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El Vaticano
Más tarde, ya en Estados Unidos, recordaba a veces aquella mesa y le sorprendía que su memoria hubiese conservado tantos detalles. Podía olvidar la curva exacta de un camino, el número de escalones de la casa o el color de la chaqueta de uno de sus acompañantes. Pero el olor de la masa recién hecha, el calor de una taza entre las manos, la nota agridulce del vino y el rumor vespertino de un río lejano habían permanecido intactos, sin esfuerzo alguno.
Quizá los recordaba tan claramente porque, incluso mientras huía, había descubierto lugares donde podría haberse quedado si su vida hubiera seguido otro rumbo.
Cuando el trayecto la condujo a la siguiente etapa, Anna ya casi no preguntaba qué ocurriría después. Seguía las instrucciones, observaba los rostros y procuraba no mirar demasiado a las personas que conocían su verdadero nombre. Un día le dijeron que, a partir de cierto punto, se harían cargo de ella unos agentes estadounidenses. Aquellas palabras sonaron a promesa, pero Anna ya comprendía que una promesa no equivalía a la salvación.
El vuelo especial la esperaba en un pequeño aeródromo. No hubo ceremonia alguna ni sensación de victoria. El avión parecía corriente, incluso anodino. Cerca se encontraban varias personas que no se presentaban ni hacían preguntas innecesarias. Le indicaron que subiera a bordo. Anna volvió la vista hacia la tierra que acababa de recorrer e intentó comprender qué estaba sintiendo exactamente. ¿Alivio? ¿Miedo? ¿Culpa? Todo a la vez.
En la cabina hacía fresco. Le dieron agua y le explicaron que no debía hablar de las siguientes etapas del itinerario con nadie salvo con determinados funcionarios. Anna asintió. Miró por la ventanilla, donde se reflejaba su rostro, y no reconoció a la mujer que la observaba desde el cristal. No porque su aspecto hubiera cambiado. Había cambiado el lugar desde el que se miraba a sí misma.
Cuando el avión despegó, el Cáucaso quedó bajo sus alas. Las montañas se volvieron pliegues oscuros, los ríos finas líneas de plata y las carreteras desaparecieron por completo. Anna no se sintió a salvo. Sintió que ahora la separaba de su antigua vida una distancia imposible de recorrer a pie. Pero la distancia no destruía la memoria. Solo la volvía más pesada.
Fue entonces cuando pensó por primera vez que algún día podría volver a aquellos lugares, no como fugitiva, sino como una viajera cualquiera. Detenerse junto a la carretera, pedir un jachapuri, sentarse en una terraza, escuchar una lengua ajena y no intentar adivinar quién de sus interlocutores conocía su nombre. Entonces aquella idea le había parecido casi imposible. Pero la guardó como se guarda un objeto pequeño que no puede enseñarse a nadie porque significa demasiado.
* * *
—Señorita, ¿quiere agua?
Anna abrió los ojos. Una azafata estaba a su lado con una botella en la mano. El avión volaba ya por encima de las nubes; la luz que entraba por la ventanilla era más intensa y la cabina se había llenado de las voces apagadas de los pasajeros que acababan de despertar.
—Gracias. Sí, por favor.
Bebió unos sorbos. El recuerdo se alejó, pero no desapareció. Era como si aún tuviera en la lengua el sabor de la masa caliente y en la memoria el frescor del aire de montaña. Anna se miró las manos. Entonces, en el avión que la sacaba de Rusia, había pensado que lo peor había quedado atrás. Ahora sabía que nadie puede abandonar definitivamente su vida anterior por el simple hecho de haber cruzado una frontera.
Su teléfono estaba en modo avión, de modo que Johnny no podía escribirle. Aun así, le respondía mentalmente: «He llegado. Estoy bien. Todavía haremos ese viaje juntos». Era una promesa que no tenía derecho a hacer en nombre del futuro, pero tampoco podía negarse a sí misma en el presente.
Varias horas después, el avión inició el descenso. Tras la ventanilla aparecieron costas, campos, carreteras y una densa extensión de edificios. Italia se acercaba no como un lugar de descanso, sino como un escenario en el que tendría que interpretar un papel que no había elegido ella sola.
En Roma solo debía seguir siendo Anna Samsónova en la medida en que lo exigiera la misión. A continuación entraría en vigor el plan acordado con la parte estadounidense. Sus documentos norteamericanos le permitían efectuar el vuelo y cruzar legalmente la frontera; después de llegar, debía entregar el pasaporte a un empleado de confianza de la embajada, conforme a una operación preparada de antemano. Para desplazarse a partir de entonces, disponía de un pasaporte ruso válido para viajar al extranjero y de la documentación necesaria para entrar en el país. Sobre el papel todo parecía sencillo. En la vida real, cada una de aquellas transiciones se asemejaba a un paso por un puente estrecho bajo el que corría el agua.
Anna no se engañaba pensando que aquel era un viaje turístico corriente. Sabía que su presencia en Roma importaba a personas que no tenían intención de explicárselo todo. Pero también sabía que un desconocido había accedido a entregar los documentos únicamente a ella. Eso significaba que no podía limitarse a rechazar el encuentro sin averiguar por qué la había elegido precisamente a ella.
Tras el aterrizaje, los pasajeros se levantaron, sacaron sus equipajes y formaron una fila en el pasillo. Ann esperó a que la multitud empezara a avanzar para ponerse en pie. En el aeropuerto olía a café, perfume, polvo tibio y a algo cítrico que llegaba desde una tienda junto a la salida. A su alrededor, el italiano sonaba rápido y musical. Anna se sorprendió prestando atención a aquellas entonaciones familiares. La tranquilizaban un poco.
Recorrió el pasillo con los demás viajeros, mostró los documentos necesarios y salió a la zona pública. Nadie la detuvo. Nadie pronunció su nombre como si fuera una advertencia. A su alrededor solo había viajeros corrientes, familias con niños, parejas, turistas mayores y hombres de traje. Todos llevaban su propia historia, pero ninguna podía leerse en sus rostros.
Junto a la salida la aguardaba un empleado al que solo podía reconocer por las señas acordadas de antemano. No la llamó por su nombre ni le tendió la mano. Intercambiaron unas frases breves, como dos personas que se encuentran por casualidad en un aeropuerto. Después la acompañó al lugar donde podría entregar el pasaporte estadounidense y recibir nuevas instrucciones. El trámite duró unos minutos. Desde fuera parecía un encuentro ordinario entre dos personas que necesitaban tratar un asunto de documentos.
Anna guardó el pasaporte ruso en un bolsillo interior del bolso. A ojos de los demás, volvía a ser una turista rusa. Más tarde debería incorporarse a un grupo turístico para pasar inadvertida entre los visitantes del Vaticano. Aquella decisión le parecía tan sensata como humillante: para hacerse invisible tenía que recuperar el papel que había dejado atrás.
Antes de salir del aeropuerto sacó el teléfono y lo encendió. Los mensajes de Johnny llegaron casi de inmediato.
«¿Has aterrizado ya?».
«Escríbeme en cuanto puedas».
«Sigo enfadado por el atasco. No contigo. Con el atasco».
Ann sonrió. Escribió: «Ya he aterrizado. Todo bien. Aquí hace calor. Ya oigo hablar italiano y estoy pensando en un café».
Quiso añadir: «Ojalá estuvieras aquí». Contempló las palabras unos segundos y acabó enviándolas también. Era una pequeña verdad que podía permitirse.
La respuesta llegó enseguida:
«Debería haber estado ahí. Perdóname. La próxima vez saldré de casa con veinticuatro horas de antelación».
«La próxima vez iremos juntos», escribió ella.
Esta vez no borró la frase.
Tras las puertas de cristal empezaba Roma. La ciudad la recibió con luz, ruido de motores y olor a piedra caliente. En algún lugar, más adelante, la aguardaban calles, plazas, museos y catedrales que habría querido visitar sin prisas. Pero en aquel momento no pensaba en la belleza. Pensaba en el rostro del hombre al que no debía haber vuelto a ver.
Anna apagó la pantalla y guardó el teléfono. En el bolso llevaba un pasaporte ruso; en la memoria, la voz de Johnny; y por delante tenía una reunión de la que sabía demasiado poco.
Había llegado sola a Italia.
Y, por primera vez en mucho tiempo, tuvo la impresión de que el pasado no se había limitado a quedarse atrás. La esperaba delante.
* * *
EL VA†ICANO
Capítulo 3. El precio de la salvación
Roma. Abril de 2025
Anna leyó el mensaje una vez. Luego, una segunda.
«Han cambiado las condiciones del encuentro. El lugar inicialmente acordado ya no está confirmado. Espere nuevas instrucciones. No emprenda ninguna acción por su cuenta».
El texto no llevaba firma. Solo figuraban la confirmación de entrega y la hora de envío: unos minutos antes.
Estaba sentada junto a la ventana de su habitación de hotel. Abajo, al otro lado del cristal, Roma seguía con su vida habitual: los ciclomotores se abrían paso entre los coches, dos conductores discutían en un cruce y una mujer con un abrigo claro llevaba una bolsa de papel de una panadería. El viento agitaba las copas de los árboles y, sobre la pared del edificio de enfrente, una franja de sol avanzaba lentamente. Todo resultaba tan cotidiano que el mensaje parecía fuera de lugar, casi indecoroso. El hombre por el que Anna había cruzado el océano cambiaba las reglas del juego sin molestarse siquiera en explicar por qué.
Dejó el teléfono sobre la mesa, aunque no lo perdió de vista.
Lo más inquietante no era el cambio de lugar: alguien que temiera estar vigilado podía trasladar una cita. Lo que la asustaba era otra cosa. El desconocido sabía que el mensaje llegaría cuando Anna ya estuviera en Roma, cuando no pudiera limitarse a cancelar el viaje. Le había presentado un hecho consumado: el acuerdo anterior ya no significaba nada.
Anna conocía bien aquellas fórmulas. Tiempo atrás la habían obligado a firmar registros de notificación, esperar autorizaciones y volver a los despachos de sus superiores con una solicitud tras otra, solicitudes que desaparecían en oficinas ajenas. «Las condiciones han cambiado». «El asunto requiere una aprobación adicional». «Volveremos sobre ello más adelante». A veces, tras esas palabras solo había burocracia. Otras veces, miedo. Y otras, alguien tomaba decisiones de las que no debían enterarse las personas cuya vida dependía de ellas.
Se acercó a la ventana. El cristal le devolvió un rostro sereno, casi impasible. Había aprendido a adoptar aquella expresión en Rusia, cuando empezó a ocultar la irritación y la angustia. En Estados Unidos se había convertido en parte de su nueva identidad. Ahora volvería a necesitar aquella máscara, frente a personas cuyas intenciones desconocía.
El teléfono no sonó. No llegaron más mensajes.
Anna se sentó al borde de la cama y cerró los ojos. Las palabras «las condiciones han cambiado» le recordaron de pronto otra frase, pronunciada muchos años antes en un despacho que olía a papel, café y desinfectante. Por entonces aún creía que, si exponía los hechos con suficiente precisión, si mostraba los cálculos y no permitía que las emociones debilitaran sus argumentos, la decisión se tomaría necesariamente atendiendo al fondo del asunto.
No se había equivocado en lo referente a la ciencia. Se había equivocado respecto a las personas.
* * *
A principios de 2020, los laboratorios vivían inmersos en su concentración habitual. En aquel centro científico de acceso restringido, cada jornada seguía un orden preciso: pases, registros, permisos limitados, firmas y conversaciones breves junto a las puertas. Incluso la preocupación se convertía allí en un protocolo: se anotaba una anomalía, se comprobaba, se repetía el experimento y se comparaban los resultados. Eso era precisamente lo que le gustaba a Anna: aquella claridad. El mundo fuera de los muros del instituto podía ser contradictorio, injusto y ruidoso, pero la investigación exigía honradez. Los datos confirmaban una hipótesis o no la confirmaban.
Trabajaba en un equipo dedicado al desarrollo de productos inmunobiológicos. Su especialidad consistía en analizar procesos biológicos y determinar qué hipótesis científicas merecía la pena investigar. Nunca se había considerado capaz de cambiar el curso de la historia con un solo descubrimiento. Le irritaban los titulares sobre «remedios milagrosos» y «soluciones universales», especialmente cuando aquellas promesas grandilocuentes no tenían detrás nada más que esperanza y publicidad. Cualquier tratamiento debía someterse a ensayos; cualquier propuesta tenía que resistir las comprobaciones antes de poder ofrecérsela a la gente.
Pero, con la aparición del nuevo virus, el tiempo dejó de ser una magnitud abstracta de un momento a otro.
Las noticias cambiaban a diario. Al principio parecía algo lejano, otro brote que los especialistas conseguirían contener. Después comenzaron a repetirse palabras conocidas: aislamiento, falta de camas, fronteras cerradas, personas que enfermaban casi al mismo tiempo. Anna leía publicaciones, contrastaba datos y discutía con sus colegas sobre los límites de las conclusiones que podían extraerse de una información que cambiaba a toda velocidad. No creía en una vacuna milagrosa capaz de eliminar todos los riesgos de un día para otro. Creía en la necesidad de trabajar: en hipótesis verificables, en varias líneas de investigación paralelas, en la posibilidad de encontrar formas de reducir la gravedad de la enfermedad y ganar tiempo para desarrollar soluciones más fiables.
No llamaba medicamento a sus ideas. En un laboratorio, aquella palabra implicaba demasiadas cosas. Mientras no hubiera superado las pruebas correspondientes, una hipótesis seguía siendo una hipótesis, por prometedora que pareciera. Pero Anna estaba convencida de que su línea de trabajo merecía una evaluación urgente. Contaba con observaciones, cálculos preliminares y una argumentación que podía defender. No necesitaba autorización para obrar un milagro, sino la posibilidad de seguir investigando: acceder a los materiales necesarios, reunir a los especialistas, poner a prueba su planteamiento y descubrir si tenía alguna utilidad práctica.
Por aquellas mismas fechas, su madre enfermó.
Al principio, Veronika Serguéievna decía que solo estaba resfriada. Su voz al teléfono sonaba cansada, aunque todavía se esforzaba por parecer animada. Se quejaba de debilidad, de que ya no apreciaba el sabor de los alimentos de siempre, de un frío extraño que la atravesaba incluso bajo las mantas. Anna le preguntaba por la fiebre, por la respiración, por lo que había dicho el médico. Su madre respondía a regañadientes, como si temiera que dar demasiados detalles convirtiera aquel malestar en algo grave.
—Mamá, por favor, no me digas que todo está bien si te encuentras mal.
—Y tú no me hables con voz de jefa de laboratorio —replicó Veronika Serguéievna—. Al fin y al cabo, soy tu madre.
Anna intentó sonreír, aunque su madre no podía verla.
—Precisamente por eso te lo pregunto.
—Lo sé, hija mía. Es que no quiero preocuparte.
Ya estaba preocupada. Comprendía lo poco que se sabía de aquella nueva enfermedad y la rapidez con que las expresiones «vamos a observar» y «habrá que esperar» perdían su capacidad de tranquilizar.
Pronto su madre dejó de bromear. Las conversaciones se hicieron más breves. Entre las preguntas y las respuestas se abrían largos silencios, y su respiración se oía por el auricular como si cada inspiración exigiera un esfuerzo independiente. Anna llamaba, buscaba información e insistía en que no demorara la asistencia médica. Pero no podía convertir sus conocimientos en el derecho a intervenir en cada decisión. Era científica, no una médica omnipotente junto a la cama de una enferma. Por primera vez, aquel límite le parecía menos una restricción profesional que un muro imposible de derribar.
Cuando el estado de su madre empeoró, Anna casi dejó de dormir. En el trabajo seguía cumpliendo con sus obligaciones: leía documentos, participaba en reuniones, comprobaba cálculos y preparaba la justificación de su propuesta de investigación. A veces las líneas de la pantalla empezaban a desdibujarse y tenía que levantarse, ir al lavabo, abrir el grifo del agua fría y esperar a que el mundo recuperara su nitidez. Después regresaba a los papeles.
Se repetía que debía mantener la lucidez. Si dejaba que el miedo la dominara, su madre no mejoraría; si seguía trabajando, tal vez encontrara una solución que pudiera ayudar a otros. Poco a poco, la esperanza personal y el deber profesional se fundieron en una sola cosa.
Un día solicitó una entrevista con el director del centro. Preparó la documentación, eligió cuidadosamente las palabras y revisó una vez más las cifras. No iba a pedir una excepción para su familia. Quería que se tomara una decisión basada en los méritos del proyecto.
El director la recibió al final de la jornada. Detrás de él había armarios llenos de carpetas; sobre el escritorio, documentos; en un rincón, el aire acondicionado funcionaba con un leve zumbido. Parecía cansado, pero no sorprendido. Anna ya había acudido a la dirección para defender su línea de trabajo y siempre llegaba bien preparada.
—Me está pidiendo que revisemos con urgencia las prioridades del equipo —dijo él, después de hojear las primeras páginas.
—No le pido que las revise porque yo esté alterada. Le pido que nos permita comprobar una hipótesis. En este momento hay motivos para pensar que esta línea merece ser evaluada. No podemos prometer resultados de antemano, pero sí averiguar si los hay.
—En las circunstancias actuales, muchas líneas de investigación parecen urgentes.
—Por eso no he traído solo mis conclusiones, sino también las limitaciones. No propongo anunciar un descubrimiento. Propongo realizar el trabajo que nos permita determinar si hay algo que valga la pena.
El director se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz.
—Anna Nikoláievna, ¿comprende que la investigación no se hace por el mero deseo de alguien? Existen procedimientos de autorización, recursos y aprobaciones. Hay decisiones que no se toman en su laboratorio, ni siquiera en nuestro centro.
—Lo comprendo. Pero, si todo tiene que esperar su turno, podemos perder un tiempo que ya no podremos recuperar.
—Todos estamos perdiendo tiempo ahora mismo. Y todos quisiéramos detenerlo.
—Entonces, ¿por qué ni siquiera estudian mi propuesta?
Él la observó con más atención. Por primera vez en toda la conversación, apareció en su rostro algo que no se parecía a la irritación, sino a la cautela.
—¿Quién le ha dicho que no la están estudiando?
—Me devolvieron la solicitud sin un dictamen sobre su contenido. Después aplazaron la reunión. Ahora me informan de que el asunto requiere una autorización adicional, pero no me explican de quién. No le pido que me revele secretos ajenos. Le pido que me diga si mi proyecto tiene alguna posibilidad de someterse a una evaluación normal.
El director volvió a ponerse las gafas.
—No puedo prometerle ni plazos ni resultados. Continúe trabajando dentro del plan aprobado. No extraiga conclusiones de los retrasos administrativos.
—¿Y si esos retrasos no son administrativos?
Él tardó en responder. Anna recordaría aquella breve pausa con más fuerza que todo cuanto había dicho antes.
—Aprenda a distinguir las sospechas de las pruebas —dijo por fin el director—. Es usted una buena investigadora. No permita que sus circunstancias personales le hagan perder la objetividad profesional.
Tal vez tratara de advertirla; tal vez solo quisiera dar por terminada la conversación sin decir nada más de la cuenta. Anna recogió los documentos y salió al pasillo. Olía a antiséptico y pintura vieja; las lámparas zumbaban con regularidad. Detrás de una puerta cerrada alguien se echó a reír. La vida dentro de la institución continuaba con una normalidad despiadada.
Unos días después, su madre empeoró. Anna consiguió hablar con ella por teléfono, aunque la conversación se interrumpía a cada momento. Veronika Serguéievna intentaba preguntarle por el trabajo, como si quisiera mantener a su hija dentro del mundo conocido, aquel en el que existían tesis doctorales, libros, exposiciones y cenas de fin de semana. Anna le hablaba de nimiedades y evitaba lo esencial. Temía que contarle cuánto había cambiado todo equivaliera a reconocer su propio miedo.
La última conversación fue corta. Su madre estaba agotada y le pidió que llamara más tarde.
—Tú no te olvides de dormir —le dijo—. Siempre crees que puedes soportarlo todo.
—Te llamaré pronto, mamá.
—Está bien, hija mía.
Anna siguió con el teléfono pegado a la oreja incluso después de que se cortara la comunicación. No sabía explicar por qué no había colgado enseguida. Quizá le parecía que, mientras sostuviera el aparato, la conversación no habría terminado del todo.
La llamada que anunció la muerte de su madre llegó al día siguiente.
Anna oyó las palabras, pero tardó en comprender su sentido. Preguntó quién llamaba y luego si había entendido correctamente. Su interlocutor repitió la noticia con otro tono, como si una entonación más suave pudiera cambiar su contenido. No lo cambió. Veronika Serguéievna había muerto. La pandemia empezaba a adquirir para Anna su forma definitiva: no eran estadísticas, artículos ni boletines, sino la ausencia de una voz que todavía el día anterior le había pedido que se cuidara.
Recordaba estar sentada a la mesa, con las manos apoyadas junto al portátil cerrado. La habitación estaba en silencio, pero en él persistían pequeños ruidos: el frigorífico, una tubería de la calefacción, los pasos de los vecinos detrás de la pared. La ventana estaba cerrada y, aun así, llegaba desde la calle el murmullo lejano de los coches. Anna miraba una taza que no había llegado a tocar y trataba de entender qué debería haber hecho de otra manera.
No había respuesta.
No podía demostrar que su idea de investigación hubiera salvado a su madre. La científica que llevaba dentro se lo recordaba: aquella hipótesis no era un método probado, no se sabía si habría funcionado y la enfermedad no obedecía a su deseo de cambiar el desenlace. Pero otra parte de ella, la que recordaba la voz materna y su propia impotencia, planteaba una pregunta distinta: ¿por qué no le habían permitido al menos comprobarla? ¿Por qué cada solicitud se hundía en interminables trámites? ¿Por qué quienes podían acelerar el trabajo habían preferido no darse prisa?
Aquellas preguntas no constituían una prueba de conspiración. Eran desesperación mezclada con sospechas. Y la desesperación resultó más fuerte que todas las reservas de la razón.
* * *
Después del funeral, Anna regresó al instituto antes de lo que todos esperaban. Le aconsejaron que descansara y se recuperara. Apenas contestaba. Necesitaba terminar el análisis y volver a plantear la cuestión del proyecto: obtener una respuesta que no tenía por qué ser favorable, pero sí honesta.
Trabajaba con una concentración casi inquietante: se quedaba hasta muy tarde, releía artículos y volvía una y otra vez a sus apuntes. Quería demostrarse que la muerte de su madre no había convertido todo en un caos sin sentido y que sus conocimientos aún podían ser útiles para otras personas.
Sin embargo, el instituto respondía con las mismas palabras de siempre. La solicitud se había remitido para su aprobación. Los resultados requerían una evaluación adicional. El acceso a ciertos materiales estaba temporalmente restringido. El jefe del equipo le aconsejó que no agravara la situación y esperara una decisión. Nadie decía que el proyecto estuviera cancelado. Nadie decía que fuera a recibir apoyo. Existía en un extraño estado intermedio, en el que se exigía a la investigadora seguir trabajando sin proporcionarle los medios para avanzar.
Un día Anna advirtió que un documento que había dejado en el sistema compartido, con su número habitual, tenía ahora una nueva marca de acceso. El cambio podía tener una explicación administrativa perfectamente corriente. Solicitó una aclaración y recibió una respuesta formal. Una semana después, un colega que antes discutía de buen grado su hipótesis le dijo que ya no quería hablar de aquel asunto en horario de trabajo.

