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El Vaticano
—Al menos sabemos que el autor sabe utilizar el correo electrónico —dijo el jefe de la estación.
—O que alguien lo hizo por él.
—El anonimato se puede comprar. El silencio también. Pero ¿por qué alguien que pretende entregar secretos de Estado empieza exigiéndonos que dejemos de hacer lo que hacemos siempre?
El especialista se encogió de hombros. No tenía obligación de responder a preguntas para las que no existían datos.
El jefe de la estación volvió a fijarse en la fecha del encuentro. Cuatro de mayo. Domingo. Mediodía. Una hora, ni un minuto más. Las condiciones recordaban menos a una oferta de colaboración que a una trampa cuidadosamente disfrazada de oportunidad. Pero hasta las trampas podían contener un cebo auténtico. Y a veces el cebo era tan valioso que rechazarlo equivalía a perder antes de empezar la partida.
—Preparen una lista de preguntas para la primera entrevista con Samsónova —ordenó—. Pero no la conviertan en un interrogatorio. Si siente que ya hemos decidido por ella, no averiguaremos nada útil.
—¿Y si pregunta de inmediato quién envió la carta?
—Entonces le diremos la verdad: todavía no lo sabemos.
El empleado se marchó. El jefe de la estación se quedó solo frente a la pantalla. Podría haber llamado a aquello una verificación rutinaria de una fuente, pero habría sido engañarse a sí mismo. Por primera vez en mucho tiempo, un desconocido no pedía ayuda a los estadounidenses. Les ofrecía una oportunidad y, al mismo tiempo, les explicaba bajo qué condiciones tenían derecho a aprovecharla.
En otra parte del mundo, Anna Samsónova intentaba convencerse de que la inquietud no siempre anunciaba un peligro. Sabía lo fácil que resultaba para la mente completar una imagen a partir de unos pocos detalles. En el laboratorio, así nacían los errores: primero una hipótesis, luego una selección de hechos que parecían confirmarla y, al final, una certeza que ya nadie quería poner a prueba. Siempre había procurado resistirse a esa tentación.
Pero aquella vez no tenía muestras, resultados de análisis ni manera de repetir una observación. Solo un mensaje sobre Roma y un recuerdo que no había conseguido reprimir.
Abrió el armario donde guardaba las pertenencias que había traído de su vida anterior. La mayoría ya no servía para nada: viejos cuadernos, algunos libros, un sobre con fotografías. Casi nunca los sacaba. No porque temiera al pasado, sino porque no quería convertirlo en la única prueba de su propia existencia.
En una de las fotografías aparecía más joven, con el cabello recogido y el rostro iluminado por un sol de verano implacable. A su lado había una persona a la que la cámara solo había captado de perfil. Una sola mirada le bastó para recordar aquel rostro y lo que había sentido ese día: una extraña impresión de que la conversación había terminado antes siquiera de comenzar.
Guardó de nuevo la fotografía. Si su memoria no la engañaba, aquella persona no podía volver a aparecer. Pero admitir la posibilidad de un error habría significado dudar del único don en el que Anna estaba acostumbrada a confiar.
Por primera vez en mucho tiempo, Anna no pensó en quién la vigilaba, sino en quién podía estar esperando su regreso.
En McLean, el director volvió a abrir la fotografía. Esta vez no observó el rostro, sino la leyenda que aparecía debajo: fecha, lugar, número de archivo. Todo era corriente, estaba comprobado, resultaba casi aburrido. Precisamente por eso se detuvo a mirarlo. En asuntos como aquel, el peligro rara vez parecía peligroso desde el principio. Solía presentarse bajo la forma de un detalle insignificante que todos habían visto, pero que nadie había considerado digno de atención.
Cerró la carpeta y apagó la pantalla. La operación ya tenía nombre, un responsable y un plan preliminar. Pero le faltaba lo principal: una idea fiable de quién estaba al otro lado de la carta. Eso significaba que todo lo que pensaban hacer a continuación podía no ser una preparación para el encuentro, sino la ejecución del guion de otra persona.
Faltaban trece días para el encuentro en el Vaticano.
* * *
EL VA†ICANO
Capítulo 2. La traición
Johnny la llamaba Ann: una forma breve, casi cariñosa, como si aquel nombre les perteneciera solo a ellos dos. En presencia de otras personas, a veces decía «Anna», sobre todo cuando hablaban de asuntos serios o había cerca alguien a quien Ann conocía desde hacía poco. Pero, a solas, siempre era Ann. En aquel nombre no había pasado, ni documentos, ni decisiones tomadas por otros. No evocaba San Petersburgo, Moscú, los laboratorios secretos ni a aquella mujer a la que un día habían dejado de buscar en voz alta.
—Ann, otra vez no me estás escuchando.
Ella alzó la mirada. Johnny la observaba con fingido reproche, aunque las comisuras de sus labios delataban una sonrisa.
—Sí te escucho.
—Entonces repite lo que acabo de decir.
—Has dicho que tu nuevo proyecto te llevará menos tiempo que el anterior, que por fin has aprendido a delegar responsabilidades y que esta vez no permitirás que tus socios conviertan los fines de semana en una prolongación de la jornada laboral.
—Increíble. De verdad me estabas escuchando.
—Es que se me da bien recordar lo que la gente repite tres veces.
Él se echó a reír. Johnny había comprendido hacía tiempo que Ann reparaba en más cosas que la mayoría. Le bastaba oír una palabra desconocida una sola vez para emplearla correctamente meses después. Recordaba nombres de calles, rostros de compañeros de viaje ocasionales y cuadros ante los que apenas se había detenido unos minutos. A veces aquello le maravillaba; otras, lo inquietaba un poco. Pero no trataba de convertir esa singularidad suya en un enigma que tuviera la obligación de resolver.
Estaban sentados junto a la ventana de una pequeña cafetería del norte de Virginia. Fuera caía una llovizna fina, los coches avanzaban despacio por la calzada mojada y, sobre la mesa, el café se enfriaba entre ambos. Johnny intentaba convencer a Ann de que sus próximas vacaciones debían ser vacaciones de verdad: sin portátil, sin llamadas de trabajo y sin mensajes interminables.
—Italia —dijo—. Hace mucho que quieres volver.
—No hace tanto que estuve allí como tú crees.
—Hablas de los museos como si los hubieras visitado ayer. Pero estoy seguro de que serías capaz de pasar otras tres horas delante de un solo cuadro y luego decir que no nos ha dado tiempo a ver nada.
—Si el cuadro es bueno, tres horas no son tiempo perdido.
—¿Y si a mí me apetece un helado?
—Pues puedes pasarte tres horas comiendo helado.
Johnny volvió a reír. Le gustaba su manera de responder: tranquila, a veces con una ironía apenas perceptible, casi sin acento. En su inglés rara vez se deslizaba algo que revelara el lugar donde había nacido. Sin embargo, cuando se entusiasmaba contando algo, surgían giros de una precisión singular, y ciertas palabras sonaban como si primero las eligiera mentalmente y solo después las dejara salir. Él sabía que Ann no había crecido en Estados Unidos y no le exigía detalles que ella no quisiera compartir.
A Ann le gustaba estudiar idiomas. El inglés se había convertido hacía tiempo en una herramienta cotidiana; amaba el italiano por su musicalidad y el portugués por sus inesperadas transiciones suaves entre sonidos. Johnny bromeaba diciendo que pronto tendría que pedir el café en tres idiomas para no quedarse atrás. Ella le respondía que le bastaría con aprender a pronunciar los nombres de los platos sin hacer aquella pausa angustiosa.
—Hablo en serio —dijo él—. Si vas a Italia, iré contigo.
Ella guardó silencio. Lo había dicho con tanta naturalidad que por un instante no entendió por qué aquellas palabras le provocaban una calidez casi dolorosa. Johnny no preguntaba si podía acompañarla ni intentaba averiguar el motivo del viaje. Sencillamente le ofrecía estar a su lado.
—Pero tú estás ocupado —repuso ella.
—Sé cerrar el portátil.
—No siempre.
—Entonces será mi hazaña personal.
Ella sonrió. Por un segundo se imaginó una escena demasiado corriente para parecer un sueño: ambos paseando por las viejas calles romanas, discutiendo qué museo visitar primero, perdiéndose entre los turistas y eligiendo una mesa en una terraza. Johnny compraba un mapa, pese a tener teléfono, y después se negaba obstinadamente a reconocer que se había equivocado de calle. Ella lo corregía y él fingía que aquel había sido su plan desde el principio.
—Está bien —dijo Ann—. Volaremos juntos.
Johnny alargó la mano por encima de la mesa y cubrió la de ella con la suya.
—Ahora sí me creo que me estabas escuchando.
Ann contempló sus manos. Quería retener aquel minuto tan sencillo, en el que no ocurría nada terrible. Nadie hacía preguntas sobre el pasado. Nadie le pedía cuentas. No tenía que sopesar cada palabra ni calcular qué peligro podía esconder una frase cualquiera.
Ann no le había contado a Johnny toda la verdad sobre sí misma. Él sabía que había llegado de otro país, que su vida anterior había terminado de forma abrupta y que había recuerdos de los que prefería no hablar. Ignoraba su trabajo en Rusia y el precio que había pagado por una nueva identidad. Tampoco sospechaba hasta qué punto su libertad dependía de personas en las que ella no confiaba por completo.
No le mentía a cada instante. Pero entre la verdad y la mentira se extendía un territorio de silencios sobre el que habían construido su intimidad. Ann esperaba poder reducir algún día aquella distancia. No hoy. Ni mañana. Pero algún día.
—Solo prométeme una cosa —dijo Johnny—: que no pasaremos todas las vacaciones metidos en museos.
—No prometo nada.
—¡Ann!
—Prometo pensármelo.
—Esa es la promesa más peligrosa que podías hacerme.
Ella soltó una carcajada, ligera y sincera. Johnny habría guardado aquel sonido en la memoria si hubiera sabido lo pronto que tendría que volver a él con el pensamiento. Pero ese día no pensaba en la pérdida. Pensaba en los billetes, en el trabajo que debía terminar y en que, por primera vez en mucho tiempo, quería viajar no para cerrar un negocio, asistir a una reunión o cambiar de aires. Quería hacerlo con una mujer a cuyo lado un día cualquiera dejaba de parecer vacío.
* * *
El viaje se organizó antes de lo que Ann esperaba. Le comunicaron que una reunión en Italia requería su presencia y que le explicarían los detalles más adelante. La convocatoria no parecía urgente: una fecha, un itinerario, instrucciones para comunicarse. Pero aquella concisión demasiado medida le recordó otros tiempos, cuando las órdenes más peligrosas solían pronunciarse con absoluta naturalidad.
No se lo contó todo a Johnny. Le explicó que había surgido la necesidad de ir a Roma durante unos días y que, por el momento, no podía decirle por qué. Él no insistió. Se limitó a preguntarle cuándo salía el vuelo y cuánto tiempo tenían para prepararlo todo.
El día de la partida, Johnny debía encontrarse con ella en el aeropuerto de Dulles y después ambos irían juntos a los mostradores de facturación. Le prometió salir de casa con antelación. Ann incluso lo pinchó diciéndole que alguien capaz de dirigir su propia empresa seguramente podría calcular cuánto se tardaba en llegar al aeropuerto.
—Lo he calculado —respondió él por teléfono—. Pero no contaba con que el mundo entero decidiera irse de vacaciones al mismo tiempo.
Al principio todo transcurrió según lo previsto. Ann ya se encontraba en la terminal del Aeropuerto Internacional Washington-Dulles, rodeada de viajeros con maletas, familias con niños y hombres de negocios que seguían mirando sus teléfonos incluso frente a los enormes ventanales que daban a las pistas. El espacio resultaba a la vez solemne e impersonal: techos altos, cristal, estructuras metálicas, una iluminación uniforme y anuncios cuyas palabras se disolvían en el murmullo general. Tras los ventanales descansaban los aviones, aunque aquella quietud era engañosa: cada uno se preparaba para llevarse a alguien hacia otra vida.
A Ann le gustaban los aeropuertos por esa sensación de tránsito. Allí la gente todavía no se había marchado, pero en su imaginación ya había dejado atrás las habitaciones familiares, el café a medio beber, las conversaciones y las promesas. Cada cual tenía un destino y un motivo para no quedarse donde estaba.
Miró el panel de salidas y luego el teléfono. Johnny le había escrito que ya estaba en camino y que llegaría a tiempo. Ella le envió una fotografía del inmenso ventanal acompañada de un mensaje: «Ya estoy casi en Italia. Solo falta que llegues tú».
Él respondió: «Ni se te ocurra irte sin mí».
Ann sonrió y guardó el teléfono. Al cabo de un minuto lo sacó de nuevo, como si solo quisiera comprobar la hora. La salida del vuelo se acercaba. Cumplió los trámites necesarios, facturó el equipaje y se dirigió a la zona de espera. Todo era normal. Demasiado normal para un viaje sobre el que tan poco le habían contado.
Veinte minutos después vibró el teléfono.
«El atasco apenas avanza. Estoy intentando encontrar otra ruta. No te vayas todavía».
Leyó el mensaje y lo llamó.
—Johnny, ¿cuánto te falta?
Al otro lado se oía el rumor de los coches y algunos bocinazos breves.
—No lo sé. Esto no se mueve. Parece que ha habido un accidente más adelante. Ya me he salido de la carretera principal, pero aquí también está todo colapsado.
—¿Llegarás a tiempo?
Él no respondió enseguida. Y aquella pausa dijo más que cualquier palabra.
—Lo intentaré, Ann.
—No me digas que lo intentarás. Dime si vas a llegar o no.
—No quiero que vueles sola.
Ella cerró los ojos. Tampoco lo quería. De pronto, el viaje a Italia dejó de ser un destino y se convirtió en todo lo que debía ocurrir entre los dos: las bromas ante el mostrador de facturación, su mano sobre el hombro de ella, la habitual discusión a propósito del equipaje. Se lo había imaginado con tanta claridad como si de verdad estuvieran juntos.
—Te esperaré hasta el último momento —dijo.
—Estoy de camino.
La comunicación se cortó. Ann contempló la pantalla hasta que se apagó. Después levantó la vista hacia el panel de salidas. El tiempo no se detenía porque dos personas no alcanzaran a reunirse. Los avisos continuaban. Los pasajeros se dirigían a sus puertas de embarque. Un empleado de la aerolínea repetía las instrucciones con voz serena, como si cada minuto fuera idéntico al anterior.
El teléfono volvió a vibrar.
«Ann, perdóname. No voy a llegar. Esto sigue parado. Por favor, sube al avión. Te llamaré cuando aterrices. Y no creas que he cambiado de opinión. Quería estar contigo».
Releyó el mensaje. Johnny no la había abandonado. No había antepuesto el trabajo a ella, ni se había arrepentido en el último momento, ni se había asustado por aquel viaje misterioso. Simplemente había quedado atrapado en un atasco, uno corriente, absurdo, completamente insignificante en comparación con lo que podía suceder después.
Y, sin embargo, fue precisamente aquel atasco el que los separó.
Ann escribió una respuesta: «Lo sé. Está bien. Te escribiré». Después borró la última frase y volvió a escribirla. Le habría gustado confesar que le daba miedo volar sola, que lo necesitaba y que estaba cansada de las personas que entraban en su vida bajo sus propias condiciones. Pero habría sido injusto con Johnny. Él no tenía la culpa de su pasado ni podía repararlo con su sola presencia.
«Lo sé. No te preocupes. Te llamaré desde Roma».
Pulsó «enviar», apagó la pantalla y se levantó.
Quedaba poco tiempo para el embarque. Ann caminó hacia la puerta sin mirar atrás. En el cristal se reflejaban su rostro y las personas que se movían a sus espaldas. De pronto pensó que una vez ya había caminado hacia una vida que no era capaz de imaginar. Entonces había creído que lo más importante era abandonar su país. Ahora sabía que a veces resultaba mucho más aterrador descubrir que ni siquiera después de salvarte te pertenecías del todo.
El avión la esperaba detrás del cristal.
* * *
En la cabina olía a tela limpia, a café y al aire fresco del sistema de ventilación. Ann se acomodó junto a la ventanilla. A su lado, un pasajero colocaba una bolsa en el compartimento superior; delante, un niño le pedía unos auriculares a su madre; una azafata comprobaba los cinturones. Todo sucedía con tranquilidad, siguiendo el orden habitual. El avión rodó lentamente hacia la pista, se detuvo unos segundos y luego inició la carrera de despegue.
Ann apretó la mano contra el reposabrazos. Cuando el suelo comenzó a alejarse, la ciudad se transformó en una cuadrícula de calles y tejados. La contempló hasta que sus contornos desaparecieron entre las nubes. Johnny probablemente seguía atrapado en el atasco. Tal vez ya intentaba dar media vuelta. Tal vez se reprochaba no haber salido una hora antes. Imaginó su rostro y sintió una ternura tan intensa que le dolió.
Quería creer que aquel viaje sería breve y que después irían de verdad juntos a algún lugar. No podía explicarle a Johnny por qué era tan importante aquella reunión. Pero al menos podía mantener la promesa de regresar.
El avión ganó altura. Bajo el ala quedó Estados Unidos, el país que le había dado un nombre nuevo y la posibilidad de empezar de cero, pero que no había conseguido borrar su pasado. Ann cerró los ojos. El zumbido constante de los motores fue llenando poco a poco su conciencia, y la memoria, que llevaba años manteniendo a raya, entreabrió una puerta.
Volvió a ver las montañas.
No eran como las de las postales, donde las cumbres siempre reciben una luz perfecta y los valles parecen pintados. Las montañas verdaderas eran inmensas e indiferentes al miedo humano. Surgían de la niebla en pliegues oscuros, ocultaban los caminos y cambiaban de color con el tiempo. Por la mañana, una sombra azulada cubría las laderas; cerca del mediodía, las rocas se volvían casi blancas, y al atardecer las cumbres se encendían de cobre y púrpura. Las nubes se aferraban a las crestas boscosas como si no quisieran dejarlas marchar hacia el cielo.
Aquello había ocurrido unos años atrás. Anna todavía no se había acostumbrado a pensar que su vida anterior había terminado. Atravesaba el Cáucaso y dejaba atrás Rusia y cuanto la unía a ella. Además del miedo y el cansancio, en su memoria permaneció la naturaleza: tan generosa que resultaba casi injusto cruzar aquellas tierras a escondidas, sin derecho siquiera a detenerse.
En San Petersburgo conocía otra clase de belleza. Allí estaban el agua, el viento húmedo, las noches blancas, las fachadas reflejadas en los canales y un cielo capaz de permanecer gris durante horas sin resultar nunca igual. Moscú le había enseñado otro ritmo: grandes avenidas, luces de escaparates, movimiento incesante, una arquitectura que unas veces abrumaba y otras fascinaba. Pero el Cáucaso era un mundo completamente distinto. Allí las distancias no se medían en calles ni manzanas, sino en puertos de montaña, desfiladeros y curvas tras las que aparecía un nuevo valle.
El aire olía a tierra mojada, hojas, humo de alguna hoguera lejana y a algo áspero, vegetal. Después de la lluvia, al olor del camino se sumaba el de la piedra fría. Los troncos de los pinos se calentaban al sol, y la resina desprendía una nota densa, casi dulce. A veces, el viento traía olor a agua: no al mar, sino a un torrente de montaña, impetuoso, con un matiz de limo y una frescura que parecía limpiar los pulmones desde dentro.
Anna no podía permitirse detenerse demasiado, pero aun así memorizaba los detalles. A los lados del camino crecían arbustos cuyas hojas brillaban después de la lluvia. En los desfiladeros estrechos, el ruido del motor rebotaba contra las laderas y regresaba al coche convertido en un eco sordo. A lo lejos rugía un río. No se veía, pero se hacía presente en el aire y en aquel rumor grave y continuo, semejante a la respiración de la tierra.
Al principio, Anna consideraba todo aquello un simple telón de fondo de su peligroso viaje. Luego comprendió que eran precisamente esas imágenes las que la ayudaban a no caer en el pánico. Una persona puede pensar interminablemente en su miedo si nada la obliga a mirar fuera. Pero cuando, tras una curva, se abre de pronto un valle bañado por el sol, la mente enmudece durante un instante. La belleza no elimina el peligro, pero recuerda que el mundo es mucho más grande que la trampa en la que uno se encuentra.
Un día recorrieron un tramo de carretera desde el que se divisaban montañas que se sucedían unas a otras hasta el horizonte. El cielo estaba despejado y las cumbres lejanas parecían talladas en cristal azul. Los bosques oscurecían las laderas y entre ellos centelleaban los arroyos. Anna pidió al conductor que no cerrara la ventanilla. El viento le golpeó la cara, llevándole olor a hierba y polvo, y de pronto sintió, no libertad, sino añoranza: la añoranza de poder viajar sin más, sin esconderse, sin contar los minutos ni temer una mirada casual.
Pensó en su madre. De su padre guardaba un recuerdo diferente: la figura que emergía de relatos incompletos, un hombre cuya muerte había dejado demasiadas preguntas sin respuesta. Su madre, en cambio, seguía presente en cada recuerdo doméstico: su voz, la costumbre de ajustarle el cuello de la ropa, el olor de la crema de manos, la luz de la cocina una tarde de invierno. Después de su muerte, el mundo se había convertido en un lugar donde no quedaba nadie a quien llamar para decirle: «He llegado». Ahora nadie ocupaba ese lugar.
Anna apartó el rostro de la ventanilla antes de que sus acompañantes pudieran verle la expresión.
El camino a través de Abjasia y Georgia no se parecía a un viaje. No había en él despreocupación turística, paradas improvisadas para admirar un paisaje ni la certeza de que por la noche les aguardaría un hotel. Cada tramo de carretera existía por separado, como una prueba. Las personas que la ayudaban hablaban poco. Apenas hacían preguntas. A veces le parecía que sabían más de su miedo que ella misma y que por eso ni siquiera intentaban tranquilizarla.
Pero incluso en aquellos días la vida insistía en reclamar cosas ordinarias. Tenía hambre. Tenía sueño. Quería lavarse con agua fría y ponerse ropa limpia. Quería oír una voz humana que no sonara a advertencia, sino a invitación a sentarse a la mesa.
En una casa pequeña, donde pudieron detenerse por un rato, le dieron de comer jinkali calientes. El plato estaba delante de ella, y el vapor ascendía bajo la luz tibia de una lámpara. La masa era elástica, fina pero resistente; dentro había jugo ardiente y carne especiada, con aroma a pimienta y hierbas. Le explicaron cómo sujetar cada jinkali por el pliegue superior y morder con cuidado el borde para no derramar el caldo. Anna lo probó, se quemó la lengua y se echó a reír sin querer. Era la primera risa auténtica que soltaba en varios días.
El dueño de la casa la miró con una sorpresa bondadosa.
—Con cuidado. Quema.
Ella asintió y volvió a tomar el tenedor. La comida era sencilla, pero encerraba una generosidad antigua y segura de sí misma: nadie le preguntaba si merecía aquella cena. Sencillamente la habían invitado a sentarse y le habían dado de comer.
Al día siguiente le sirvieron jachapuri. El queso se estiraba al separar un trozo, la corteza olía a horno y la mantequilla iba penetrando lentamente en la masa caliente. Anna conservó aquel sabor con casi tanta nitidez como la imagen de las laderas. Probó el vino Kindzmarauli más tarde, durante una cena breve, cuando las conversaciones se habían vuelto más tranquilas. Era suave, oscuro, de dulzor afrutado, y dejaba una sensación cálida en la lengua después del primer sorbo. No bebió mucho. Necesitaba mantener la mente despejada. Pero retuvo su sabor, no como un lujo, sino como parte de un mundo en el que la gente sabía recibir a un desconocido con pan, queso y vino, incluso sin saber qué traería el día siguiente.

