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El invencible
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El invencible

El gigantesco espacio que se podía abarcar con la mirada estaba muerto, como si el ser humano nunca hubiera puesto un pie allí; como si no se tratara del planeta que había engullido una nave como El Invencible, con una tripulación de ochenta personas; un experimentado navío del espacio capaz de desarrollar, en una fracción de segundo, una potencia de miles de millones de kilovatios, de convertirla en un campo energético que ningún cuerpo material atravesaría, de concentrarla en rayos destructores a la temperatura de estrellas incandescentes y capaces de reducir a cenizas una cadena montañosa o de secar un mar. Y a pesar de eso, era aquí donde había desaparecido de forma incomprensible aquel organismo de acero construido en la Tierra, fruto de varios siglos de progreso tecnológico, aquí se había esfumado sin dejar rastro, sin ningún S.O.S., desvanecido en este desierto rojo y gris.

«Y todo este continente tiene el mismo aspecto», pensó. Lo recordaba bien. Desde lo alto, el único movimiento que había captado en medio de ellos, permanente, era el lento fluir de unas nubes que arrastraban sus sombras por aquella infinita avalancha de dunas.

—¿Actividad? —preguntó, sin volverse.

—Cero, cero y dos —respondió Jordan que estaba de rodillas y se reincorporó. Tenía la cara roja, le brillaban los ojos. La máscara de oxígeno deformaba el timbre de su voz.

«Eso significa menos que nada», pensó. Además, los de El Cóndor no habrían muerto por una imprudencia de ese calibre, los sensores automáticos habrían disparado la alarma incluso si nadie se hubiera ocupado de realizar los análisis estándar.

—¿Atmósfera?

—Nitrógeno 78 %, argón 2 %, dióxido de carbono cero, metano 4 %, el resto es oxígeno.

—¿16 % de oxígeno? ¿Seguro?

—Seguro.

—¿Radiactividad del aire?

—Prácticamente cero.

Era algo extraño. ¡Tanto oxígeno! Aquella noticia le sorprendió. Se acercó al robot, y este le puso ante los ojos, de manera inmediata, la cinta con los indicadores. Puede que intentaran prescindir de las máscaras de oxígeno, pensó absurdamente, porque sabía que aquello no podía ser. Es cierto que, de vez en cuando, algún hombre más atormentado que otro por la necesidad de regresar a la Tierra se quitaba la máscara ignorando las órdenes, el aire podía parecer tan limpio, tan fresco… y se intoxicaba. Pero eso le podría haber sucedido a uno, todo lo más a dos.

—¿Lo tenéis ya todo? —preguntó.

—Sí.

—Volved —les dijo.

—¿Y usted?

—Yo me quedaré un poco más. Volved —repitió impaciente. Quería estar solo. Blank se echó al hombro la correa que sujetaba las asas de los recipientes, Jordan le dio la sonda al robot, y se fueron, avanzando con dificultad; el arctán los seguía renqueante, por detrás parecía un hombre disfrazado.

Rohan se dirigió hacia la duna más alejada. De cerca pudo apreciar cómo sobresalía de la arena un emisor, parecido a los que creaban el campo de fuerza de protección, pero más ancho en su extremo. Agarró un puñado de arena y lo lanzó hacia adelante, no tanto para comprobar la presencia del campo, sino por puro capricho infantil. Una pequeña estela flotó y, como si chocara con un cristal inclinado e invisible, cayó en vertical al suelo.

Sentía unas ganas locas de quitarse la máscara. Conocía muy bien la sensación: escupir la boquilla de plástico, arrancar las correas, llenarse los pulmones de aire y aspirarlo hasta el fondo de los pulmones…

«Estoy algo sensible», pensó y dio media vuelta, lentamente, hacia la nave. La caja del ascensor le esperaba vacía, con la plataforma hundida suavemente en la duna, y el viento había alcanzado a cubrir la chapa con una fina capa de arena en los pocos minutos que había estado ausente.

Cuando se encontró en el pasillo de la quinta cubierta echó una ojeada al informador de pared. El comandante estaba en la cabina de astronomía. Rohan subió.

—En pocas palabras, un lugar idílico —resumió el astronavegador tras oír su informe—. Nada de radiactividad, nada de esporas, ni bacterias, ni moho, ni virus, nada…, solo ese oxígeno… Sea como sea, habrá que hacer cultivos con las muestras.

—Ya están en el laboratorio. Quizá en este planeta la vida esté en otros continentes —observó Rohan nada convencido.

—Lo dudo. Más allá de la zona ecuatorial la insolación es muy débil; ¿no ha visto usted el grosor de los casquetes polares? Me juego lo que sea a que la capa de hielo tiene como mínimo ocho kilómetros, si no son diez. Pensaría más bien en los océanos: plantas acuáticas, algas… ¿pero por qué la vida no salió hacia tierra firme?

—Tendremos que echar un vistazo a esas aguas —dijo Rohan.

—Es demasiado pronto para preguntárselo a nuestra gente, pero el planeta tiene pinta de ser viejo. Este huevo podrido tendrá unos seis mil millones de años. Su sol también hace un montón de tiempo que dejó atrás su época dorada. Es casi una enana roja. Sí, esta ausencia de vida da que pensar. Un tipo peculiar de evolución que no puede soportar la sequía… Es posible. Eso explicaría la presencia de oxígeno, pero no la cuestión de El Cóndor.

—Igual se trata de alguna forma de vida, de seres submarinos ocultos en el océano que hayan creado una civilización en las profundidades —sugirió Rohan. Los dos hombres observaban un enorme mapa del planeta en la proyección de Mercator, poco preciso, ya que había sido elaborado con datos de sondas automáticas del siglo anterior. Solo mostraba los contornos de los principales continentes y mares, el perímetro de los casquetes polares y algunos de los cráteres más importantes. Sobre la retícula de meridianos y paralelos se veía un punto en el interior de un círculo rojo a 8° de latitud norte: el lugar en el que habían aterrizado. El astronavegador apartó impaciente el mapa de la mesa de cartografía.

—Ni usted mismo se cree ese disparate —dijo incómodo—. Tressor no era más tonto que nosotros, ningún ser submarino habría podido con él. ¡Es absurdo! Además, incluso suponiendo que aquí existieran seres marinos inteligentes, una de las primeras cosas que habrían hecho hubiese sido conquistar la tierra firme. Hasta con escafandras llenas de agua. ¡Es un absoluto disparate! —repitió, no para pulverizar por completo la idea de Rohan, sino porque ya estaba pensando en otra cosa.

—Nos quedaremos aquí un tiempo —concluyó finalmente, y tocó el borde inferior del mapa, que con un leve siseo se enrolló y desapareció en una de las estanterías de un gran mueble con otros planos—. Vamos a esperar y ver qué pasa.

—¿Y si no…? —preguntó cuidadoso Rohan—. ¿Iremos a buscarlos?

—Rohan, sea usted sensato. Su sexto año estelar y me viene usted con… —El astronavegador buscaba la expresión adecuada, y como no la encontró, la sustituyó por un desdeñoso gesto de la mano.

—Este planeta es del tamaño de Marte. ¿Cómo los buscaríamos? ¿Cómo localizaríamos una nave como El Cóndor? —Se autocorrigió.

—Ya, el suelo es ferruginoso… —reconoció Rohan a desgana. Lo cierto es que los análisis habían demostrado una presencia considerable de óxidos de hierro en la arena, así que los indicadores ferroinductivos no servían de nada. Sin saber qué más decir, optó por el silencio. Estaba convencido de que el comandante acabaría por encontrar una salida. No era cosa de regresar con las manos vacías, sin ningún resultado. Seguía a la espera, observando las pobladas cejas de Horpach, que emergían por debajo de su frente.

—A decir verdad, no creo que esperar cuarenta y ocho horas nos sirva de algo, pero lo exige el reglamento —dijo el astronavegador a modo de inesperada confesión—. Siéntese, Rohan. Está usted ahí de pie, encima de mí, como si fuera mi conciencia. Regis es el lugar más absurdo que se pueda imaginar. El colmo de lo innecesario. No se sabe para qué enviaron aquí a El Cóndor, pero qué más da, lo hecho, hecho está.

Estaba de mal humor y en esos casos, por regla general, le daba por hablar y animaba a los demás a participar en la conversación por íntima que pudiera ser, esto siempre acarreaba cierto peligro, ya que en cualquier momento podía acabar la charla con algún comentario mordaz.

—Bueno, sea como sea, tenemos que hacer algo. ¿Sabe qué? Coloque un par de fotobservadores pequeños en la órbita ecuatorial. Pero a baja altura y que realmente describan un círculo. A unos setenta kilómetros.

—Pero eso significa que aún estarían dentro de la ionosfera —protestó Rohan—. Antes de dar cien vueltas ya se habrán calcinado.

—Que se calcinen. Pero tendrán tiempo de tomar las fotografías que puedan. Yo incluso le aconsejaría arriesgar hasta los sesenta kilómetros. Es posible que ardan ya en la décima vuelta, pero solo las fotos hechas desde esa altura pueden aportar algo. ¿Sabe usted qué aspecto tiene un cohete visto a cien kilómetros de distancia, incluso con el mejor teleobjetivo? La cabeza de un alfiler es a su lado un verdadero macizo montañoso. Haga el favor de… ¡Rohan!

Al oír el grito, el navegador, que ya estaba en la puerta, volvió la cabeza. El comandante tiró sobre la mesa el informe con los resultados de los análisis del robot.

—¿Qué es esto? ¿Qué tontería es esta? ¿Quién lo ha escrito?

—Un autómata. ¿Qué ha pasado? —preguntó Rohan intentando mantener la calma porque la ira empezaba a apoderarse también de él. «¡Ahora me vendrá con sus tonterías!», pensó acercándose con lentitud premeditada.

—Lea usted. Aquí. Sí, aquí.

—Metano, 4 % —leyó Rohan. Y él también se quedó estupefacto.

—¿Qué? ¿Cuatro por ciento de metano? ¿Y 16 % de oxígeno? ¿Sabe usted qué es eso? ¡Una mezcla explosiva! ¿Me puede explicar por qué no saltamos todos por los aires cuando aterrizábamos con nuestros boranos?

—Es verdad… No lo entiendo —balbuceó Rohan. Se acercó al panel de control exterior con rapidez, dejó que los extractores succionaran un poco de la atmósfera externa y mientras el astronavegador iba de un lado para otro del puente de mando, en medio de un siniestro silencio, observó cómo los analizadores trajinaban afanosos con los recipientes de vidrio.

—¿Y?

—Lo mismo. 4% de metano…, 16 % de oxígeno —dijo Rohan. Aunque no entendía en absoluto cómo era posible, sintió cierta satisfacción: al menos Horpach no podría reprocharle nada.

—¡Traiga, enséñemelo! Mmm, metano, cuatro, mal rayo me…, vale. Rohan, coloque las sondas en la órbita y vaya al laboratorio pequeño. ¡¿Para qué demonios tenemos si no a los científicos?! Que sean ellos los que se devanen los sesos.

Rohan bajó, agarró a dos técnicos de cohetes y les repitió la orden del astronavegador. Después, regresó al nivel dos, donde estaban los laboratorios y los camarotes de los especialistas. Fue pasando junto a estrechas puertas empotradas en el metal, todas con placas en las que figuraban siempre dos letras: «I. J.», «F. J.», «T. J.», «B. J.»… La puerta del laboratorio pequeño estaba abierta de par en par; entre las monótonas voces de los científicos sobresalía a veces la voz de bajo del astronavegador. Rohan se detuvo en el umbral. Estaban todos los «jefes»: el ingeniero jefe, el biólogo jefe, el físico, el médico y todos los tecnólogos de la sala de máquinas. El astronavegador estaba sentado, en silencio, en el último sillón, por debajo del programador electrónico de la máquina digital manual. Moderon, de piel aceitunada, con sus pequeñas manos entrelazadas, como las de una niña, decía:

—No soy experto en la química de gases. En todo caso, es probable que no sea metano común. La energía de los enlaces es distinta; la diferencia aparece apenas en el centésimo lugar después de la coma, pero existe. Reacciona con el oxígeno solo en presencia de catalizadores, y aún así no mucho.

—¿De qué origen es ese metano? —preguntó Horpach, jugando con los pulgares.

—Bueno, el carbono que lo conforma es de origen orgánico, eso sí. No es mucha información, pero de eso no cabe duda…

—¿Y hay isótopos? ¿De qué edad? ¿Cuánto tiempo tiene ese metano?

—Entre dos y quince millones de años.

—¡Menudo intervalo!

—Hemos tenido media hora de tiempo. No puedo decir nada más.

—¡Doctor Quastler! ¿De dónde sale ese metano?

—No lo sé.

Horpach miró uno a uno a sus especialistas. Parecía que estaba a punto de explotar, pero de repente sonrió.

—Señores. Son ustedes gente con experiencia. Llevamos tiempo volando juntos. Les pido su opinión. ¿Qué debemos hacer ahora? ¿Por dónde empezar?

Como nadie parecía tener prisa por tomar la palabra, el biólogo Joppe, uno de los pocos que no temían la irascibilidad de Horpach, se dirigió al comandante mirándolo tranquilamente a los ojos:

—Este no se trata de un planeta ordinario de la clase sub-Delta 92. Si lo fuera, El Cóndor no habría desaparecido. A bordo viajaban profesionales, ni peores ni mejores que nosotros, así que lo único que sabemos con seguridad es que sus conocimientos resultaron insuficientes para evitar la catástrofe. Por eso deberíamos mantener el tercer grado del procedimiento y examinar la tierra firme y el océano. Creo que hay que iniciar perforaciones geológicas y, de manera simultánea, ocuparse de las aguas. Todo lo demás sería una hipótesis y en nuestra situación no podemos permitirnos ese lujo.

—De acuerdo —Horpach apretó las mandíbulas—. Las prospecciones dentro del perímetro del campo de fuerza no son un problema. Se encargará el doctor Novik.

El geólogo jefe asintió con la cabeza.

—En cuanto al océano… ¿A qué distancia está la línea de la costa, Rohan?

—A unos doscientos kilómetros… —dijo el navegador, nada sorprendido de que el comandante fuese consciente de su presencia, a pesar de no estar viéndolo: Rohan estaba unos pasos detrás de él, junto a la puerta.

—Un poco lejos. Pero ya no vamos a mover El Invencible. Le acompañarán tantos hombres como considere oportuno. También Fitzpatrik y algún oceanógrafo más, y seis energobots de reserva. Irá hasta la costa. Podrán trabajar solo bajo la protección del campo de fuerza; nada de excursiones marítimas, ni inmersiones. Y no abuse de los autómatas, no tenemos demasiados. ¿Está claro? Bien, ya puede empezar. Ah, y una cosa más. ¿Es posible respirar en la atmósfera local?

Los médicos cuchichearon entre sí.

—En principio, sí —dijo finalmente Stormont, pero no parecía muy convencido.

—¿Qué significa «en principio»? ¿Se puede respirar o no?

—Esa cantidad de metano no es inocua. Al cabo de un tiempo la sangre se saturará y podrían producirse leves alteraciones cerebrales. Aturdimiento…, pero no antes de una hora, quizá más.

—¿Y no sería suficiente un filtro de metano?

—No. O sea, no compensa producir filtros de metano porque habría que cambiarlos con mucha frecuencia, además, el porcentaje de oxígeno es bastante bajo. Personalmente, optaría por los aparatos de oxígeno.

—Hmmm. ¿Ustedes piensan lo mismo? —Witte y Eldjarn asintieron. Horpach se levantó—. Empecemos, pues. ¡Rohan! ¿Qué pasa con las sondas?

—Ahora mismo las lanzamos. ¿Puedo controlar las órbitas antes de irme?

—Puede.

Rohan salió dejando atrás el bullicio del laboratorio. Cuando entró en el puente de mando, el sol se estaba poniendo. Una parte púrpura oscuro, casi violeta, del disco solar delineaba en el horizonte con una nitidez asombrosa el contorno dentado del cráter. El cielo, que en esa zona de la Galaxia estaba repleto de estrellas, parecía dilatado. Inmensas constelaciones brillaban cada vez más abajo, absorbiendo el desierto que se desvanecía en las tinieblas. Rohan se comunicó con el lanzasatélites de proa. Acababan de ordenar el lanzamiento del primer par de fotosatélites. Una hora más tarde tenía que salir la segunda tanda. Al día siguiente, las fotografías diurnas y nocturnas de ambos hemisferios del planeta deberían proporcionar una imagen de toda la franja ecuatorial.

—Un minuto y treinta y un… acimut siete. Orientando… —repetía una voz cantarina en el altavoz. Rohan redujo el volumen con el regulador y giró la silla hacia el panel de mandos. Nunca se lo confesaría a nadie, pero el juego de luces que acompañaba al lanzamiento de una sonda hacia una órbita planetaria siempre le había divertido. Primero, se encendieron las luces piloto del booster: escarlatas, blancas y azules. Después ronroneó el mecanismo automático de despegue. Cuando el tictac se cortó de repente, todo el casco del crucero fue atravesado por una leve vibración. Al mismo tiempo, el desierto que aparecía en los monitores se encendió con un brillo fosforescente. El minúsculo proyectil se precipitó desde el lanzador de proa con un finísimo y punzante estruendo, inundando la nave nodriza con un torrente de llamas. Mientras se alejaba, el destello del booster, cada vez más débil, aleteó en las laderas de las dunas hasta que al final se extinguió. Ya no se oía aquel pequeño cohete, en cambio, todo el panel de mandos estalló en un impetuoso fervor lumínico. Con una febril precipitación emergieron de la oscuridad las alargadas luces del control balístico, coreadas por las de tono nacarado del mando a distancia, después apareció una especie de árbol navideño multicolor: eran las señales que avisaban del desprendimiento de las protecciones externas, finalmente, encima de todo aquel irisado hormiguero, se encendió un rectángulo blanco e impoluto que indicaba que el satélite había entrado en órbita. En el centro de su nívea y brillante superficie se vislumbró un islote gris que, entre vibraciones, formó el número 67, lo que indicaba la altura a la que volaban. Rohan comprobó todavía los parámetros de la órbita: tanto el perigeo como el apogeo estaban dentro de los límites establecidos. Ya no pintaba nada en aquel lugar. Echó un vistazo al reloj de a bordo, que marcaba las dieciocho horas, después al reloj que marcaba la hora local, la vigente en ese momento: eran las once de la noche. Cerró los ojos un momento. Estaba contento con aquella escapada al océano. Le gustaba actuar solo. Tenía sueño y hambre. Y se planteó tomar una pastilla estimulante. Pero decidió que con la cena sería suficiente. Al levantarse se dio cuenta de lo muy cansado que estaba; se sorprendió para bien y la propia sorpresa le reconfortó un poco. Bajó al comedor. Su nuevo equipo ya estaba allí: dos conductores de transportadores aerodeslizantes, entre ellos Jarg, que por su permanente buen humor le caía bien. También se encontraba allí Fitzpatrik con dos compañeros, Broza y Koechlin. Estaban terminando de cenar cuando Rohan acababa de pedirse una sopa caliente y había sacado pan y unas botellas de cerveza sin alcohol de un distribuidor de pared. Mientras se dirigía a la mesa con su bandeja llena de comida el suelo tembló ligeramente. El Invencible acababa de lanzar el siguiente satélite.

El comandante no les había permitido viajar de noche. Se pusieron en camino a las cinco, hora local, antes de que amaneciera. El necesario orden de la columna y la molesta lentitud de su avance hacían que la formación fuera conocida con el nombre de «cortejo fúnebre». La abrían y la cerraban los energobots, que con su campo de fuerza elipsoidal protegían todas las máquinas en el interior: aerodeslizadores universales, astromóviles con radioemisoras y radar, una cocina, un transportador con un barracón hermético automontable destinado a vivienda, y un pequeño láser de destrucción directa sobre orugas, al que la tripulación llamaba «lezna». En el energobot delantero iban Rohan y tres científicos, era una situación bastante incómoda, ya que apenas cabían sentados uno al lado del otro, pero al menos les daba una sensación de normalidad. Había que ajustar la velocidad a la de las máquinas más lentas del cortejo, los energobots. Ir a bordo de uno no era precisamente un placer. Las orugas aullaban y relinchaban en la arena, los turbomotores zumbaban como mosquitos del tamaño de un elefante, el aire de refrigeración se precipitaba por las rejillas justo detrás de los pasajeros y todo el energobot se bamboleaba como una pesada chalupa entre las olas. Pronto, la aguja negra de El Invencible desapareció tras el horizonte. Durante un tiempo, avanzaron por el monótono desierto bajo los horizontales rayos de un sol frío y rojo como la sangre; había cada vez menos arena, y de ella sobresalían oblicuas placas rocosas que había que sortear. Las máscaras de oxígeno y el aullido de los motores no invitaban a entablar una conversación. Observaban el horizonte con atención, pero el paisaje era siempre el mismo: rocas amontonadas, grandes peñascos erosionados… La llanura empezó a descender en pendiente y en el fondo de una suave hondonada apareció un arroyo estrecho, sin apenas agua, donde se reflejaba la luz del rojo amanecer. Los cantos rodados se extendían como en manadas a ambos lados, lo que indicaba que el caudal a veces era mucho mayor. Hicieron un alto para analizar el agua. Era muy limpia, bastante dura, con cierta cantidad de óxidos de hierro y una testimonial presencia de sulfuros. Reanudaron la marcha, ahora más rápida, ya que las orugas se arrastraban con mayor facilidad sobre el suelo pedregoso. Por el oeste se levantaban unos pequeños acantilados. La última máquina mantenía una comunicación ininterrumpida con El Invencible. Las antenas de los radares giraban y sus técnicos, ajustándose los auriculares a la cabeza, se inclinaban sobre sus pantallas sin dejar de mordisquear barras de concentrado alimenticio, a veces, desde debajo de alguno de los aerodeslizadores saltaba con ímpetu una piedra, como lanzada por una pequeña tromba de aire, y brincaba, repentinamente avivada, pedregal arriba. Más tarde se encontraron con unas suaves colinas, calvas y desnudas. Recogieron unas muestras sin detenerse, y Fitzpatrick le gritó a Rohan que la sílice era de origen orgánico. Finalmente, cuando apareció ante ellos la amoratada línea del agua, hallaron también rocas calizas. Bajaron hasta la orilla traqueteando por unas piedras pequeñas y planas. El cálido aliento de la máquina, el rechinar de las orugas, el aullido de las turbinas, todo eso se calmó de repente cuando a cien metros de distancia apareció el océano, que de cerca era verdoso y en apariencia absolutamente terrestre. Hubo que realizar una complicada maniobra porque para proteger al grupo de trabajo con un campo de fuerza había que meter al energobot delantero en el agua, a una profundidad considerable. Primero, la máquina fue convenientemente hermetizada y después, dirigida desde el segundo energobot, se adentró en las olas, revolviéndolas y llenándolas de espuma, hasta convertirse en un objeto más oscuro dentro del agua y apenas visible, solo entonces obedeció la señal enviada desde el puesto central, y el coloso sumergido sacó a la superficie un emisor Dirac y cuando el campo de fuerza se estabilizó, cubriendo con su invisible hemisferio parte de la orilla y de las aguas litorales, empezaron los análisis previstos.

El océano era algo menos salado que los terrestres, pero no obtuvieron resultados sorprendentes. Al cabo de dos horas sabían más o menos lo mismo que al principio. Entonces decidieron enviar a alta mar dos sondas de televisión teledirigidas y observaron su trayectoria en los monitores del puesto central. Pero las señales no transmitieron información importante hasta que las sondas no se alejaron más allá del horizonte. En el océano vivían unos organismos parecidos en su forma a los peces óseos terrestres. Pero en cuanto vieron la sonda huyeron a gran velocidad en busca de refugio en las profundidades. Las ecosondas establecieron que la profundidad del océano, en aquel primer encuentro con seres vivos, era de ciento cincuenta metros.

Broza se empeñó en tener al menos uno de aquellos peces. Intentaron, pues, pescar alguno; las sondas perseguían, disparándoles descargas eléctricas, sombras que se revolvían en la penumbra verde, pero los supuestos peces se movían con una incomparable agilidad. Fueron necesarios muchos disparos para conseguir capturar uno. La sonda que lo atrapó con sus tenazas fue dirigida inmediatamente a la orilla, mientras que Kochlin y Fitzpatrik manipulaban otra sonda con la que pretendían recoger muestras de unas fibras que flotaban entre las olas y que les parecieron una especie local de algas o plantas acuáticas. En última instancia, enviaron a la sonda hasta el fondo oceánico, a una profundidad de doscientos cincuenta metros. Una fuerte corriente submarina dificultaba considerablemente el pilotaje de la sonda, ya que se desviaba todo el tiempo hacia las grandes aglomeraciones de rocas del fondo. Sin embargo, tras muchos esfuerzos, consiguieron derribar algunos peñascos y, tal como pensaba Koechlin, debajo encontraron toda una colonia de pequeñas criaturas flexibles con forma de pincel.

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