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El invencible
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El invencible

Rohan, Jarg y otras cinco personas pudieron comer el primer plato caliente de ese día cuando ambas sondas regresaron al perímetro del campo de fuerza, y los biólogos se pusieron manos a la obra en el barracón montado mientras tanto, en el que por fin era posible quitarse las fastidiosas máscaras.

Se pasaron el resto del tiempo, hasta que llegó la noche, recogiendo muestras de minerales, examinando la radiactividad del fondo marino, midiendo la insolación y realizando otras mil tareas igual de laboriosas, todo debía ser realizado a conciencia, con una meticulosidad incluso exagerada, para así poder proporcionar resultados fiables. Para el atardecer, ya habían hecho lo máximo posible y Rohan, con la conciencia tranquila, pudo acercarse al micrófono para atender la llamada que Horpach le hizo desde El Invencible.

El océano estaba plagado de formas vivas que, sin embargo, evitaban, todas ellas sin excepción, la zona litoral. El organismo del pez diseccionado no mostraba nada particular. La evolución, según datos estimativos, había empezado en el planeta cientos de millones de años atrás. Se detectó una cantidad considerable de algas verdes, lo que explicaba la presencia de oxígeno en la atmósfera. La división de seres vivos entre el reino vegetal y el animal era típica, como también lo eran las estructuras óseas de los vertebrados. El único órgano desarrollado del pez capturado y cuyo equivalente terrestre desconocían los biólogos era un órgano sensorial sensible a cambios del campo magnético, por mínimos que estos fueran. Horpach ordenó que todo el equipo regresara tan pronto como fuera posible, al final de la conversación anunció que era probable que hubiesen conseguido establecer el lugar de aterrizaje de la nave desaparecida.

Así que, a pesar de las protestas de los biólogos —que juraban necesitar varias semanas más de investigación—, se desarmó el barracón, los motores arrancaron, y la columna se dirigió hacia el noroeste. Rohan no pudo transmitir a sus compañeros ningún detalle sobre El Cóndor, él tampoco sabía nada. Quería llegar lo antes posible a la nave, porque suponía que el comandante le asignaría la siguiente tarea, quizá más rica en hallazgos. Ahora lo más importante era examinar el lugar del probable aterrizaje de El Cóndor. Rohan sacó la máxima potencia de las máquinas, y regresaron rodeados del ensordecedor e infernal ruido de las piedras machacadas bajo el paso de las orugas, mucho más potente que el que habían experimentado a la ida. Cuando cayó la noche, se encendieron los grandes faros de las máquinas; era una imagen insólita e incluso amenazante: cada dos por tres las columnas móviles de luz hacían emerger de la penumbra siluetas amorfas de gigantes que parecían moverse y que solo resultaban ser simples rocas testigo, vestigios de una cordillera destruida por la erosión. Tuvieron que parar varias veces ante las profundas grietas que se abrían en el basalto. A medianoche, El Invencible se divisó por fin, iluminado por todas partes, como si se tratara de un desfile, de lejos el casco parecía una brillante torre metálica. En el perímetro del campo de fuerza retahílas de máquinas se movían en todas las direcciones mientras descargaban provisiones y combustible; una multitud se agolpaba en los alrededores de la rampa envuelta por la luz cegadora de los focos. Los que regresaban oyeron de lejos el ajetreo de aquel hormiguero. Por encima de las dinámicas columnas de luz se erguía el silente casco del crucero, acariciado levemente por el resplandor de los focos. Se encendieron unas luces azules que señalaban el punto por el que los vehículos, uno tras otro, cubiertos de una gruesa capa polvo, se abrirían paso hasta el interior del espacio circular a través del escudo de fuerza. Rohan, antes incluso de saltar a tierra, ya le estaba preguntando por la suerte de El Cóndor a Blank, al que había reconocido y que era una de las personas que se encontraban más cerca.

Sin embargo, el contramaestre no sabía nada del supuesto hallazgo. Rohan no logró enterarse de gran cosa. Antes de arder en las capas más espesas de la atmósfera, cuatro satélites proporcionaron once mil fotos, recibidas por radio y reproducidas, a medida que iban llegando, en unas placas especiales tratadas con ácido en la cabina de cartografía. Para no perder tiempo, Rohan llamó a Erett, técnico cartógrafo, a su camarote. Mientras se duchaba lo interrogó sobre todo lo que había pasado a bordo. Erett era uno de los que habían estado buscando El Cóndor en los contactos fotográficos obtenidos. Alrededor de treinta personas habían estado buscando aquel grano de metal en el océano de arena; además de a los planetólogos se había recurrido también a los cartógrafos, a los operadores de radar y a todos los pilotos de la nave. Por turnos, durante veinticuatro horas, estuvieron revisando todo el material fotográfico que iba llegando y anotaban las coordenadas de cualquier punto sospechoso en el planeta. Pero la noticia que el comandante le transmitió a Rohan resultó errónea. Lo que habían tomado por la nave era un obelisco rocoso excepcionalmente alto que proyectaba una sombra asombrosamente parecida a la del cohete. Por lo tanto, seguían sin saber nada de la suerte de El Cóndor. Rohan quería presentarse ante el comandante para hablar de la situación, pero este ya se había retirado a descansar, así que regresó a su camarote. A pesar del agotamiento, tardó mucho en conciliar el sueño. Cuando se levantó por la mañana, el astronavegador le pidió, a través de Ballmin, jefe de los planetólogos, que entregara al laboratorio principal todo el material recogido. A las diez, Rohan sintió tanta hambre —aún no había desayunado— que bajó al nivel dos, al pequeño comedor de los operadores de radar y fue allí, mientras se estaba acabando su café, sin haberse sentado siquiera, donde le pilló Erett.

—¿La tenéis? —preguntó ansioso al ver la excitada cara del cartógrafo.

—No, pero hemos encontrado algo más grande. Vaya usted enseguida… Le llama el astronavegador.

A Rohan le pareció que el cilindro acristalado del ascensor iba muchísimo más lento de lo normal. En la penumbra de la cabina reinaba el silencio, se oía el susurro de los transmisores eléctricos, y del alimentador salían sin cesar nuevas fotografías, brillantes a causa de la humedad, pero nadie prestaba atención. Dos técnicos sacaron de un compartimento en la pared una especie de episcopio y apagaron las luces restantes en el momento en que Rohan abrió la puerta. Vio la cabeza blanca del astronavegador, que destacaba sobre las demás. Y un instante después, la pantalla, que había bajado del techo, centelleó con tonos plateados. En medio de un atento silencio, solo roto por la respiración de los presentes, Rohan se acercó todo lo que pudo a la gran superficie. La imagen no era muy buena, y además en blanco y negro; rodeada por un círculo de cráteres caóticamente dispersados destacaba una meseta desnuda, que por uno de sus lados se cortaba en línea recta, como si las rocas hubieran sido seccionadas por un enorme cuchillo. Se trataba de la línea litoral, ya que la homogénea negrura del océano ocupaba el resto de la foto. A cierta distancia de aquel acantilado se extendía un mosaico de formas algo difusas, cubiertas en dos puntos por estelas de nubes y por sus sombras. A pesar de todo, no cabía duda de que la curiosa formación de difuminados detalles no era un fenómeno geológico.

«Una ciudad…», pensó Rohan exaltado, pero no lo dijo en voz alta. Todo el mundo seguía callado. El técnico que manejaba el episcopio intentó en vano aumentar la nitidez de la imagen.

—¿Hubo interferencias en la recepción? —La tranquila voz del astronavegador interrumpió el silencio general.

—No —contestó Ballmin desde la oscuridad—. La recepción era buena, pero es una de las últimas fotografías del tercer satélite. Ocho minutos después de que fuera enviada dejó de responder a las señales. Es probable que la foto fuese sacada con los objetivos que ya estaban dañados por la creciente temperatura.

—La cámara se encontraba a no más de setenta kilómetros del epicentro —añadió otra voz que a Rohan le pareció que era la de Malte, uno de los planetólogos con más talento—. Yo diría que entre cincuenta y cinco y sesenta kilómetros, la verdad… Miren… —Su silueta ocultaba parcialmente la pantalla. Acercó una plantilla de plástico transparente con círculos recortados y se la aplicó, uno por uno, a más de una decena de cráteres en la otra mitad de la imagen.

—Son claramente más profundos que en las fotografías anteriores. Aunque en realidad —añadió—, no tiene mayor importancia. Sea como sea…

No acabó la frase, pero todos entendieron lo que quería decir: que pronto comprobarían la exactitud de la foto porque examinarían in situ esa zona del planeta. Siguieron observando la imagen en la pantalla durante unos instantes más. Rohan ya no estaba tan seguro de que se tratara de una ciudad, si no de sus ruinas. Las sombras onduladas de las dunas demostraban que aquella formación geométricamente regular llevaba tiempo abandonada: unos finos trazos rodeaban por todas partes las complicadas estructuras, si bien algunas de ellas habían quedado prácticamente sumergidas por el arenoso tsunami del desierto. Además, aquella constelación geométrica estaba dividida en dos partes desiguales por una línea negra, zigzagueante, que se ensanchaba a medida que se adentraba en el continente, una fractura sísmica que había partido en dos algunas de las enormes «construcciones». Una de ellas, que parecía haberse caído, había formado una especie de puente cuyo extremo descansaba en la orilla opuesta de la grieta.

—Luz, por favor —sonó la voz del astronavegador. Cuando la sala se iluminó, miró el reloj de pared.

—En dos horas despegamos.

Sonó un coro de voces entremezcladas; los que más protestaban eran los hombres del biólogo jefe, que con sus perforaciones de prueba habían alcanzado los doscientos metros de profundidad. Horpach, con un gesto, dejó claro que no había nada que discutir.

—Todas las máquinas regresan a bordo. Aseguren adecuadamente los materiales recogidos. La revisión de fotografías y los demás análisis deben seguir su curso. ¿Dónde está Rohan? ¡Ah, aquí está! Bien. ¿Ha oído lo que he dicho? En dos horas todo el mundo tiene que estar en los puestos de despegue.

La operación de carga de las máquinas se desarrollaba con prisas, pero sistemáticamente. Rohan hizo oídos sordos a los ruegos de Ballmin, que pedía un cuarto de hora más para continuar las perforaciones.

—Ya ha oído lo que ha dicho el comandante —repetía a diestra y siniestra mientras apremiaba a los montadores que se acercaban con enormes grúas a las zanjas excavadas. Las máquinas perforadoras, los provisionales puentes de rejilla metálica, los contenedores de combustible… Uno a uno acabaron en las bodegas de carga; cuando ya solo el suelo socavado daba cuenta de los trabajos allí realizados, Rohan y Westergard, ingeniero jefe adjunto, revisaron por si acaso el recinto de las obras recién abandonadas. Después, la gente desapareció en el interior de la nave. Solo entonces se agitaron las arenas en el perímetro lejano, los energobots, convocados por radio, regresaron en fila india y subieron a bordo; la nave metió en el interior, bajo las acorazadas placas, la rampa y la caja vertical del ascensor y permaneció inmóvil durante un instante, acto seguido, el monótono aullido del viento fue mitigado por el silbido metálico del aire comprimido que limpiaba a chorro las toberas. Unos remolinos de polvo envolvieron la popa y un resplandor verde que se mezclaba con la luz roja del sol trepó por ellos, en la incesante estampida de truenos que sacudían el desierto y reverberaban con un múltiple eco entre las paredes rocosas, la nave se fue elevando lentamente en el aire, dejando tras de sí un abrasado círculo de roca, unas dunas cristalizadas y unos jirones de condensación. Acto seguido El Invencible desapareció veloz en un cielo violeta. Mucho más tarde, cuando el último rastro de su trayectoria, señalada por una blanquecina línea de vapor, se disipó en la atmósfera, y las arenas móviles empezaron a cubrir la roca desnuda y a llenar las excavaciones abandonadas, apareció, por el oeste, una nube oscura. Fue avanzando muy baja, empezó a desplegar un extendido y arremolinado tentáculo que rodeó el lugar de aterrizaje y quedó suspendida, inmóvil, sobre él. Permaneció así cierto tiempo. Cuando el sol se hubo esquinado claramente hacia el oeste, de la nube empezó a caer sobre el desierto una lluvia negra.

Entre ruinas

El Invencible se posó en un lugar cuidadosamente elegido, a unos seis kilómetros al norte del límite exterior de la llamada «ciudad», que desde el puente de mando se veía francamente bien. Parecían construcciones artificiales, y era algo que ahora se podía apreciar con mayor claridad que en las fotografías hechas por el satélite de observación. Angulosas, negruzcas y de formas desiguales, con brillos metálicos aquí y allá, por regla general más anchas en su base, se extendían a lo largo de muchos kilómetros. Pero ni el más potente telescopio permitía distinguir los detalles, sin embargo parecía que la mayoría de esas construcciones tenía más agujeros que un colador.

No había cesado aún el retumbar metálico que producían las toberas al enfriarse cuando la nave extrajo de su interior la rampa y el andamio de la grúa y se rodeó de un círculo de energobots. Esta vez, sin embargo, se implementaron mayores medidas: frente a la ciudad (imposible de ver desde el nivel del suelo porque quedaba oculta tras unas pequeñas colinas) se agruparon dentro de un escudo energético cinco vehículos todoterreno, a los que se uniría un lanzador móvil de antimateria, que los doblaba con creces en tamaño, parecido a un escarabajo apocalíptico de azulado caparazón.

El comandante del grupo opertivo era Rohan. Estaba de pie, erguido en la torreta abierta del primero de los todoterrenos, esperando a que se abriese un paso en el campo de fuerza en respuesta a la orden que llegaría desde El Invencible. Dos inforrobots situados en las colinas más próximas lanzaron una serie de bengalas verdes incombustibles para señalar el camino, y la pequeña caravana en formación doble, con el vehículo de Rohan al frente, se puso en marcha.

Los motores de los vehículos entonaban notas graves, penachos de arena salían despedidos de por debajo de los neumáticos de balón de aquellos gigantes, un robot de reconocimiento volaba a ras del suelo doscientos metros por delante del primer todoterreno. Se parecía a un plato llano con antenas que vibraban con gran rapidez, cuyos chorros de aire inferiores revolvían las cimas de las dunas, como si avivase un invisible fuego a su paso. La polvareda levantada por el convoy en aquella tranquila atmósfera tardaba bastante en posarse, y marcaba el paso de la columna con una estela rojiza y alborotada. Las sombras proyectadas por las máquinas eran cada vez más largas, se acercaba el ocaso. La columna sorteó un cráter prácticamente cubierto de tierra situado en su camino, y al cabo de veinte minutos llegó al límite de las ruinas, donde cambiaron la formación. Tres vehículos no tripulados salieron para encender unas luces de un azul intenso que señalizaban la creación de un campo de fuerza local. Otros dos, estos con tripulación, se movían por el interior de aquel escudo móvil. Por detrás de ellos, a cincuenta metros, avanzaba sobre unas patas dobladas el enorme lanzador de antimateria, con varios pisos de altura. En cierto momento, tras atravesar una maraña sepultada y destrozada de lo que parecían unos cables o alambres metálicos, hubo que parar, porque una de las extremidades del lanzador se hundió en una grieta invisible cubierta por la arena. Dos arctanes saltaron del vehículo del comandante y liberaron al coloso aprisionado. Acto seguido el convoy reanudó la marcha.

Lo que habían denominado ciudad en realidad no se parecía en lo más mínimo a los asentamientos de la Tierra. Oscuras moles de superficies erizadas como las púas de un cepillo, no semejantes a nada que hubieran visto ojos humanos, se erguían hundidas a una profundidad desconocida en las dunas móviles. Sus formas, que resultaban imposibles nombrar, alcanzaban varias plantas de altura. No tenían ni ventanas ni puertas, ni siquiera paredes; unas parecían entretejidas redes onduladas en un sinfín de direcciones, muy tupidas, con nudosidades gruesas en el lugar de las junturas; otras se asemejaban a los complicados arabescos tridimensionales que habrían formado panales o cedazos de orificios triangulares o pentagonales mutuamente superpuestos. En todas y cada una de las estructuras de mayor tamaño y de las superficies visibles se podía detectar algún tipo de regularidad, no tan homogénea como en un cristal, pero indudable, repetida con una cadencia determinada, a pesar de estar bastamente interrumpida por un rastro de destrucción. Algunas construcciones, que sobresalían verticalmente de la arena, estaban formadas —aunque no como las de los árboles o los arbustos: libres— por una especie de ramas que parecían haber sido cortadas a toscos hachazos, unidas estrechamente entre sí en forma de medio arco o de dos espirales girando en direcciones opuestas, otras de las que encontraron estaban, en cambio, inclinadas como la plataforma de un puente levadizo. Los vientos, que por regla general soplaban del norte, acumularon en todas las superficies horizontales o ligeramente ladeadas una arena ligera y volátil, de manera que desde lejos, los vértices superiores de las ruinas parecían pirámides achaparradas y truncadas. Pero cuando te acercabas, su lisa superficie revelaba un sistema de varillas y listones breñosos y afilados, enredados aquí y allá de tal manera que incluso la arena quedaba presa en la espesura. A Rohan le pareció que eran restos cúbicos y piramidales de rocas cubiertas por una vegetación apergaminada y reseca. Pero esa sensación volvía a cambiar a pocos pasos de distancia, porque la regularidad ajena a las formas vivas revelaba su presencia a través del caos de la destrucción. En realidad, las ruinas no eran compactas, se podía echar un vistazo a su interior entre las rendijas de la maraña metálica, tampoco estaban huecas, ya que dicha maraña las rellenaba por completo. Reinaba por todas partes el marasmo del abandono. Rohan pensó en el lanzador de antimateria, pero era absurdo el uso de la fuerza si se tenía en cuenta la inexistencia de interiores a los que entrar. El vendaval acorralaba a los torbellinos de polvo corrosivo entre los altos bastiones. La arena, que no cesaba de caer a chorros por aquel mosaico regular de orificios negruzcos, formaba en su base unos conos puntiagudos a modo de aludes en miniatura. Un susurro constante y desatado los acompañó durante todo el recorrido. Las antenas giratorias, los cañones pendulares de los Geiger en funcionamiento, los micrófonos ultrasónicos y los detectores de radiación estaban en silencio. Solo se oía el crepitar de la arena bajo las ruedas y el rugir entrecortado de los motores al acelerar, cuando la columna cambiaba de formación y cuando giraba, y de repente el sonido desaparecía en la sombra profunda y fría que arrojaban los colosos dejados atrás y que emergían de nuevo en la arena iluminada por una luz escarlata.

Al final llegaron a una fisura tectónica. Era una grieta de cien metros de ancho que formaba un abismo sin fondo en apariencia; en todo caso, seguro que era muy profundo porque no lo pudieron llenar las cascadas de arena que los golpes de viento barrían sin cesar de sus bordes. Pararon y Rohan envió al otro lado un robot aéreo de reconocimiento. Observó en la pantalla lo que el robot veía con los objetivos de su cámara de televisión, pero la imagen era la misma que ya conocían. Al cabo de una hora, el explorador recibió la orden de volver y al reunirse con el grupo Rohan, tras consultarlo con Ballmin y el físico Gralev, que lo acompañaban en el vehículo, decidió inspeccionar algunas ruinas con mayor detalle.

Primero intentó averiguar con sondas ultrasónicas el grosor de la capa de arena que cubría las «calles» de la ciudad muerta. Se trataba de una labor bastante ardua. Los resultados de los sucesivos sondeos no coincidían, probablemente porque la roca base había sufrido una descristalización interna durante el seísmo que provocó su gran fisura. Aquella enorme depresión del terreno parecía estar cubierta por una capa de arena de entre siete y doce metros de espesor. Se dirigieron al este, hacia el océano, y tras haber recorrido once kilómetros de un camino tortuoso, entre ruinas negruzcas que se hacían cada vez más bajas y que emergían cada vez menos de las arenas hasta desaparecer por completo, llegaron a unas rocas desnudas. Se detuvieron al borde de un acantilado, tan alto que el ruido de las olas que rompían en su base les llegaba como un susurro apenas audible. La línea quebrada estaba marcada por una franja de roca desnuda, desprovista de arena, extrañamente lisa, se elevaba hacia el norte como una hilera de cumbres montañosas precipitándose hacia el espejo del océano en saltos petrificados.

Dejaron atrás la ciudad, convertida ya en una línea negra de contornos regulares, inmersa en una niebla rojiza. Rohan se comunicó con El Invencible y le transmitió al astronavegador los datos obtenidos, prácticamente nulos; la columna entera, que en ningún momento había dejado de guardar todo tipo de medidas de seguridad, se adentró de nuevo en las ruinas.

Por el camino hubo un pequeño accidente. El energobot del extremo izquierdo amplió demasiado su campo de fuerza, probablemente a causa de un pequeño error de trayectoria, y rozó el borde de una de aquellas construcciones puntiagudas con forma de panal inclinadas hacia ellos. Alguien había programado el lanzador de antimateria, conectado con los indicadores de consumo de energía, en modo automático en caso de ataque y el repentino salto en el consumo de potencia fue interpretado como una clara señal de un intento de traspasar el campo de fuerza, y el lanzador le disparó a la ruina inofensiva. Toda la parte superior de aquella retorcida construcción del tamaño de un rascacielos terrestre perdió su sucio color negruzco, se puso al rojo vivo, resplandeció con un brillo cegador y acto seguido se desintegró en un chaparrón de metal incandescente. Ni un solo fragmento alcanzó a la columna, los restos en llamas se deslizaron por la superficie de la invisible cúpula del campo de fuerza. Antes de llegar al suelo se habían evaporado a causa del golpe térmico. La aniquilación, sin embargo, provocó un aumento repentino de radiación, los Geiger dispararon automáticamente la alarma y Rohan, sin parar de maldecir y prometer romperle los huesos a quien hubiera programado los dichosos aparatos, tardó un buen rato en desactivarla y en responder a El Invencible, que había visto el brillo y había preguntado inmediatamente las causas del mismo.

—De momento, solo sabemos que se trata de un metal. Es probable que su composición sea una aleación de acero, volframio y níquel —dijo Ballmin que, sin preocuparse por el alboroto, aprovechó para hacer un análisis espectroscópico de las llamas que envolvían las ruinas.

—¿Es usted capaz de establecer su edad? —preguntó Rohan limpiándose la fina arena que se había posado tanto en sus brazos como en su cara. Dejaron atrás lo que había quedado de las ruinas, retorcidas ahora a causa del calor y que colgaban como un ala rota sobre el camino por el que acababan de pasar.

—No. Pero puedo decir que es algo endemoniadamente antiguo. Endemoniadamente antiguo —repitió.

—Tenemos que analizarlo con mayor detalle… Y no voy a pedirle permiso al viejo —añadió Rohan con repentina determinación.

Pararon junto a un complicado objeto formado por una serie de brazos que confluían en un mismo punto. Se abrió una portezuela en el campo de fuerza, señalizada por dos bengalas. De cerca predominaba una sensación de caos. La fachada de la construcción estaba formada por placas triangulares cubiertas por brochas de alambre, placas que sujetaban por dentro un sistema de barras del grosor de una rama. Desde la superficie parecían tener un cierto orden, pero desde el interior, donde intentaron echar un vistazo con la ayuda de unos potentes focos, el bosque de barras se extendía, ramificándose desde unos gruesos nudos para volver a juntarse. Todo aquello recordaba a un gigantesco cepillo de púas con millones de cables enmarañados en los que buscaron rastros de corriente eléctrica, polarización, magnetismo residual, incluso radiactividad, pero sin resultado alguno.

Las bengalas verdes que señalizaban la entrada en el campo de fuerza centelleaban inquietas. Silbaba el viento, las masas de aire que recorrían la maraña de acero entonaban escalofriantes melodías.

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