentar su antigua vida junto con los documentos.
El avión especial no era una promesa de felicidad: una cabina fresca, varios asientos y personas que conocían su itinerario mejor que ella misma. Anna aceptó el agua que le ofrecieron, se sentó junto a la ventanilla y contempló la tierra de la que ya no la separaba únicamente una frontera, sino también su propia decisión.
Durante el vuelo nadie le preguntó por su madre ni por sus investigaciones. También el silencio exigía esfuerzo. El futuro se descomponía en palabras inciertas: nueva dirección, documentos, evaluación, trabajo, protección. Ninguna se parecía a un hogar.
Recordaba a su madre no en sus últimos días, sino en los momentos domésticos más sencillos: cuando la llamaba desde la habitación contigua, cuando dejaba una taza sobre la mesa, cuando la regañaba por trabajar hasta muy tarde. En esos recuerdos no había ciencia ni política. Anna no podía salvar a su madre retrospectivamente ni demostrar que las cosas habrían sido distintas. Pero sí podía decidir en quién se convertiría después de aquella pérdida.
Quería creer que delante la esperaba el trabajo. No un descubrimiento garantizado, ni la gratitud del mundo, ni el reconocimiento de que ella tenía razón: simplemente, la posibilidad de seguir buscando. Era menos de lo que había soñado conseguir y más de lo que le quedaba en casa.
Cuando el avión comenzó a descender, Anna no se sintió vencedora. Había dejado su país y su antigua carrera; a cambio, recibía una oportunidad que aún tendría que ganarse y una protección que inevitablemente implicaba vigilancia. La salvación no era una puerta abierta a una nueva vida, sino un pasillo estrecho con un número desconocido de puertas cerradas.
* * *
Ahora, en la habitación de Roma, Anna volvió a abrir los ojos. El teléfono seguía sobre la mesa. El mensaje que anunciaba el cambio de condiciones no había desaparecido y todavía no habían llegado nuevas instrucciones.
Se acercó a la mesa, volvió a leer el texto y dejó el móvil boca abajo. Recordó al director del instituto, la pausa antes de su respuesta, el zumbido tenue de las lámparas del pasillo. Recordó al hombre que le había propuesto marcharse. Recordó el avión especial en el que había comprendido por primera vez que su destino quedaba ligado a personas capaces de ayudarla, pero no obligadas a contarle toda la verdad.
Habían pasado casi tres años desde entonces. Se había acostumbrado al nuevo país, al nuevo nombre y al hecho de que algunas personas supieran de ella más de lo que le habría gustado. Había aprendido a ser Ann para Johnny y Anna Samsónova para quienes conocían su verdadero pasado. Podía reír, visitar museos, estudiar idiomas y hacer planes. Pero bastaba con que apareciera alguien dispuesto a cambiar las condiciones sin dar explicaciones para que regresara aquella sensación de antaño: estaba de nuevo ante una puerta cerrada, mientras la decisión se tomaba en algún lugar al otro lado.
Anna escribió una breve respuesta: «Mensaje recibido. Quedo a la espera de aclaraciones».
No hizo preguntas. No porque confiara en el remitente, sino porque entendía que disponía de muy poca información para distinguir una advertencia de una prueba. El desconocido podía temer la vigilancia. Podía haber descubierto algo nuevo. Podía estar poniendo deliberadamente a prueba su disposición a obedecer. O podía no ser siquiera la persona que pretendía ser.
Solo le quedaba esperar el siguiente mensaje y recordar que esta vez no había venido por el deseo de visitar Italia. Había venido en busca de una respuesta que tal vez nadie quería darle.
Al otro lado de la ventana, Roma iba sumergiéndose en la tarde. Una sombra se deslizaba por la pared de enfrente, abajo se cerró una puerta de golpe y alguien se rio en la calle. Anna apagó la luz y se quedó junto a la ventana, sin poner música ni abrir un libro. La habitación estaba a oscuras, pero la ciudad seguía viviendo como si no hubiera ocurrido nada.
El teléfono vibró.
Se volvió tan deprisa que golpeó el borde de la mesa. En la pantalla apareció un mensaje nuevo. Breve, sin firma.
«El mensajero ya no acepta el lugar acordado. Espere. Y recuerde: si no la ve en persona, el encuentro no se celebrará».
Anna releyó la última frase. Así que todo seguía dependiendo de ella. O alguien quería que lo creyera.
Contempló su reflejo en el cristal oscuro y, por primera vez desde el comienzo del viaje, se permitió formular una pregunta que había evitado desde que recibió la misión:
—¿Y si el hombre al que debo ver no quiere, en realidad, que yo regrese?
No hubo respuesta. Solo las ventanas iluminadas del edificio de enfrente y el teléfono, cuya pantalla volvió a apagarse.
* * *
EL VA†ICANO
Capítulo 4. El último encuentro
Roma, 26 de abril de 2025
El teléfono vibró a las 22:41.
Anna no miró la pantalla de inmediato. Estaba junto a la ventana, observando cómo dos hombres se despedían abajo, en una calle estrecha, al lado de una motocicleta aparcada. Uno hablaba en voz alta, agitando los brazos; el otro se reía mientras retrocedía hacia la puerta de una cafetería. Una escena corriente, de las que ocurrían a cada minuto en Roma. Anna se sorprendió memorizando detalles: la marca blanca que el sol había dejado en el hombro de uno, un hilo enganchado en la manga del otro, la luz de una farola temblando sobre una piedra mojada junto al bordillo.
Intentaba pensar en cosas sencillas: llamar a Johnny, contarle que Roma era maravillosa, aunque hasta entonces la hubiera visto sobre todo desde las ventanillas de un coche y de su hotel.
El teléfono volvió a vibrar.
El mensaje había llegado por el mismo canal que los anteriores. Sin nombre, sin saludo. Apenas unas líneas:
«Modificación de las condiciones. El mensajero ha descartado la fecha anterior. El encuentro tendrá lugar mañana, domingo 27 de abril, entre las 12:00 y las 13:00. El lugar no cambia: la Capilla Sixtina. Después de ese día quedará cerrada al público. Si desean recibir los documentos, Samsónova deberá presentarse personalmente. Cualquier intento de vigilancia puede dar lugar a la cancelación de la entrega».
Anna leyó el mensaje. Después volvió a leerlo.
Alguien cerró de golpe la puerta de un coche en la calle. La ciudad seguía siendo la misma, pero en la habitación pareció faltar el aire.
Primero pensó en una explicación sencilla: el mensajero tenía prisa. Los Museos Vaticanos cerrarían después del domingo, y la propia capilla debía incorporarse a los preparativos del cónclave. Si la cita se aplazaba otra vez, el desconocido podía perder la oportunidad de estar en el lugar que había elegido. Todo parecía lógico. Demasiado lógico para resultar tranquilizador.
Sin embargo, aquel único mensaje contenía varias precisiones incómodas. Su autor conocía el cierre de la capilla. Sabía que Samsónova ya se encontraba en Roma. Y volvía a insistir en que debía acudir ella misma. No un representante estadounidense, ni un intermediario, ni alguien que supiera formular las preguntas adecuadas. Únicamente ella.
Anna escribió una respuesta: «Mensaje recibido. Confirmen que el horario es definitivo».
La envió y dejó el teléfono sobre la mesa. No hubo contestación. Esperó casi cinco minutos, aunque sabía que aquella espera no resolvería nada. Después silenció el aparato y empezó a preparar las cosas para el día siguiente: los documentos, un bolso pequeño, un pañuelo, agua. Se quedó mirando el pasaporte más tiempo del necesario. El documento estadounidense ya no estaba en su poder. El pasaporte ruso para viajes al extranjero permanecía en el compartimento interior del bolso, guardado cuidadosamente en una funda transparente. En aquella operación tenía que volver a convertirse en Anna Samsónova, la mujer a la que en Rusia daban por desaparecida.
No sabía que, a pocas manzanas de allí, dos estadounidenses ya habían recibido la misma información sobre la hora del encuentro. Tenían prohibido acercarse a ella, dar a entender que la conocían o intervenir salvo que fuera necesario. En el informe de servicio, la misión se formulaba con sequedad: garantizar la seguridad de Samsónova y evitar la pérdida de la información que pudiera recibirse.
Sobre el papel, todo parecía factible.
En la práctica, ni siquiera sabían si la carpeta existía.
* * *
El domingo amaneció luminoso, aunque fresco. El aire matinal olía a piedra, a yeso húmedo y al café que los camareros sacaban a las pequeñas mesas antes de abrir sus establecimientos. Grupos de turistas recorrían ya las calles. Unos caminaban con mapas, otros consultaban sus teléfonos y otros escuchaban a guías que hablaban en distintas lenguas, todos con la misma seguridad de quien debe conducir por la historia a personas que contemplan por primera vez sus escenarios.
Anna salió del hotel antes de lo necesario. No quería tener prisa, pero tampoco soportaba seguir en una habitación donde cada minuto le recordaba el encuentro que se acercaba. Caminaba sin movimientos bruscos, procurando no mirar por encima del hombro. Aquella precaución se había convertido hacía mucho en una costumbre, pero ahora la irritaba: ni siquiera en una ciudad extranjera podía permitirse ser una turista cualquiera.
Cerca de los muros del Vaticano, la corriente humana se hacía más densa. En la explanada frente a la entrada de los museos se había formado una cola: el último domingo del mes la entrada era gratuita, y a las dos de la tarde los visitantes debían haber abandonado las salas. Se alzaban paraguas por encima de las cabezas, aunque no había llegado a llover. Unos fotografiaban la fachada; otros comprobaban sus entradas; los empleados dirigían al público hacia los controles de acceso.

