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El beso del vampiro
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El beso del vampiro

Джулс Хониг

El beso del vampiro

EL BESO DEL VAMPIRO

Capítulo 1: La ciudad nueva

Vocabulario

la mudanza — переезд

el instituto / la universidad — университет

el barrio — район

la mansión — особняк

solitario/a — одинокий

el dolor — боль

el recuerdo — воспоминание

desconocido/a — незнакомый

la niebla — туман

instalarse — обустроиться

el vecino — сосед

oscuro/a — тёмный

extrañar — скучать

el silencio — тишина

acomodarse — освоиться

Amber Stone bajó del autobús con dos maletas grandes y una caja llena de libros. El aire de Maplewood olía a hojas mojadas y a madera vieja, un olor que le recordaba inmediatamente al otoño de su infancia, cuando su madre todavía vivía y las cosas parecían simples. Era un pueblo pequeño de Vermont, rodeado de bosques oscuros y colinas que se perdían entre la niebla. Amber había llegado allí después de la muerte de su madre, buscando un lugar nuevo donde empezar de nuevo, lejos de las calles de su antigua ciudad, donde cada esquina le recordaba algo que ya no podía recuperar.

No conocía a nadie en la ciudad, pero eso, en cierto modo, la tranquilizaba. Necesitaba silencio. Necesitaba distancia. Durante los últimos meses, había sentido que cada persona que la miraba con compasión le recordaba su pérdida, y estaba cansada de las palabras amables que no cambiaban nada. Maplewood le ofrecía la posibilidad de ser simplemente una estudiante nueva, sin una historia triste pegada a su nombre.

La universidad de Maplewood le había ofrecido una beca completa para estudiar literatura, y aunque al principio dudó, pensando que quizás debía quedarse cerca de los lugares que conocía, al final decidió aceptar. Su tía Rachel, la única familia que le quedaba, la había ayudado a encontrar un apartamento pequeño cerca del campus, después de varias llamadas telefónicas y de revisar anuncios en internet durante semanas.

—Vas a estar bien, cariño —le había dicho Rachel la última vez que hablaron por teléfono—. Un lugar nuevo te hará bien. Y siempre puedes llamarme, a cualquier hora.

—Lo sé, tía. Gracias por todo lo que has hecho.

—No tienes que agradecerme nada. Solo prométeme que cuidarás de ti misma.

—Te lo prometo.

El edificio donde viviría era antiguo, con paredes de piedra y ventanas altas, pero tenía un encanto especial que a Amber le gustó desde el primer momento. Subió las escaleras despacio, cargando sus maletas, mientras observaba los detalles del lugar: los pasamanos de madera oscura, las lámparas antiguas colgadas del techo, el suelo de baldosas desgastadas por el paso de los años. Todo en aquel edificio parecía contar una historia silenciosa, y eso, curiosamente, la reconfortaba.

Mientras subía las escaleras con sus maletas, notó algo curioso: justo al lado de su edificio se alzaba una mansión enorme, rodeada de un jardín descuidado y una verja de hierro oxidado. Las ventanas estaban cerradas con cortinas negras, y no se veía ninguna luz encendida, ni siquiera de noche. Amber se detuvo un momento a observarla, sintiendo una curiosidad inmediata que no supo explicar.

“Qué lugar tan extraño”, pensó. “Parece que nadie vive ahí.”

Sin embargo, cuando llegó a su apartamento y miró por la ventana, le pareció ver una sombra moviéndose detrás de una de las cortinas de la mansión. Se dijo a sí misma que probablemente era su imaginación, cansada después de un viaje tan largo. Cerró las cortinas de su propia habitación y comenzó a desempacar sus cosas, colocando cuidadosamente sus libros en una pequeña estantería que había comprado de segunda mano.

El apartamento era pequeño, pero suficiente para ella: una habitación con una cama individual, un escritorio junto a la ventana, una cocina compacta y un baño con azulejos antiguos que, sin duda, llevaban décadas en aquel mismo lugar. Amber decoró las paredes con algunas fotografías de su madre, colocándolas cerca de su cama, donde pudiera verlas cada noche antes de dormir.

Los primeros días en Maplewood fueron tranquilos, aunque también llenos de pequeños desafíos. Amber tuvo que aprender a orientarse por las calles del pueblo, descubrir dónde estaba el supermercado más cercano, encontrar la cafetería donde podría estudiar tranquilamente y memorizar el horario de los autobuses que la llevaban hasta el campus universitario.

Fue precisamente en su segundo día de clases cuando conoció a Sarah, una chica alegre y curiosa que estudiaba biología y que se sentó a su lado en la clase de introducción a la literatura, una materia que Sarah tomaba como electiva.

—Hola, no te había visto antes por aquí —dijo Sarah, sonriendo ampliamente—. ¿Eres nueva?

—Sí, acabo de mudarme hace unos días —respondió Amber, sintiéndose un poco tímida ante tanta simpatía repentina.

—Bienvenida a Maplewood. Yo soy Sarah, por cierto. Nací en este pueblo, así que si necesitas ayuda con algo, no dudes en preguntarme.

—Gracias, Sarah. Yo soy Amber.

—Amber, qué nombre tan bonito. ¿De dónde vienes?

—De Boston, originalmente. Vine aquí por la beca de literatura.

—¡Qué bien! A mí la literatura me da un poco de miedo, para ser sincera. Prefiero mil veces la biología.

Amber sonrió, sintiendo que aquella conversación casual la ayudaba a relajarse un poco. Durante las semanas siguientes, Sarah se convirtió rápidamente en su primera amiga en la ciudad, mostrándole los rincones más interesantes del pueblo: la pequeña librería junto a la plaza central, el café donde servían el mejor chocolate caliente de la región, y el parque donde los estudiantes solían reunirse los fines de semana.

—Tienes que conocer el bosque que rodea el pueblo —le dijo Sarah un día, mientras caminaban juntas después de clase—. Es hermoso en esta época del año, con todos los colores del otoño.

—Me encantaría verlo. Me gusta mucho caminar y pensar.

—Solo ten cuidado de no perderte. Algunas partes del bosque son bastante densas, y las historias que cuentan los viejos del pueblo sobre esa zona no son precisamente tranquilizadoras.

—¿Qué tipo de historias?

Sarah bajó un poco la voz, como si estuviera a punto de contar un secreto importante.

—Bueno, se dice que hay algo extraño en esos bosques desde hace generaciones. Desapariciones, sonidos raros por la noche, ese tipo de cosas. Probablemente son solo leyendas para asustar a los niños, pero la gente mayor del pueblo todavía las toma en serio.

—Eso suena fascinante, en realidad. Me gustan las historias misteriosas.

—Ya lo veo. Tienes esa mirada de curiosidad peligrosa.

Ambas rieron, y Amber sintió que, poco a poco, comenzaba a sentirse parte de aquel lugar nuevo. Sin embargo, cada noche, al volver a su apartamento, no podía evitar mirar hacia la mansión vecina, preguntándose quién viviría allí y por qué la casa parecía completamente abandonada, aunque algo en su interior le decía que definitivamente no lo estaba.

Una tarde, mientras caminaban juntas de vuelta a casa después de clase, Amber decidió preguntarle a Sarah sobre la mansión que estaba junto a su edificio.

—Oye, Sarah, ¿sabes quién vive en esa casa grande, la que tiene el jardín todo abandonado?

—Ah, esa casa —respondió Sarah, bajando un poco la voz—. Es la mansión Blackwood. Lleva ahí desde hace más de cien años.

—¿Y quién vive ahí ahora?

—Se dice que un hombre vive solo. Nadie lo ha visto casi nunca. Sale muy poco, y siempre de noche.

—Qué raro. ¿Y nadie sabe nada más de él?

—La gente cuenta muchas historias, pero yo creo que son solo leyendas del pueblo. Ya sabes cómo son estos lugares pequeños. Todo el mundo necesita un misterio del que hablar.

—¿Y tú nunca has sentido curiosidad por saber más?

—Sinceramente, mi abuela siempre me decía que me mantuviera alejada de esa casa. Y crecí escuchando esa advertencia tantas veces que ya ni siquiera la cuestiono.

Amber sonrió, pero en el fondo sintió que su curiosidad crecía más con cada palabra que escuchaba. Había algo en esa casa silenciosa que despertaba su imaginación, algo que le resultaba imposible ignorar. Esa noche, antes de dormir, volvió a mirar por la ventana. La mansión seguía a oscuras, como siempre, pero por un instante creyó distinguir una figura alta, de pie, junto a una de las ventanas del segundo piso. Parpadeó, y la figura ya no estaba.

“Definitivamente necesito dormir más”, pensó, cerrando finalmente las cortinas.

Los días pasaron y Amber se fue acostumbrando poco a poco a su nueva vida. Le gustaba caminar por las calles empedradas del centro, visitar la pequeña librería junto a la plaza y sentarse en el parque a leer mientras el otoño pintaba de rojo y naranja los árboles. Comenzó a asistir regularmente a sus clases, disfrutando especialmente de las discusiones sobre literatura gótica, un tema que, sin saberlo todavía, resultaría extrañamente relevante para su propia vida.

Su profesora de literatura, la doctora Emerson, una mujer de mediana edad con gafas gruesas y una pasión evidente por su materia, solía comentar en clase que Maplewood tenía una historia particularmente rica en cuanto a leyendas locales.

—Este pueblo ha inspirado más de un escritor a lo largo de los años —comentó la doctora Emerson durante una de sus clases—. Hay algo en el ambiente de Maplewood que parece atraer historias de misterio y de lo sobrenatural.

—¿Por qué cree que es así, profesora? —preguntó uno de los estudiantes.

—No estoy segura. Quizás sea la niebla constante, o los bosques tan densos que rodean el pueblo. O quizás sea simplemente que aquí la gente tiene una imaginación particularmente activa.

Amber tomó nota mental de aquel comentario, sintiendo que, de alguna manera, aquellas palabras conectaban con la sensación extraña que había experimentado desde su llegada al pueblo. Sin embargo, cada noche, al volver a su apartamento, sentía una extraña atracción hacia la mansión vecina, algo que no podía explicar completamente con palabras.

Una tarde, mientras regresaba de la biblioteca, decidió acercarse un poco más a la verja de hierro que rodeaba la mansión Blackwood. El jardín estaba lleno de plantas secas y estatuas cubiertas de musgo, algunas de ellas tan desgastadas por el tiempo que apenas se podían distinguir sus formas originales. Se detuvo frente a la puerta principal, una puerta enorme de madera oscura con adornos metálicos en forma de flores, y por un momento pensó en tocar el timbre.

Pero se contuvo. No sabía qué le diría a un desconocido si alguien abría la puerta, y además, sentía que aquella acción sería demasiado atrevida para alguien que apenas llevaba unas semanas en el pueblo.

Justo cuando se disponía a marcharse, escuchó una voz grave detrás de ella.

—No deberías estar aquí sola, tan cerca de la oscuridad.

Amber se dio la vuelta, sorprendida. Un hombre alto, de cabello oscuro y ojos de un azul intenso, la observaba desde la entrada del jardín. Vestía un abrigo negro largo, elegante, casi anticuado, y su presencia parecía imponerse sobre todo lo que la rodeaba, como si el resto del mundo se hubiera desvanecido momentáneamente. Su piel era muy pálida, casi blanca, y su mirada tenía algo que Amber no supo describir: una mezcla de tristeza y misterio que la dejó momentáneamente sin palabras.

—Perdón, no quería molestar —dijo ella finalmente, dando un paso atrás—. Solo sentía curiosidad por esta casa.

—La curiosidad puede ser peligrosa —respondió él con una media sonrisa—. Pero entiendo. Esta casa despierta preguntas, incluso entre quienes prefieren no hacerlas en voz alta.

—¿Vive usted aquí?

—Sí. Vivo aquí desde hace mucho tiempo.

Amber sintió un escalofrío recorrer su espalda, aunque no supo si era de miedo o de fascinación. El hombre se acercó un poco más, y ella notó que sus movimientos eran extrañamente elegantes, casi silenciosos, como si sus pies apenas tocaran el suelo.

—Me llamo Amber —dijo finalmente, tratando de sonar tranquila, a pesar de que su corazón latía con fuerza.

—Yo soy Damien —respondió él—. Damien Blackwood.

El nombre resonó en la mente de Amber. Blackwood, como la mansión. Antes de que pudiera decir nada más, Damien hizo una leve reverencia, un gesto casi anticuado que combinaba perfectamente con su ropa y con la atmósfera de la mansión.

—Deberías volver a casa, Amber. Ya está oscureciendo, y el bosque puede ser un lugar impredecible durante la noche.

Sin esperar respuesta, caminó de vuelta hacia la mansión y desapareció entre las sombras del jardín, dejando a Amber inmóvil, sintiendo que su corazón latía con una fuerza que jamás había experimentado antes. Aquel encuentro breve había despertado en ella una curiosidad que no podía explicar, una mezcla de miedo y atracción que la acompañaría durante mucho tiempo, mucho más allá de aquella tarde de otoño.

Esa noche, mientras se preparaba para dormir, no pudo dejar de pensar en los ojos de Damien. Había algo en ellos, algo antiguo y profundo, que la había atrapado por completo, algo que le recordaba a las historias de misterio que tanto le gustaba leer, pero que ahora sentía a solo unos metros de su propia ventana. Se prometió a sí misma que descubriría más sobre aquel hombre misterioso, sin imaginar que ese deseo cambiaría su vida para siempre.

Cuando finalmente cerró los ojos, la última imagen que cruzó su mente fue la de aquel abrigo negro desapareciendo entre las sombras del jardín, y una pregunta que se repetía una y otra vez en su cabeza: ¿quién era realmente Damien Blackwood, y por qué sentía que su vida en Maplewood ya no volvería a ser la misma después de haberlo conocido?

Capítulo 2: El vecino extraño

Vocabulario

el atardecer — закат

observar — наблюдать

la sombra — тень

el misterio — тайна

evitar — избегать

la curiosidad — любопытство

el rumor — слух

desaparecer — исчезать

la reunión — встреча

el comportamiento — поведение

sospechar — подозревать

acercarse — приближаться

la costumbre — привычка

pálido/a — бледный

el encuentro — встреча

Después de aquel primer encuentro con Damien, Amber no pudo dejar de pensar en él. Durante los días siguientes, se descubría a sí misma mirando hacia la mansión Blackwood cada vez que pasaba cerca, buscando alguna señal de vida, alguna luz encendida o alguna sombra detrás de las ventanas. Sin embargo, la casa permanecía tan silenciosa como siempre, como si guardara un secreto profundo que nadie podía descubrir con facilidad.

En clase, Amber intentó concentrarse en sus estudios, pero su mente volvía una y otra vez a aquellos ojos azules que la habían mirado con tanta intensidad. Durante una clase sobre poesía romántica, la doctora Emerson le preguntó directamente su opinión sobre un poema, y Amber tardó varios segundos en darse cuenta de que le estaban hablando, sumida como estaba en sus propios pensamientos.

—Amber, ¿estás con nosotros hoy? —preguntó la profesora, con una sonrisa comprensiva.

—Perdón, profesora. Me distraje un momento.

—No pasa nada. Solo asegúrate de prestar atención, este poema será importante para el examen.

Sarah notó su distracción y, un día, durante el almuerzo en la cafetería del campus, decidió preguntarle directamente qué le sucedía.

—Amber, llevas días con la cabeza en las nubes. ¿Qué te pasa?

—Nada, solo estoy cansada, supongo —respondió ella, evitando mirarla a los ojos mientras jugaba distraídamente con su comida.

—No te creo. Te conozco desde hace solo unas semanas, pero puedo notar cuando algo te preocupa. ¿Es por algún chico?

Amber sintió que se sonrojaba y decidió contarle la verdad, o al menos parte de ella.

—Conocí a un vecino hace unos días. El hombre que vive en la mansión Blackwood.

—¿Qué? —exclamó Sarah, dejando caer el tenedor sobre la mesa con un ruido metálico—. ¿Hablaste con él? ¿En serio?

—Sí, brevemente. Se llama Damien.

—Amber, en este pueblo nadie ha hablado con ese hombre en años, quizás en décadas. La gente dice que es muy reservado, que nunca sale durante el día y que evita a todo el mundo. Mi propio padre lo mencionó una vez, y me contó que cuando él era joven, ya se hablaba de ese hombre como alguien misterioso.

—Pues a mí me pareció educado. Un poco misterioso, definitivamente, pero educado y hasta amable, a su manera.

—Ten cuidado, por favor. Hay rumores extraños sobre esa familia. Se dice que llevan generaciones viviendo ahí, pero que nunca envejecen, o que envejecen muy lentamente comparado con el resto de la gente.

Amber se rió, pensando que era una exageración típica de un pueblo pequeño, pero Sarah mantuvo una expresión seria, casi preocupada.

—Lo digo en serio, Amber. Mi abuela solía contar historias sobre los Blackwood cuando yo era pequeña. Decía que había algo extraño en esa familia, algo que no era normal, y que era mejor mantenerse alejado de esa casa.

—Seguramente son solo leyendas del pueblo, como tú misma dijiste el otro día sobre el bosque.

—Tal vez. Pero prométeme que tendrás cuidado, por favor. No quiero que te pase nada.

Amber prometió tener cuidado, aunque en su interior sentía que la advertencia de Sarah solo aumentaba su curiosidad. Aquella tarde, después de clase, decidió dar un paseo por el bosque que rodeaba el pueblo. Necesitaba pensar, alejarse un poco del ruido de sus propios pensamientos y de las advertencias constantes que parecía recibir sobre Damien.

El bosque de Maplewood era hermoso en otoño, con árboles de colores intensos, rojos, naranjas y dorados, y un aire fresco que olía a tierra húmeda y a hojas caídas. Amber caminó durante un rato, disfrutando de la tranquilidad, escuchando el crujido de las hojas bajo sus pies y el canto lejano de algunos pájaros que todavía no habían migrado hacia climas más cálidos.

Se sentó un rato sobre un tronco caído, sacando de su mochila un pequeño cuaderno donde solía escribir sus pensamientos. Comenzó a escribir sobre Damien, sobre la sensación extraña que la invadía cada vez que pensaba en él, sin darse cuenta de que el cielo comenzaba a oscurecerse antes de lo esperado. Miró su reloj y se dio cuenta de que había perdido la noción del tiempo, algo que le sucedía con frecuencia cuando se dejaba llevar por sus propios pensamientos.

Cuando decidió regresar, notó que el camino se veía diferente en la oscuridad. Los árboles parecían más altos, más amenazantes, y el silencio del bosque se había vuelto pesado, casi opresivo. Apretó el paso, sintiendo que su corazón latía cada vez más rápido, mientras intentaba recordar exactamente por dónde había entrado al bosque.

De repente, escuchó un ruido entre los arbustos, como pasos rápidos acercándose. Amber se detuvo, asustada, y miró a su alrededor, pero no vio nada. El ruido se detuvo también, como si quien lo hacía supiera que ella lo había escuchado, algo que le pareció aún más aterrador que si el ruido hubiera continuado.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó con voz temblorosa, apretando su cuaderno contra el pecho como si eso pudiera protegerla de alguna manera.

Nadie respondió. Amber decidió seguir caminando, más rápido esta vez, tratando de encontrar el camino de vuelta al pueblo, cuyas luces apenas se distinguían entre los árboles. Los ruidos continuaron, cada vez más cerca, y ella comenzó a correr, presa del pánico, sintiendo que las ramas le arañaban los brazos mientras avanzaba a ciegas entre la vegetación.

Justo cuando pensaba que no podría más, sintiendo que sus piernas comenzaban a fallarle, una mano fuerte la sujetó del brazo, deteniéndola en seco.

—No corras. Vas a lastimarte.

Era Damien. Amber, todavía asustada, tardó unos segundos en reconocerlo en la oscuridad, su respiración entrecortada y su corazón latiendo desbocado.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, tratando de recuperar el aliento, apoyando una mano sobre su pecho.

—Te vi entrar al bosque hace un rato y no regresabas. Me preocupé, así que decidí venir a buscarte.

—Había algo siguiéndome, estoy segura. Podía escuchar los pasos, cada vez más cerca.

—Lo sé. Era un lobo. Ya se ha ido, no te preocupes.

Amber lo miró, sorprendida. ¿Cómo podía saber Damien algo así con tanta seguridad, en medio de la oscuridad total del bosque? Pero antes de que pudiera preguntar, él comenzó a caminar, guiándola de vuelta hacia el pueblo con pasos seguros, como si conociera cada rincón del bosque a la perfección, incluso en la más completa oscuridad.

—Gracias por ayudarme —dijo Amber finalmente, cuando llegaron a la salida del bosque y pudo ver las luces familiares de las calles de Maplewood.

—No deberías caminar sola por aquí después del atardecer. El bosque puede ser peligroso, especialmente para alguien que todavía no conoce bien la zona.

—Lo tendré en cuenta, te lo prometo.

Damien la observó un momento, con una expresión difícil de descifrar bajo la luz tenue de las farolas cercanas. Parecía querer decir algo más, pero se contuvo, como si estuviera librando una batalla interna sobre cuánto debía revelar.

—Buenas noches, Amber.

—Buenas noches, Damien. Y gracias, otra vez, por aparecer cuando más lo necesitaba.

Él asintió y desapareció en dirección a la mansión, dejando a Amber con más preguntas que respuestas. ¿Cómo sabía que era un lobo lo que la seguía? ¿Por qué siempre aparecía en el momento justo, como si pudiera sentir cuando ella estaba en peligro? Aquella noche, mientras caminaba de vuelta a su apartamento, decidió que necesitaba descubrir la verdad sobre Damien Blackwood, sin importar lo que Sarah y el resto del pueblo dijeran sobre él.

Al llegar a su apartamento, se sentó junto a la ventana, observando la mansión silenciosa una vez más. Sacó su cuaderno y comenzó a anotar todo lo que sabía hasta ahora: la fuerza inexplicable de Damien, su capacidad de aparecer siempre en el momento adecuado, su conocimiento perfecto del bosque incluso de noche, y aquella palidez extrema que contrastaba tanto con la vitalidad de sus ojos azules.

“Hay algo que no encaja”, escribió finalmente, antes de cerrar el cuaderno y prepararse para dormir, sintiendo que cada día que pasaba en Maplewood la acercaba más a un misterio que apenas comenzaba a vislumbrar.

Capítulo 3: Primeras impresiones

Vocabulario

el compañero de clase — одноклассник

la biblioteca municipal — городская библиотека

el rincón — уголок

acogedor/a — уютный

la costumbre local — местный обычай

el festival — фестиваль

la tradición — традиция

participar — участвовать

el ambiente — атмосфера

curioso/a — любопытный

la conversación — разговор

el paseo — прогулка

el otoño — осень

la hoja — лист

pertenecer — принадлежать

A medida que pasaban las semanas, Amber comenzó a sentir que Maplewood se convertía poco a poco en un lugar familiar, aunque nunca dejaba de sentir esa curiosidad persistente hacia la mansión Blackwood y su misterioso habitante. La universidad le ofrecía una rutina reconfortante: clases por las mañanas, tiempo de estudio en la biblioteca por las tardes, y ocasionalmente algún paseo por el pueblo antes de que oscureciera completamente.

Sarah se convirtió en su guía principal para entender las costumbres locales. Una tarde, mientras caminaban juntas hacia la plaza central, Sarah le contó sobre el festival de otoño que se celebraba cada año en Maplewood, una tradición que se remontaba, según decían los habitantes más ancianos, a más de cien años atrás.

—Es mi celebración favorita del año —explicó Sarah, con los ojos brillantes de entusiasmo—. Toda la plaza se llena de puestos con comida, hay música en vivo, y al final de la noche encienden una gran hoguera. Es realmente mágico.

—Suena maravilloso. ¿Cuándo es exactamente?

—La próxima semana, el sábado. Deberías venir conmigo. Te presentaré a más gente del pueblo.

—Me encantaría, Sarah. Gracias por invitarme.

Durante aquellos días, Amber también conoció a otros estudiantes de su clase de literatura. Uno de ellos, un chico llamado Tom, se acercó a ella después de una discusión particularmente animada sobre una novela gótica que estaban estudiando.

—Tienes ideas muy interesantes sobre el simbolismo en esta novela —le comentó Tom, sosteniendo su propio ejemplar del libro, lleno de anotaciones en los márgenes—. ¿Has leído mucho sobre literatura gótica antes?

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