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El beso del vampiro
—Un poco. Siempre me ha fascinado el género, desde que era pequeña. Mi madre solía leerme historias de fantasmas antes de dormir.
—Qué interesante. En este pueblo encontrarás mucho material de inspiración, entonces. Maplewood tiene una atmósfera perfecta para ese tipo de historias.
—Eso mismo pensé cuando llegué aquí.
Tom resultó ser un compañero agradable, siempre dispuesto a compartir apuntes de clase y a discutir teorías literarias durante horas. Sin embargo, ninguno de sus nuevos amigos parecía tener información adicional sobre la familia Blackwood, más allá de los mismos rumores vagos que Sarah ya le había contado.
Una tarde lluviosa, Amber decidió refugiarse en la pequeña librería del centro del pueblo, un lugar acogedor con estanterías desbordantes de libros usados y un aroma característico a papel envejecido. El dueño, un hombre mayor llamado señor Whitfield, la recibió con una sonrisa amable mientras ella se protegía de la lluvia bajo el marco de la puerta.
—Bienvenida, jovencita. Afuera está diluviando, ¿verdad?
—Sí, no esperaba que lloviera tanto hoy.
—Bueno, mientras esperas a que pare, puedes echar un vistazo. Tenemos una sección completa dedicada a la historia local, por si te interesa.
Amber sonrió, sintiendo que aquella sugerencia era justo lo que necesitaba. Se dirigió hacia la sección indicada y comenzó a hojear algunos libros sobre la historia de Maplewood, encontrando menciones ocasionales a familias fundadoras del pueblo, entre ellas, brevemente, a los Blackwood.
—Veo que te interesa la historia de nuestro pueblo —comentó el señor Whitfield, acercándose con una taza de té humeante que le ofreció amablemente.
—Sí, especialmente todo lo relacionado con las familias más antiguas. Es fascinante.
—Ah, entonces quizás te interese saber que mi propio abuelo trabajó una vez para la familia Blackwood, hace muchísimos años. Como jardinero, si mal no recuerdo las historias que me contaba.
—¿En serio? ¿Y qué decía sobre ellos?
El señor Whitfield se sentó en una silla cercana, ajustándose las gafas mientras recordaba viejas historias familiares.
—Decía que eran gente reservada, pero justa. Pagaban bien y trataban a los empleados con respeto, algo poco común para la época. Sin embargo, también mencionaba que nunca los vio comer durante el día, y que las luces de la mansión siempre estaban encendidas de noche, nunca durante las horas de sol.
—Qué curioso.
—La gente del pueblo siempre ha tenido teorías sobre esa familia. Pero mi abuelo siempre decía que, más allá de las rarezas, eran buenas personas, a su manera. Decía que había cierta tristeza en ellos, como si cargaran con un peso que el resto de nosotros no podíamos entender.
Aquellas palabras resonaron profundamente en Amber, conectando con la sensación de melancolía que había percibido en la mirada de Damien durante su breve encuentro. Agradeció al señor Whitfield por compartir aquella historia y decidió comprar un pequeño libro sobre la historia general del pueblo, esperando encontrar más pistas entre sus páginas.
Cuando finalmente dejó de llover, Amber caminó de regreso a su apartamento, sintiendo que cada pequeño fragmento de información que reunía sobre la familia Blackwood solo aumentaba su determinación de descubrir la verdad completa. Pasó cerca de la mansión, como ya se había convertido en costumbre, pero esta vez, en lugar de simplemente observar desde la distancia, se detuvo un momento más largo, contemplando la estructura imponente entre la niebla que comenzaba a formarse con la caída de la tarde.
El sábado del festival llegó rápidamente. Amber se vistió con un suéter grueso de color mostaza, preparándose para el frío de la noche, y se reunió con Sarah en la plaza central, que ya estaba decorada con calabazas talladas, guirnaldas de hojas secas y pequeñas luces que colgaban entre los árboles.
—¡Ya llegaste! —exclamó Sarah, abrazándola con entusiasmo—. Ven, quiero presentarte a algunos amigos.
Sarah la guió entre la multitud, presentándola a varios estudiantes y algunos residentes mayores del pueblo, todos ellos amables y curiosos por conocer a la nueva estudiante de literatura. Amber probó sidra caliente, pastel de calabaza, y disfrutó de la música que un grupo local tocaba en un pequeño escenario improvisado.
Sin embargo, mientras la noche avanzaba y la hoguera central comenzaba a encenderse, iluminando los rostros felices de los asistentes, Amber no pudo evitar mirar hacia la dirección donde sabía que se encontraba la mansión Blackwood, preguntándose si Damien alguna vez había asistido a aquellas celebraciones, o si su naturaleza, fuera cual fuera, se lo impedía completamente.
—¿En qué piensas? —preguntó Sarah, notando su expresión distraída.
—En nada importante. Solo disfrutando de la noche.
—Me alegra que estés aquí, Amber. Siento que encajas perfectamente en este pueblo, aunque solo lleves unas semanas viviendo aquí.
—Gracias, Sarah. Yo también siento que este lugar se está convirtiendo en mi hogar.
Aquella noche, mientras caminaba de regreso a su apartamento después del festival, con el sonido lejano de la música todavía resonando en sus oídos, Amber sintió que, a pesar de todos los misterios que rodeaban su nueva vida en Maplewood, había encontrado un lugar donde realmente podía pertenecer. Sin embargo, la sombra de la mansión Blackwood, silenciosa como siempre bajo la luz de la luna, le recordó que todavía quedaban muchas preguntas por responder, y que su curiosidad hacia Damien apenas comenzaba a manifestarse en toda su intensidad.
Capítulo 4: El invierno se acerca
Vocabulario
el invierno — зима
la nieve — снег
abrigarse — тепло одеваться
la temporada — сезон
el frío — холод
helado/a — ледяной
la manta — одеяло
acurrucarse — прижиматься, кутаться
el examen — экзамен
aprobar — сдать (экзамен)
la calificación — оценка
distraído/a — рассеянный
el receso — перерыв, каникулы
compartir apuntes — делиться конспектами
la rutina — распорядок
Las primeras nevadas llegaron a Maplewood antes de lo esperado, cubriendo los tejados y las calles empedradas con una capa fina de blanco que transformaba completamente el paisaje del pueblo. Amber se despertó una mañana y descubrió, asombrada, que el mundo al otro lado de su ventana se había convertido en un escenario digno de una postal navideña, algo que nunca había visto con tanta intensidad en su ciudad natal.
—Nunca había visto nevar tan temprano en el año —le comentó a Sarah, mientras caminaban juntas hacia la universidad, sus botas dejando huellas frescas sobre la nieve todavía intacta de la acera.
—En Maplewood el invierno llega pronto y se queda mucho tiempo —respondió Sarah, ajustándose la bufanda alrededor del cuello—. Prepárate, porque para diciembre esto va a ser mucho peor, con nevadas que a veces cierran las carreteras durante días enteros.
Amber sonrió, sintiendo que aquella advertencia, lejos de asustarla, la llenaba de una extraña emoción. Había algo mágico en la idea de un invierno auténtico, de esos que solo había leído en las novelas que tanto le gustaban, con chimeneas encendidas y tazas de chocolate caliente compartidas junto a la ventana mientras la nieve caía silenciosamente afuera.
Con la llegada del frío, también llegó la temporada de exámenes finales del semestre, y Amber se encontró pasando largas horas en la biblioteca, rodeada de apuntes y libros de texto, tratando de concentrarse en sus estudios a pesar de que su mente insistía en desviarse constantemente hacia Damien y hacia todo lo que había descubierto sobre él en las últimas semanas.
—Amber, llevas media hora mirando la misma página sin pasarla —le señaló Tom, sentado frente a ella en una de las mesas más apartadas de la biblioteca, con una sonrisa comprensiva—. ¿Todo bien?
—Perdón, es que estoy un poco distraída últimamente. Demasiadas cosas en la cabeza, supongo.
—Bueno, si necesitas ayuda con el examen de la doctora Emerson, puedo compartirte mis apuntes. Los tengo bastante completos, si te sirven de algo.
—Te lo agradecería muchísimo, Tom. Gracias por ofrecerte.
Amber apreciaba genuinamente la amistad de Tom y Sarah, que se habían convertido en un ancla estable en medio de la tormenta de revelaciones extraordinarias que su vida había tomado desde su llegada a Maplewood. Aquella noche, después de estudiar durante horas, decidió caminar hasta la mansión Blackwood, necesitando la calma que solo la presencia de Damien parecía poder ofrecerle en aquellos días de tensión académica.
—Pareces agotada —comentó Damien, al abrirle la puerta y notar las ojeras bajo sus ojos, un signo evidente de las largas noches de estudio que había estado acumulando.
—Los exámenes finales me tienen completamente exhausta. Nunca pensé que extrañaría tanto tener tiempo libre simplemente para pensar en otra cosa.
—Ven, siéntate junto al fuego. Puedo prepararte un té, aunque yo mismo no vaya a acompañarte a beberlo.
Amber rió suavemente, aceptando la oferta con gratitud, sintiendo que la calidez de la chimenea y la compañía silenciosa de Damien lograban disolver, aunque fuera temporalmente, toda la tensión acumulada durante la semana. Se sentaron juntos, ella con las piernas recogidas bajo una manta gruesa que Damien había encontrado en algún armario de la mansión, disfrutando de un silencio cómodo que ya se había convertido en parte esencial de su relación.
—¿Cómo pasabas tú los inviernos, hace siglos? —preguntó Amber, curiosa como siempre por los detalles de la vida pasada de Damien.
—Los inviernos eran mucho más duros en aquella época, sin la calefacción moderna que ahora damos por sentada. Recuerdo inviernos en los que la nieve llegaba hasta las ventanas del primer piso, y la única manera de mantenerse caliente era mediante fuegos que había que alimentar constantemente durante toda la noche.
—¿Y tú sentías el frío, siendo vampiro?
—De una manera diferente a los humanos, pero sí, lo siento. Nuestra piel es más resistente, pero el frío extremo todavía resulta incómodo, aunque nunca peligroso como lo sería para un humano expuesto durante horas.
Amber se acurrucó un poco más contra Damien, disfrutando de aquella cercanía que nunca dejaba de sorprenderla, considerando lo diferente que era su naturaleza de la suya propia. Pasaron el resto de la noche conversando sobre trivialidades cotidianas, sobre los exámenes de Amber, sobre pequeñas anécdotas del pueblo que Damien había presenciado a lo largo de las décadas, disfrutando simplemente de la compañía mutua sin necesidad de abordar temas más pesados sobre vampiros, cazadores o amenazas inminentes.
Cuando finalmente llegó el momento de los exámenes finales, Amber se sorprendió a sí misma aprobando todas sus materias con calificaciones excelentes, a pesar de todas las distracciones que había enfrentado durante el semestre. La doctora Emerson, felicitándola personalmente después de revisar su examen final sobre literatura gótica, le comentó que su análisis mostraba una comprensión inusualmente profunda del género, casi como si escribiera desde una experiencia personal con lo sobrenatural.
—Tienes un talento natural para comprender estas historias, Amber —le dijo la profesora, sin sospechar cuánta verdad había detrás de aquel comentario aparentemente inocente—. Espero verte en mis clases avanzadas el próximo semestre.
Amber sonrió, agradeciendo el cumplido, sintiendo una punzada de ironía al pensar en cuánto se habían entrelazado su vida académica y su vida secreta junto a Damien durante aquellos meses. Mientras caminaba de regreso a su apartamento aquella tarde, con el receso de invierno finalmente comenzando, sintió que Maplewood, con toda su nieve y su misterio, se había convertido verdaderamente en su hogar, un hogar que ahora incluía tanto la calidez de sus nuevas amistades humanas como la presencia extraordinaria de Damien en su vida diaria.
Capítulo 5: El encuentro peligroso
Vocabulario
el callejón — переулок
atacar — нападать
la fuerza — сила
proteger — защищать
el ladrón — грабитель
herido/a — раненый
agradecer — благодарить
el peligro — опасность
inexplicable — необъяснимый
la velocidad — скорость
romper — ломать
el asombro — изумление
defenderse — защищаться
confiar — доверять
el latido — биение сердца
Una semana después del festival de otoño, Amber salió más tarde de lo habitual de la biblioteca universitaria. Había estado terminando un trabajo importante para su clase de literatura, un análisis extenso sobre el simbolismo en la novela que estaban estudiando, y sin darse cuenta, había perdido la noción del tiempo entre libros, notas y borradores. Cuando finalmente salió del edificio, la noche ya había caído sobre Maplewood, y las calles estaban prácticamente vacías, iluminadas apenas por las farolas antiguas que bordeaban la avenida principal.
Decidió tomar un atajo por un callejón estrecho que conectaba la calle principal con su barrio, un camino que Sarah le había recomendado evitar en más de una ocasión. Normalmente Amber seguía ese consejo al pie de la letra, pero esa noche estaba cansada, cargando una mochila pesada llena de libros, y solo quería llegar pronto a casa para poder descansar.
Caminó rápido, con los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo, tratando de ignorar el frío que comenzaba a sentir a través de su chaqueta. El callejón estaba prácticamente a oscuras, iluminado únicamente por una farola parpadeante al final del pasillo estrecho, y el eco de sus propios pasos resonaba de manera inquietante entre las paredes de ladrillo.
De repente, dos hombres aparecieron frente a ella, saliendo de entre las sombras y bloqueándole el paso por completo. Uno de ellos era alto y corpulento, con una cicatriz visible en la mejilla que se extendía hasta cerca de su oreja. El otro era más bajo, pero tenía una mirada aún más amenazante, fría y calculadora, como si aquella situación fuera algo que había repetido muchas veces antes.
—Vaya, vaya —dijo el hombre alto, sonriendo de una manera que hizo que Amber sintiera un escalofrío inmediato—. Mira lo que tenemos aquí. Una chica sola, de noche, cargando algo que parece bastante pesado.
—Por favor, déjenme pasar —dijo Amber, intentando mantener la calma, aunque su voz ya comenzaba a temblar ligeramente.
—No tan rápido —respondió el otro hombre, acercándose con pasos lentos y deliberados—. Danos tu bolso y tu teléfono, y no tendrás problemas. Es así de simple.
Amber sintió que el pánico la invadía por completo. Miró a su alrededor, buscando una salida, alguna calle lateral o alguna puerta abierta donde pudiera refugiarse, pero el callejón estaba completamente cerrado por ambos lados, sin ninguna posibilidad de escape. Los dos hombres se acercaron más, y ella retrocedió instintivamente, chocando contra la pared fría de ladrillo detrás de ella.
—No tengo nada de valor, en serio —dijo ella, con voz temblorosa, sosteniendo su mochila contra el pecho como si eso pudiera protegerla de alguna manera.
—Eso lo decidimos nosotros, preciosa.
El hombre alto extendió la mano para agarrarla del brazo, y Amber cerró los ojos instintivamente, esperando lo peor, sintiendo que las lágrimas comenzaban a formarse involuntariamente. Pero justo en ese momento, una figura apareció detrás de ellos, moviéndose con una velocidad que Amber jamás había visto en un ser humano, tan rápida que apenas pudo percibir el movimiento antes de que sucediera.
Era Damien. Con un solo movimiento, apartó al hombre alto, lanzándolo contra la pared opuesta del callejón con una fuerza sorprendente que hizo que el hombre cayera al suelo, aturdido y sin poder reaccionar durante varios segundos.
—¡Corre, Amber! —gritó Damien, colocándose entre ella y los dos atacantes.
Pero Amber estaba paralizada por el asombro, incapaz de moverse, observando la escena con los ojos completamente abiertos. El segundo hombre intentó atacar a Damien con un cuchillo que sacó rápidamente de su chaqueta, pero él lo esquivó con una facilidad asombrosa, como si conociera cada movimiento antes de que sucediera, anticipándose a cada ataque con una precisión casi sobrenatural.
En cuestión de segundos, ambos hombres estaban en el suelo, gimiendo de dolor, incapaces de levantarse, mientras Damien permanecía de pie, respirando con calma, como si aquel encuentro no hubiera representado ningún esfuerzo real para él.
Damien se acercó a Amber, que todavía temblaba contra la pared, con las piernas casi sin fuerzas.
—¿Estás bien? ¿Te lastimaron?
—Yo… creo que sí, estoy bien —respondió ella, con la voz entrecortada, sintiendo que su corazón todavía latía desbocado—. Pero, ¿cómo hiciste eso? Los venciste tú solo, en segundos, sin ningún esfuerzo aparente.
—No es momento para explicaciones. Necesitas salir de aquí.
Damien la tomó suavemente del brazo y la guió fuera del callejón, lejos de los dos hombres heridos que todavía yacían en el suelo. Caminaron en silencio durante varios minutos, atravesando calles laterales hasta llegar finalmente a la calle principal, iluminada por las farolas familiares que Amber reconocía de sus paseos habituales.
—Gracias —dijo Amber finalmente, todavía procesando lo que había sucedido, sintiendo que sus manos aún temblaban ligeramente—. Me salvaste la vida.
—No fue nada.
—¿Cómo puedes decir que no fue nada? Vencer a dos hombres armados tú solo no es algo normal, Damien. Nada de lo que hiciste esta noche es normal.
Damien la miró fijamente, con una expresión que mezclaba preocupación y algo más profundo, algo que Amber no supo identificar completamente, pero que reconoció como una especie de vulnerabilidad oculta bajo su apariencia calmada.
—Hay muchas cosas sobre mí que no son normales, Amber.
—¿Qué quieres decir exactamente?
—Todavía no estás lista para saberlo. Pero te prometo que, cuando llegue el momento adecuado, te lo contaré todo, sin ocultarte nada.
Amber quiso insistir, sintiendo que la curiosidad la consumía por completo, pero algo en la mirada de Damien le indicó que no obtendría más respuestas esa noche, que insistir demasiado solo lo alejaría en lugar de acercarlo a ella. Decidió confiar en él, al menos por el momento, sintiendo que aquella decisión, aunque arriesgada, era la correcta.
—De acuerdo. Confiaré en ti, Damien.
—Gracias por eso, Amber. Significa más de lo que puedas imaginar.
La acompañó hasta la puerta de su edificio, asegurándose de que entrara sana y salva, esperando pacientemente hasta escuchar el sonido de la cerradura desde el interior. Antes de despedirse, Amber se atrevió a hacer una última pregunta, asomándose por la puerta entreabierta.
—Damien, ¿por qué siempre apareces cuando estoy en peligro? Es la segunda vez en pocas semanas que me salvas de algo.
—Porque te observo, Amber. Desde que llegaste a este pueblo, algo en ti llamó mi atención de una manera que no puedo explicar completamente con palabras. No sé cómo describirlo, pero siento que debo protegerte, sin importar las consecuencias.
Aquellas palabras hicieron que el corazón de Amber latiera con fuerza, una mezcla de miedo y de algo parecido a la esperanza, algo cálido que se extendía por todo su pecho a pesar del frío de la noche. Sin decir nada más, entró en su apartamento, cerrando la puerta detrás de ella. Se apoyó contra la pared, respirando profundamente, tratando de calmar los latidos acelerados de su corazón mientras procesaba todo lo que había sucedido en las últimas horas.
Esa noche, mientras se preparaba para dormir, no pudo dejar de pensar en las palabras de Damien. Había algo en él que la atraía irremediablemente, algo peligroso y fascinante al mismo tiempo, una combinación que debería haberla alejado, pero que en cambio la acercaba cada vez más. Sabía que debía tener cuidado, que las advertencias de Sarah probablemente tenían fundamento, pero una parte de ella ya no quería alejarse de aquel hombre misterioso que parecía capaz de aparecer justo cuando ella más lo necesitaba, como si sus destinos estuvieran, de alguna manera inexplicable, entrelazados desde el principio.
Capítulo 6: Preguntas sin respuesta
Vocabulario
investigar — расследовать
la biblioteca — библиотека
el archivo — архив
el periódico — газета
antiguo/a — старинный
descubrir — обнаруживать
la leyenda — легенда
ocultar — скрывать
el secreto — секрет
convencer — убеждать
la pista — след, зацепка
dudar — сомневаться
el testimonio — свидетельство
inquietante — тревожный
profundizar — углубляться
Después de aquella noche en el callejón, Amber no podía dejar de pensar en Damien y en las palabras que él le había dicho. “Hay muchas cosas sobre mí que no son normales.” Aquella frase resonaba en su cabeza constantemente, alimentando su curiosidad y su necesidad de encontrar respuestas concretas, más allá de las leyendas vagas que había escuchado hasta entonces.
Decidió que la mejor manera de descubrir la verdad era investigar por su cuenta, de manera sistemática. Al día siguiente, después de clase, se dirigió a la biblioteca municipal de Maplewood, un edificio antiguo con estanterías altas y un olor característico a papel viejo, muy diferente de la biblioteca moderna del campus universitario. Allí, en la sección de archivos históricos, esperaba encontrar información sobre la familia Blackwood que fuera más allá de simples rumores y comentarios de pasillo.
La bibliotecaria, una mujer mayor de cabello gris llamada señora Hutchins, la recibió con amabilidad, ajustando sus gafas mientras levantaba la vista de su escritorio lleno de papeles.
—Buenas tardes, querida. ¿En qué puedo ayudarte?
—Buenas tardes. Estoy buscando información sobre la familia Blackwood, la que vive en la mansión cerca del campus.
La señora Hutchins levantó las cejas, sorprendida por la pregunta, y por un momento pareció dudar antes de responder.
—Vaya, hace tiempo que nadie preguntaba por esa familia. ¿Puedo saber para qué necesitas esa información?
—Es para un proyecto de la universidad, sobre la historia del pueblo —mintió Amber, sin sentirse del todo cómoda con la mentira, pero sin saber cómo explicar su verdadero interés sin sonar completamente extraña.
—Entiendo. Sígueme, tengo algunos archivos antiguos que podrían interesarte, aunque te advierto que no están muy organizados.
La bibliotecaria la guió hasta una sala pequeña en el sótano del edificio, llena de cajas con documentos antiguos y periódicos amarillentos, apilados en estanterías metálicas que crujían ligeramente cuando alguien las tocaba. Después de buscar durante varios minutos, revisando etiquetas escritas a mano, encontró una carpeta con el nombre “Blackwood” escrito en la portada, ya desteñido por el paso del tiempo.
—Aquí tienes. Son recortes de periódico de los últimos cien años, más o menos. Tómate tu tiempo, y avísame si necesitas algo más.
Amber agradeció a la señora Hutchins y comenzó a revisar los documentos con cuidado, sentada en una mesa pequeña bajo una lámpara que apenas iluminaba lo suficiente. Los primeros artículos hablaban sobre la construcción de la mansión, a principios del siglo veinte, por un hombre llamado Nathaniel Blackwood, descrito como un empresario rico y reservado que había llegado al pueblo con una fortuna considerable, sin que nadie supiera exactamente de dónde provenía.
Sin embargo, a medida que avanzaba en las fechas, revisando artículo tras artículo, los textos se volvían cada vez más extraños. Uno de ellos, fechado en mil novecientos treinta, hablaba sobre una serie de muertes misteriosas en el pueblo, todas relacionadas de alguna manera con personas que habían tenido contacto con la familia Blackwood, aunque el artículo no ofrecía ninguna conclusión definitiva sobre las causas.
Otro artículo, de mil novecientos setenta, mencionaba que Nathaniel Blackwood seguía viviendo en la mansión, sin explicar cómo era posible que un hombre siguiera vivo después de tantos años, considerando que, según los cálculos más básicos, ya debería haber superado los cien años de edad.
Amber sintió un escalofrío al leer aquellas líneas. Continuó buscando, cada vez más absorta en la investigación, y encontró una fotografía en blanco y negro, borrosa pero clara lo suficiente para reconocer un rostro entre las sombras de la imagen. Era Damien. Vestido con ropa de la época, de pie frente a la mansión, con la misma expresión seria y distante que ella había visto en él durante sus encuentros recientes.

