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Comprendió quién era la Lucia de aquel Adolfo que había perdido la mujer demasiado pronto y que aquella niña había crecido en la miseria y la soledad. Llenó el fiasco de agua,
–¿Estás segura que te las apañarás para llevarla? Es pesada…
–Sí, sí ―la voz casi no se oía.
–¿Quieres comer una manzana?
Siempre con el mentón que casi le tocaba el pecho la pequeña dijo no con la cabeza.
–Entonces métela en el bolsillo, la comerás después ―y diciendo esto se la metió en el bolsillo del largo delantal.
–Es más, toma dos, de esta manera podrás dar una de ellas a quien te parezca.
La volvió a acompañar hacia la salida y la vio irse corriendo, como liberada de un peso a pesar del fiasco apoyado en la cadera.
Tan novedosa había sido aquella aventura que Lucia ni siquiera había visto la cocina en la que había entrado. En cuanto estuvo sola la sangre comenzó a latir velozmente en las venas y a colorear el rostro mientras un sentimiento de placer la invadía. Mientras corría sentía las dos manzanas batirle contra las piernas y con la mano libre las tocaba teniendo cuidado para no perderlas. Llegó jadeante, dejó el fiasco cerca de su padre sin decir palabra y se alejó unos pasos. Cogió una manzana, la frotó contra la manga hasta convertirla en brillante y preciosa y a pequeños bocados se la comió como si hubiera sido la manzana de oro de Paris.
Desde ese día era Lucia la que se ofrecía para hacer los pequeños recados a la gran casa y poco a poco comenzó a levantar la mirada cuando se dirigían a ella. Más tarde fueron los Barrieri mismos, si necesitaban ayuda, la llamaban.
Más tarde se casó y nació Andrea y todo pareció distinto. Pero la guerra, de repente primer año, cuando llegó una postal que fue Giulia la que la había leído por ella, le quitó aquella ilusión para siempre. Ahora estaba de nuevo sola trabajando para vivir, para ella misma y para aquel niño que todavía la tenía anclada a la vida. Y los Barrieri acogieron a Andrea siempre con afecto y mientras la madre trabajaba en la casa o en los campos, el niño a menudo estaba con ellos y tomaba la merienda con los gemelos, comiendo grandes rodajas de pan con mermelada.
Capítulo V Antonino y Clara
A pesar de la maternidad Giulia no había engordado y su cuerpo, pequeño y bien proporcionado, había mantenido un aspecto juvenil, adquiriendo una madurez de rasgos y di movimientos que a los ojos de Giovanni la convertían en todavía más hermosa. Más que su aspecto, lo que amaba de ella era el aplomo de los gestos y las palabras, casi una dignidad que no era nunca monotonía o desapego sino una innata capacidad para dar la debida importancia a las situaciones y comprender el momento en el que hablar o deber callar. Era las cualidades que desde el inicio había intuido y que ahora, conociéndola mejor, la convertían en única. Se fiaba de sus juicios y por la noche, finalmente solos en su habitación, mientras contaba con todo lujo de detalles su trabajo, ella lo escuchaba atenta y Giovanni se sentía capaz de compartir un peso. La parte secreta de Giulia estaba escondida muy adentro y se mostraba sólo por ciertas miradas intensas y distantes que desaparecían con un destello repentino de un objeto no visto, como si por un instante hubiese retenido, en un lugar íntimo y remoto, pensamientos intraducibles a los otros. Aquel imperceptible sobresalto, al principio casi atemorizó a Giovanni, luego se había sentido celoso porque intuía que un lugar sepultado en el alma de ella le estaba prohibido, lejano e inalcanzable. Había renunciado a preguntar ¿En qué piensas?, esperando que aquel sobresalto pasase tan de repente como había surgido, un paréntesis del que se sentía dolorosamente excluido, breve inciso de soledad plenamente compensado por la Giulia que aparecía poco después.
Aquella parte de su carácter que habría podido ser tan propenso al desasosiego, había sido atenuado por la vitalidad y el brío de Giovanni. En los tiempos en que el amor de una mujer era medido por la dedicación y la sumisión a un hombre, Giulia había sentido enseguida por él una fortísima atracción física que la había hecho descubrir la pasión todavía incipiente y reprimida de su cuerpo. Al principio de su noviazgo, cuando lo veía llegar desde lejos, sentía las piernas temblar nerviosas y el esfuerzo para dominarse la dejaba sin palabras. Experimentaba casi una sensación de incomodidad cuando pensaba en él, consciente como era de que este sentimiento tan nuevo escapaba a su control y la convertía en más frágil. Después de la boda sus noches enseguida estuvieron desprovistas de cualquier tipo de vergüenza. Felices de gozar el uno del otro sin reservas, guardaban durante el día, a los ojos de la familia, un secreto inconfesable, escondido en el rostro severo de ella y apenas perceptible en los gestos y las miradas de Giovanni.
Giulia sabía que había transmitido a Clara mucho de sí misma, intuía sus pensamientos que, desde joven, había conseguido controlar. Los percibía extenderse incontenibles en la intimidad de aquella adolescente a la que le costaba dominarlos y se encerraba en silencios imperceptibles, casi hostiles. Cuando se dio cuenta de la predilección de Clara por el padre, con alivio había delegado en él el estar en contacto con el alma de la hija, tomando para ella el rol de mera observadora. Esta propensión era compartida secretamente por Giovanni, aunque nunca había surgido de manera racional, y era un gozo, porque con él Clara conseguía abandonarse a juegos infantiles sin la necesidad de esconder aquella inquietudes que él había aprendido a comprender y respetar en Giulia. Clara recibía de su proximidad el calmante para sus ansiedades, no se sentía observada como ocurría con la madre, ni en parte incomprendida como con las tías. Podía ser únicamente Clara, en la sencillez de sus silencios y en la lejanía de sus pensamientos.
La tranquilidad de Antonino era, por el contrario, la felicidad de Giulia. Sociable y afectuoso había hecho brotar todo el instinto maternal de las mujeres de la familia. Era fácil mimarlo y besarle hasta casi no dejarle respirar. No se resistía a los abrazos que lo estrechaban y reía de la misma manera en que se escuchaba a Clara sólo en sus juegos con el papá. Era por Antonino que Giulia abandonaba cada ocupación, cada pensamiento escondido que hubiese podido alterar la serenidad de aquellos momentos juntos. Lo observaba jugar con la hermana y lo sentía, no más débil, sino consciente de la mayor fuerza de ella, sereno en su papel. Esto hacía que lo amase infinitamente, tanto como para acercarse para darle una caricia fugitiva que habría levantado sospechas en Clara pero que a la que él correspondía con una mirada de gratitud.
Al crecer Antonino mantuvo la tranquilidad que lo había distinguido desde siempre y demostraba más amor por la vida del campo.
Siempre había sido voluntarioso. Durante las vacaciones de verano y los días de fiesta ayudaba en el campo. Se levantaba por la mañana temprano, antes del amanecer, contento de poder compartir con el padre los primeros momentos de soledad de la casa, casi como buscando con él una complicidad sin trabas. Todavía un niño se interesaba por el desarrollo de los trabajos y por los turnos de las bestias que se llevarían a los campos. Creciendo se había alejado de los juegos con Clara que, por su parte, cada vez permanecía más tiempo en su habitación leyendo, apartada de aquellos trabajos femeninos que las tías habían intentado, inútilmente, enseñarle.
A Antonino le gustaban sobre todo los caballos que los Barrieri criaban en estado salvaje, en el bosque. En el momento de la doma, la manada de animales era llevada a campo abierto y encerrada en un recinto; no se habría perdido ese espectáculo por nada del mundo. Semanas antes comenzaba a pedir a su padre que le dejase faltar a la escuela para asistir a ese evento. Giovanni consentía de buena gana, complacido por esta pasión, pero no lo demostraba porque…
–… antes de nada la escuela… pero por esta vez ―y sonreía para sus adentros por la doble alegría del hijo: un día de vacaciones y el espectáculo de la doma.
La doma ocurría habitualmente en mayo. Las mañanas eran todavía frescas, luminosas, con aquella claridad que prometía ya el verano. Los hombres, montados en sus caballos con una larga pértiga de madera en la mano y una gruesa cuerda colgando del hombro, calzaban robustas botas y vestían anchas chaparreras de cuero. Con los primeros rayos de sol se dirigían en fila hacia el bosque, silenciosos y preparados para una jornada de trabajo distinta de las otras, animados por un desafío en el que no existía la incertidumbre del resultado sino la destreza del hombre, para demostrarla a sí mismos y a los otros. Casi una fiesta.
Antonino la noche anterior no pegaba ojo, nervioso y atento a los ruidos de la casa, preocupado por si se olvidaban de él. Antes del amanecer ya estaba preparado. Bajaba a la cocina con el estómago cerrado por la agitación y no conseguía comer nada. Giulia preparaba para los hombres la comida para llevar y añadía alguna cosa para él.
–… para comer dentro de un rato ―le decía.
Veía al hijo radiante a la espera de aquel día y se alegraba por él. Antonino se movía en aquellas primeras horas de la mañana, casi las últimas de la noche, con energía, ansioso por salir. Con los ojos incitaba al padre para que se diese prisa, a levantarse de la mesa, a no perder tanto tiempo. Cuando Giovanni, después de haber acabado separaba apenas la silla de la mesa él ya estaba fuera de la puerta. Lo precedía en cada uno de sus movimientos. Giulia sonreía mirándolo y, antes de que se alejasen, no conseguía contener unas últimas palabras.
–Ten cuidado… ―una recomendación dirigida al hijo que también subrayaba otras mil al padre ―Te lo ruego, mira que no corra riesgos, si va a caballo haz que monte el más dócil, no lo mandes solo… ―y otras que podría haber añadido y que no era necesario formular. Sabía que a Giovanni no le gustaba que las repitiese como si fuese un inconsciente que habría dejado correr al muchacho riesgos inútiles. Les bastaba una mirada para decírselo todo.
Escuchaba preparar la carreta y en la oscuridad que comenzaba a aclararse los veía alejarse juntos. Oía a Giovanni incitar en voz baja al caballo y el ruido tan familiar del trote sobre la gravilla del camino. Observaba desde detrás de las ventanas sus figuras sentadas juntas en el pequeño asiento, hasta que desaparecían en la luz incierta. Todavía sentía dudas durante unos momentos, incluso cuando ya no los veía o no ya no quedaba más que el eco de aquellos ruidos, manteniendo una satisfacción que la colmaba y de la que era difícil sustraerse para comenzar una jornada a la espera de su regreso.
En el campo los hombres ya estaban preparados y esperaban para partir todos juntos. Giovanni y Antonino los seguían con la carreta. En cuanto el hijo fue bastante grande le preparó un caballo… el más anciano, el más tranquilo… como quería Giulia y el muchacho se marchaba al bosque con los otros.
Ya habían pasado unos años desde la primera vez pero para Antonino siempre era como la primera. Sobre el caballo, que con el tiempo había cambiado por un joven mestizo brioso y robusto, tenía siempre la sensación de dominar el mundo. Sentía los músculos tensos y poderosos de la bestia controlados por el agarre de sus muslos y en el trote ligero percibía su fuerza contenida. Su cuerpo absorbía la vitalidad del animal que seguía con destreza las órdenes apenas indicadas por el movimiento de las bridas. Se hablaba poco en aquellas primeras horas de la mañana, las palabras necesarias que no podían ser sustituidas por gestos. Durante el trayecto, que desde el campo conducía al bosque, el caballo no necesitaba ser guiado, caminaba primero y los demás iban detrás, en fila india, con la marcha de quien no tiene prisa y sabe dónde tiene que ir. El caballista se movía al ritmo del animal cubierto por el negro y pesado manto de vaquero y disfrutaba del aire fresco y los colores del alba. Cuando el campo abierto dejaba el puesto al bosque, el sendero se hacía estrecho y tortuoso entre los arbustos de madroño, mirto y romero. Las ramas más bajas de los árboles rozaban a los hombres que se las apañaban alejándolos o bajando el cuello sobre el animal. Dispersados en varias direcciones congregaban a los caballos salvajes y los conducían al punto del que habían partido. Allí comenzaría la doma.
Los jóvenes potros ,que seguían a un animal más viejo que reconocían como líder, recorrían el trayecto estimulados y guiados por los gritos de los vaqueros. El aire se animaba de relinchos y de voces y los caballos salían en pequeñas manadas del monte, desorientados, atemorizados por los reclamos y por el toque decidido de los bastones, girando alrededor de un jefe de manada en el que buscaban seguridad, los grandes ojos húmedos inquietos y las hermosas cabezas que sacudían nerviosas las crines. En cuanto estaban fuera del bosque los hombres los reunían en una única manada. Con silbidos y voces los guiaban al interior de un gran recinto y los potros advertían que aquellas vallas los aprisionarían para una vida distinta, donde acababa la libertad y los juegos entre compañeros, donde se acababa el bosque y comenzaba el campo. Llegados a ese punto estaban los vaqueros que comenzaban su juego y uno a uno los potros eran llevados hacia un recinto más pequeño y comenzaba la doma.
De pequeño Antonino se apoyaba sobre la valla y observaba asombrado al joven animal que era obligado a correr en redondo. Los hombres lanzaban las cuerdas alrededor del cuello del potro impaciente, atemorizado y furioso hasta que le abandonaban las fuerzas. Derrotado, con los ojos casi fuera de las órbitas y el manto brillante de sudor, cedía a la habilidad de los hombres y se sometía a su poder. En esos momentos Antonino sentía un vago sentimiento de tristeza, como si aquel ser primitivo hubiese perdido su virginidad, forzado a abandonar la parte de naturaleza pura que vivía en él, para entrar a formar parte de un mundo de reglas al que, inicialmente, no había sido destinado.
Aquella jornada permanecía por mucho tiempo en los ojos del niño y al volver a casa describía entusiasmado las maravillas del recorrido a la madre y a las tías. Giulia sonreía complacida por su entusiasmo, Clara no entendía de dónde venía tanto emoción y los gemelos ni siquiera prestaban atención.
Capítulo VI Rudi en el hospital
Cómo había llegado al hospital, Rudi no lo sabía. Se hallaba en una cama, con el hombro vendado y dolorido, rodeado por otros soldados heridos.
La primera impresión que tuvo cuando consiguió abrir los ojos fue la náusea que desde el estómago subía hasta la garganta dándole la sensación de deber vomitar a cada momento, sin conseguirlo. No distinguía lo que tenía alrededor. Sentía cada ruido como lejano y fastidioso, el cual era rechazado por la mente todavía ofuscada por el éter. Luego, poco a poco, afloraron los gemidos y los lamentos de los que estaban en torno a él. Soñó que se encontraba en una trinchera donde, dentro del lodo que se pegaba a los zapatos y convertía cada movimiento en difícil, también era difícil mover los brazos. Cada gesto provocaba un dolor atroz y el hedor de los cadáveres que desde hacía días, inmóviles, con los rostros deshechos por la putrefacción y los cuerpos descompuestos sobre los que se resbalaba con cada paso, le atenazaba el estómago.
–Dios, hazme salir de aquí, hazme salir de vivo de este infierno ―pensaba.
Los párpados pesados intentaban rebelarse al resplandor apenas surgido desde una realidad distinta a aquella a la que no conseguía anclarse. Los ojos abiertos como platos estaban inmóviles, fijos en el vacío y no veían si no aquello que la mente recordaba. Se hundía de nuevo en aquellas imágenes terribles de sus recuerdos y en los movimientos descompuestos del sueño, el dolor en el hombro era insoportable.
Se despertó del todo, bañado de sudor, exhausto por el dolor y sus visiones. Sintió una mano fresca apoyada sobre la frente y durante unos minutos no consiguió hablar, aterrorizado por la idea que el sueño fuese eso y que pudiese desvanecerse en un instante, dejándolo hundirse otra vez en la terrible realidad anterior. Lentamente fue consciente de ello y sin abrir los ojos preguntó:
–¿Dónde estoy?
–En un hospital.
Era la voz de un hombre.
–¿Por qué estoy aquí?
–Estás de vacaciones.
Rudi permaneció indiferente a la ironía.
–¿Estoy enfermo?
–Claro que estás enfermo. Te enfermaba el aire del frente y han pensado en darte una recompensa. Parecen malvados pero son buenos nuestros comandantes.
Abrió los ojos.
–Tengo sed
–Espera ―respondió el otro.
Chasqueó los dedos y dijo en voz alta:
–Camarera ―dijo. ―Una copa de champaña para el señor…
Se acercó una mujer de la Cruz Roja. Rudi comenzaba a tomar conciencia del lugar en el que se había despertado. Vio el rostro de la muchacha acercarse al suyo y escuchó las palabras de una mujer joven
–¿Cómo se siente? ¿Necesita algo?
Antes de que pudiese responder su vecino continuó por él.
–El señor necesita urgentemente beber algo fuerte. Ha pedido champaña de la mejor añada. Enseguida, antes de que se levante y se vaya sin pagar la cuenta.
–¡Qué afortunado es que siempre tiene ganas de bromear! ―respondió sonriendo la joven.
–Tengo sed ―repitió Rudi.
La de la Cruz Roja se alejó para traerle un vaso de agua.
Cuando consiguió mirar alrededor se encontró con una habitación larga y estrecha, un gran pasillo en el que habían sido colocados de la mejor manera unas camas, tres o cuatro camillas y numerosos colchones apoyados en el suelo. Sobre cada uno de ellos estaba tumbado un herido. Había quien dormía, quien se lamentaba en un duermevela aterrador de miedo y de dolor, quien tosía hasta escupir los pulmones, quien estaba despierto y con los ojos abiertos de par en par y vacíos, mirando a su alrededor sin ver nada de lo que le circundaba.
–Bienvenido entre los vivos.
La voz del joven había abandonado el tono burlón. Se acercó hasta que fue enfocado por los ojos de Rudi que lo observaba en silencio, incrédulo por encontrarse fuera de sus anteriores pesadillas.
–Me llamo Fosco Frizmaier ―dijo alargando una mano grande y sólida.
Era un joven alto y muy delgado, con un uniforme andrajoso que llevaba encima y que, no obstante la delgadez conseguía que le colgase por todas partes, era demasiado corto. Las manos descarnadas eran elegantes con dedos largos y uñas redondas cortadas con cuidado. Las muñecas que salían de las mangas de la camisa eran huesudos pero robustos, de la misma manera que los hombros, un poco inclinados hacia delante, que sin embargo tenían una estructura vigorosa. Los cabellos largos, rubios y lisos, caían desordenados sobre la frente demasiado alta y encuadraban el rostro iluminado por unos ojos vivaces y atentos que la vida todavía no había domado, a pesar de que los años de guerra habían hecho de todo para conseguirlo. Caminaba apoyado en una muleta y el esfuerzo para sostenerse sobre una sola pierna le hacía encorvar todavía más los hombros.
Rudi lo miró sin responder a su saludo.
Frizmaier, moviendo velozmente la mano delante de los ojos, dijo riendo.
–¿Estás ahí? ¿Paso más tarde?
Rudi, finalmente, sonrió.
Fosco había sido herido en una rodillas durante un combate contra los austro-húngaros.
–Una lucha casi entre parientes ―decía dado que su abuelo había nacido en Viena y se había mudado muy joven a Milano. Era un enviado de guerra de un periódico que tenía la sede en la ciudad y lo que le ponía como una fiera era el haberse dejado pillar por una bala cuando nunca jamás había disparado un tiro.
–¡Malditos boches, ni siquiera saben disparar, de otra forma hubieran dejado fuera de combate a alguien más peligroso que yo. Así han eliminado una pluma, no una bayoneta!
En la habitación era casi imposible reposar ya fuera de día como de noche. Desde el frente llegaban continuamente nuevos heridos. Las jóvenes de la Cruz Roja trabajaban sin tregua al lado de los médicos que se alternaban para ejecutar las intervenciones con lo que tenían a mano. Muchos de los que traían al hospital eran muchachos muy jóvenes, destrozados por las bombas o dominados por un estado de terror que no conseguían vencer.
Alguno gritaba Mamá, mamá, ayúdame hasta que tenía voz. Luego el grito se convertía en un suspiro, un resoplido. La invocación que debería llegar lejos era recogida por aquellas jóvenes mujeres que acariciaban los rostros y mantenían con dulzura entre sus manos las suyas, pronunciando palabras que hubieran dicho las madres. Hasta que el resoplido se apagaba y el apretón convulso de los dedos se aflojaba con la última ilusión de haber sido acariciados por la tierna mano de la madre.
Era la otra cara de la trinchera, aquella donde la guerra podía quedar sólo interrumpida o acabar para siempre. Después de unos días Rudi comenzó a encontrarse mejor. El dolor del hombro había disminuido y aunque todavía estaba bastante débil comenzó a levantarse y a caminar. Fosco estaba todavía convaleciente pero la rodilla no quería saber nada de funcionar. Si intentaba doblarla sentía unas punzadas que lo inmovilizaban. Debido al dolor fruncía la frente y entornaba los ojos hasta que los convertía en dos ranuras, siseando con rabia.
–¡Malditos boches! ―y encendía un cigarrillo.
Fumaba a menudo, en pie, apoyado en la muleta. Con el cigarrillo entre los dedos recuperaba su actitud despreocupada, conteniendo la amargura y la preocupación en un ángulo escondido pero no del todo invisible de su mirada. Siempre tenía cigarrillos y los ofrecía a todos los que le pedían unas caladas.
Sentados sobre la misma cama Fosco y Rudi tuvieron tiempo de conocerse. Rudi contó cosas de él, de su pueblo, de sus sobrinos y lo hizo con la nostalgia de quien saborea cuán importantes son las cosas que antes dábamos por descontadas. Fosco escuchaba con la curiosidad de quien descubre la tranquila vida de provincia y preguntaba sobre Giulia y Giovanni, Ada y Maria como si los conociese. Luego habló de su vida en el periódico, de su familia tan distinta, de sus viajes detrás de un padre embajador. Rudi escuchaba lo que el compañero decía con la curiosidad de quien abre una ventana sobre un paisaje completamente nuevo. El mundo que les rodeaba desaparecía por lo menos durante el tiempo que duraban las conversaciones. La guerra, el dolor, el terror que leían en los ojos de los compañeros se perdían, lejanos de las conversaciones que los hacían retroceder en el tiempo, cuando no había nada de esto. Hablaron de mujeres, de cómo las habían conocido, de aquellas que habían creído amar al menos un poco y de aquellas con las que habían hecho el amor. De cómo ahora, el cuerpo de una mujer, su piel cálida , sutil y lisa, habría saciado la sed de sus sentidos y de cómo habrían sanado enseguida después de haber hecho el amor con ella. Luego, en el primer momento de silencio que transcurría entre los pensamientos y las palabras, la realidad reaparecía y el hedor de los cuerpos, la voces de dolor que los rodeaban volvían a existir y los desanimaban con prepotencia para anclarles a la vida real.
Capítulo VII Rudi en casa
Dos semanas después Rudi salió del hospital con un mes de permiso. Fosco fue dado de alta y había intentado convencerlo para que se quedase en su casa, en Milano. La propuesta era tentadora pero el deseo de escaparse a la tranquilidad de su tierra era demasiado fuerte, como si volviendo pudiese liberarse de la carga de inquietudes que le oprimían el pecho y respirar con la ligereza que había olvidado. Acordaron que antes de acabar el permiso se quedaría en Milano durante unos días.
A Fosco la rodilla continuaba doliéndole. Antes de irse había regalado todos los cigarrillos a los muchachos que quedaban y apoyándose en la muleta, todavía cojeando, se había despedido de las muchachas de la Cruz Roja más jóvenes besando a cada una en la mejilla. Aprovechando su proximidad y la espontaneidad con que se abandonaban a aquel gesto de despedida, las había estrechado contra él y había apoyado sus labios en los suyos, dejándolas desconcertadas y divertidas.
–Esto para que os acordéis de mí. Cuando acabe la guerra venid a buscarme a Milano.
Inclinando ligeramente la cabeza había liberado sus manos, mantenidas en un apretón más amigable que una simple despedida.
–Hasta pronto ―había susurrado mirándolas a los ojos.
En el umbral de la puerta, volviéndose hacia atrás, levantó la muleta hacia lo alto y girándose hacia todos gritó.
–¡Memento gaudere semper!
Muchos no lo habían entendido, quien podía lo había despedido con cordialidad y Rudi había reído por aquel augurio tan fuera de lugar.
Después de unos días también él fue dado de alta. En el bolsillo el permiso y en el hombro bueno la mochila con las pocas cosas que poseía. Llegó a Verona a bordo de un camión militar S.P.A. 8000 destinado al transporte de municiones que iba de aquí para allá desde el frente a la retaguardia y allí cogió el tren hasta Orte. Intentaba tener el brazo en cabestrillo lo más inmóvil posible, pero sentía que repercutían en la herida los saltos del camión. El joven conductor recorría las carreteras accidentadas y llenas de agujeros con el entusiasmo de los veinte años. A pesar de que le había pedido continuamente que corriese menos y disminuía la velocidad por un par de kilómetros, luego, sin darse cuenta, volvía a lo de antes. Más de una vez Rudi dijo palabrotas y temió desmayarse de dolor. El viaje en tren le pareció, en comparación, tranquilísimo.
Llegó una mañana de lluvia helada, se incrustó en la cabeza el gorro para protegerse del aguacero y esperó una media hora a que llegase el autobús para Viterbo. Sentado en el banco de madera de la estación sintió que el frío le llegaba hasta los huesos. En el vehículo casi vacío subió junto con él una mujer anciana vestida de negro, el rostro demacrado y sin expresión, los ojos hundidos escondidos detrás de una telaraña de arrugas. Puesto en el brazo llevaba un gran pañuelo recogido en las cuatro puntas, del que salían las hojas de una coliflor y el olor fuerte del queso. Se sentó enfrente con los ojos bajos, absorta quién sabe en qué pensamientos. Rudi se encontró pensando en ella y a quién iba dirigido aquel grueso fardo: ¿a un hijo que vivía en otra ciudad? … no… no habría tenido un aire tan triste… quizás a alguien a quien era necesario pedir un favor… quizás a quien podía hacer volver a casa a aquel hijo lejos desde hacía años… o quizás a un doctor de ciudad al que no se podía pagar los honorarios con dinero…
Desde la ventanilla veía el campo que costeaba la carretera. Las tierras oscuras impregnadas de agua y los árboles desnudos recordaban que estaban en pleno otoño. En el pueblo era el momento de la recogida de las aceitunas y aquella lluvia pararía el trabajo durante días. Por primera vez después de casi tres años se dio cuenta de que no pensaba en su vida, en su dolor, en su miedo. Se sintió proyectado fuera de sí mismo y al percatarse de esto comprendió que era feliz por el solo hecho de haber olvidado su cuerpo empapado y aterido, los gemidos de los compañeros y el olor a éter que cubría el de la muerte. Miró hacia el bosque oscuro que desfilaba delante de sus ojos, reconoció el olor húmedo de la madera mojada y se apoderó de aquella parte de si mismo antes sumergida por el ímpetu de la juventud, luego del dolor, y que ahora sentía descubrir por primera vez.
Con una carta había avisado a Giovanni de su llegada. Cuando descendió en Viterbo vio que le estaba esperando. No lo reconoció, cubierto como estaba por un gran abrigo negro y con un sombrero ancho para resguardarse de la lluvia. Luego cruzaron sus miradas y le sonrió. Fue entonces cuando él lo vio. Ni siquiera Giovanni lo había reconocido. Se había acercado después de darse cuenta de que era el único militar que descendía y se había encontrado delante de un hombre joven, delgado y pálido, que miraba a su alrededor casi temeroso, cansado y torpe de movimientos, cuya mirada había perdido la brillantez de la juventud. Sólo después de haberlo mirado fijamente más atentamente había visto la sonrisa dolorosa iluminar los rasgos del muchacho que había partido vivaz años antes. Se acercaron y finalmente se abrazaron, el cuerpo robusto de Giovanni, apenas engordado en aquellos años, y el demacrado de Rudi.
–¡Ya era hora, has llegado! ―exclamó alegre escondiendo sus impresiones.
–Sí, finalmente en casa.
–Te están esperando todos, non ven la hora de volverte a ver. Hace días que te esperamos…
–También a mí las últimas horas no me pasaban…
–Tienes un aire cansado…
–Sí, estoy cansado. El viaje ha sido interminable.
–Tengo la carreta ahí fuera. Ten, ponte la capota, hoy hace frío. Giulia te manda algo para llevarte a la boca. Pensó que no habrías comido en todo el viaje.
Giulia.
Rudi sonrió al pensar en Giulia, tan responsable y segura, en su sentido práctico que emergía en cada ocasión. Era verdad, no había comido desde hacía horas y hasta ese momento no le había hecho ni caso, habituado como estaba a las privaciones de la trinchera. El perfume que salía del contenedor despertó de repente su apetito y, sentado sobre la carreta al lado del cuñado, lo primero que hizo fue abrir el recipiente de metal y saciarse.
El viaje duraría unas dos horas. En el camino de tierra batida las piedras hacían saltar el vehículo y Rudi no conseguía esconder alguna mueca de dolor.
–¿Cómo estás? ―le preguntaba Giovanni, pesaroso por su aspecto de sufrimiento.
–No te preocupes, perfecto, en cuanto lleguemos a casa pasará todo.