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¿Sientes Mi Corazón?
Ella acusó el golpe y abandonó por un instante el juego, pero sin dejar de mirarme. No se había dado por vencida, solo me estaba estudiando para encarar su próximo asalto. Aparté la mirada de la suya y fingí mirar hacia afuera, aunque sin observar un lugar preciso. Cualquier punto, elegido al azar, hubiera sido perfecto con tal de no mirarla a los ojos.
–¿Qué miras?
–¿Perdón?
–Te he preguntado que qué miras por la ventanilla.
–Estoy mirando el campo.
–Estás mirando el campo, de acuerdo. ¿Pero qué ves?
–¡Si estoy mirando el campo, lo que veo es el campo!
–Lógico.
–Me resulta absurdo que lo pregunte, ¿no le parece?
–Ah, no sabría decirte. La mayoría de las veces, aquello que se ve no es precisamente lo que se está mirando. ¡O al menos así me sucede a mí!
Esta vez era ella la que había dado en el blanco, había asestado un golpe que me había herido profundamente. La miré derrotada y sin ganas de responder. Tal vez, mi huida no me serviría de nada: comprendí que, aun escapando a toda velocidad de mi pasado, reincidiría en un presente y un futuro hecho a su imagen y semejanza. Bajé la mirada y apoyé las manos entrelazadas sobre las piernas, añadiéndole un tono de resignación a mi derrota.
Permanecí a la espera de que mi adversario me infligiese el golpe de gracia para acabar conmigo, como hubiera hecho un gladiador en la arena después de haber obtenido el permiso para matar por parte de su emperador, para aplacar su sed de sangre. Pero esta vez, el emperador me indultó: el pulgar había quedado hacia arriba, la multitud no gritaba porque no había visto salir la sangre de mis miembros lacerados por el frío acero de la espada, cuyo contacto me hubiera detenido el corazón y me hubiera borrado definitivamente del mundo de los vivos. El gladiador, mi adversario, me había tendido la mano para ayudarme a levantar. Y yo, afortunada víctima de un cruel espectáculo para adultos, la aferré y me dejé salvar por ella, respirando y admirando, una vez más, lo bonita que era la luz del sol que resplandecía en el cielo azul y sin nubes. Ese día no llovería, mejor así.
–Me llamo Cindy.
–Melanie.
–Melanie, es un bonito nombre. ¿Puedo llamarte Mel?
–Puede. Llámeme como quiera.
–¿Estás segura de que no te molesta?
–No, no me molesta; de lo contrario, se lo diría.
–¡Tengo veinticinco años, Mel!
No respondí. No quería recordar cuántos años tenía yo en aquel momento.
–¿Sabes qué significa esto?
–No tengo idea. ¿Quizás significa que usted nació hace veinticinco años?
–¡Qué observación perspicaz, Mel! Pero es solo aritmética, nada tiene que ver con lo que quería decir. Me refería a que soy joven.
–Me siento feliz por usted, Cindy; yo, en cambio, soy más vieja, tengo treinta y cinco años.
Me sobresalté cuando comprendí que, sin intención, había manifestado un detalle de mi vida que no hubiera querido compartir con nadie. Le había dicho mi edad, poniendo en sus manos la caja que contenía mi existencia, incluso, aquella parte que, con tanto esfuerzo, había tratado de olvidar.
–Bien, somos casi coetáneas, entonces.
–Bueno, no me parece. Tenemos diez años de diferencia.
–¡No es para tanto! ¡Somos parte de la misma generación! ¡La de los Beatles, Elvis, vaqueros y blusas desabotonadas, brillantina en el pelo y Cadillac! ¿Has escuchado «A hard day’s night», la nueva canción de los Beatles?
–¡Sí, claro que la he escuchado! ¡Adoro a los Beatles! —confesé nuevamente sorprendida.
–¡Yo también los adoro! Y, además, son chicos muy guapos. ¡Dios mío, cómo me enloquecen! —afirmó antes de ponerse a cantar la melodía con buena entonación.
–¡Mel, vamos, tutéame! No te comeré, puedes estar tranquila.
Permanecí quieta pensando mucho tiempo, como si la elección de lo que debía hacer, aceptar o no su propuesta, fuese una cuestión de vida o muerte. Y, sin duda, esto habría sido algo insignificante para cualquier persona “normal”, una elección instintiva. Ese instinto que guía a los animales y que yo jamás había cultivado. Cindy me miró, aguardando una respuesta. Mi silencio y mi reticencia la habían descolocado un poco.
–De acuerdo.
Le sonreí, casi como queriendo premiarla por su paciencia, en respuesta a las mil preguntas que podrían haber invadido su mente en esos momentos. Tal vez, estaba esperando que me lo pidiera, que desmontase la caja fuerte en la cual me había encerrado yo sola, restituyéndome el oxígeno y, acaso, algún resto tembloroso de vida. Tal vez Cindy me veía como a una loca, como a una persona urgida de auxilio. En ese caso, habría tenido razón.
–¿A dónde vas?
Pregunta inoportuna y de difícil respuesta para mí. A pesar de eso, ya estaba implicada. Una nueva confesión de mi parte no habría tergiversado aún más la imagen que se había hecho de mí. Seguramente, no habría modificado la ruta de mi destino. Sin embargo, conservé cierta cautela al responder.
–Voy a Cleveland.
–¡A Cleveland! ¡Pero es fantástico! ¡Yo soy de Cleveland, estoy regresando a mi casa!
Me sentí arrollada por una apisonadora, por una de esas máquinas infernales usadas para aplastar el asfalto de las calles y para hacer que el alquitrán quede liso y fino como una placa de vidrio. Pero, esta vez, el alquitrán negro esparcido sobre el pavimento y aplastado era yo.
–¡Ah! —fue el único sonido que logré pronunciar con mis cuerdas vocales petrificadas.
–¿Y dónde te alojarás?
He aquí un nuevo desgarro que se abría en el abismo ya sangriento. ¿Qué podía responderle? ¿Que no tenía una meta precisa? ¿Qué, en realidad, no tenía una casa en donde quedarme y que caminaría por las calles como una vagabunda en busca de un lugar económico para dormir? ¡Una idea! Podría decirle que me quedaría en Cleveland solo por un breve periodo, que solo estaba de paso. De este modo, también habría tenido la excusa para evadirla y escapar de ella en cualquier momento, para recuperar mi vida. ¡Mi vida! ¿Tenía realmente una vida?
–Me quedaré en un hotel. Estoy de paso, me quedaré solo unos pocos días —respondí orgullosa de haberme dirigido, por primera vez, hacia el camino correcto, de haber elegido yo misma qué hacer; era una sensación nueva para mí, increíblemente poderosa, fantástica, un alud de energía.
–Ah, comprendo. Por pocos días. ¡Bien, entonces puedes venir a quedarte conmigo, en mi casa!
–¡No, de ninguna manera! No quiero ser un estorbo para nadie. Te agradezco la oferta, pero, realmente, no puedo aceptarla, lo siento.
–¡Ningún estorbo, Mel! ¡Nosotros, los de Ohio, somos así! ¡Ojo con rechazar nuestra hospitalidad!
–Nosotros, los de West Virginia, en cambio, somos un poco diferentes.
–¡De West Virginia! ¿Vienes de allí? ¿De qué ciudad?
Mi vida, a estas alturas, se había vuelto de dominio público. Hasta el anciano había apartado su periódico para ver la cara de aquella prófuga que estaba llenando con sus palabras el aire de ese espacio angosto. Sin defensas, vomité también aquello. Luego, ella agregó:
–¡Qué cool!
–¿Qué significa “cool”?
–Significa ‘estupendo’, ‘fantástico’. Pero, disculpa, ¿de qué planeta eres? ¿No has escuchado nunca esta palabra?
Le mentí diciéndole que la había escuchado, pero que nunca la había incorporado a mi diccionario, por lo tanto, no estaba interesada en su verdadero significado. En realidad, conocía muy bien el significado de aquella palabra usada, principalmente, por los adolescentes; lo que no comprendía era qué encontraba ella de cool en lo que yo estaba diciendo. ¿Por qué aquella muchacha lograba encontrar las cosas buenas o bonitas en las cosas, lugares o situaciones que yo siempre había odiado? Comencé a pensar que, tal vez, quedarme un tiempo con ella podría hacerme bien. Quizás podría aprender a vivir un poco, robando lecciones de vida gratuitas de una muchacha más joven que yo, al igual que un parásito social. Acaso ella realmente sabía cómo vivir en el mundo, en este mundo del que ambas formábamos parte con nuestras innumerables diferencias.
–Y tú, ¿dónde vives? —le pregunté.
–A orillas del lago Erie. Es un lugar muy bonito, sobre todo a la noche, cuando los sonidos de la ciudad disminuyen y sientes solo aquellos provenientes del lago. Mi casa mira hacia el lago y, desde el jardín, puedes disfrutar de espléndidos y muy coloridos atardeceres. Te gustará, ya verás. Y, además, vivo sola, asique no habrá nadie que nos moleste —concluyó con una sonrisa maliciosa que había visto en algunas quinceañeras víctimas de sus primeros sobresaltos hormonales.
Le sonreí y, de ese modo, le confirmé que aceptaba su invitación. Le devolvería el favor de alguna manera, dividiría con ella los gastos para la comida y el alojamiento, trabajaría, etcétera. En ese momento, pensé que sería una permanencia breve y que, en el interín, buscaría un lugar para mí. Además, en caso de ser necesario, podría encontrarme con mi amiga cada vez que quisiera. ¡Mi amiga! Parecía algo muy raro de decir y casi surrealista de sentir. Pero me equivocaba, ya que, en esa casa del lago Erie, pasé buena parte de mi vida.
En un solo día había logrado poseer dos cosas completamente mías: una amiga y una vida. Y todo esto, por mérito o culpa de Cindy, de esa descarada presencia suya que había logrado demoler todas mis barreras, así como cualquier deseo de aislamiento. De su molesta presencia que ahora me daba seguridad, como el amor de una madre o el abrazo de la hermana que nunca había tenido. De su modo violento para entrar en mi vida con sus palabras, con su mirada, con toda su energía y con su goma de mascar. Le pregunté si tenía un chicle para mí y me lo ofreció. Era la primera vez en mi vida que mascaba uno. Sabía a frutillas.
4
Cuando dejé mi trabajo de enfermera, después de ocho años de actividad, mis colegas me organizaron una fiesta sorpresa. También participaron los médicos, por turnos, para no dejar sin atención al servicio de asistencia a los enfermos internados en el hospital. Duró aproximadamente una hora, sesenta minutos de estruendo y alegría que otros vivían en mi lugar. Me habían despertado de un letargo, metiéndome, por primera vez, en el centro de un círculo, volviendo aún más complicada mi partida. Con los años, había comprendido que cuando los otros te organizan una fiesta es porque, al fin de cuentas, sienten algo de afecto por ti. Ellos lo llaman amistad.
Había comprendido, entonces, que la amistad es ese sentimiento primitivo que se siente hacia otra persona con la cual se comparte algo, una suerte de relación humana. De manera que, tal vez, había tenido alguna amistad en mi juventud, pero yo era demasiado reacia para darme cuenta. O quizás no, tal vez se trataba solo de una relación de convivencia, de recíproca aceptación y tolerancia que no iba más allá de un simple saludo o de una hora de juego compartida. Si un amigo es aquel que te escucha y que se preocupa por ti, que comparte todas tus alegrías y temores, entonces, ese amigo había sido mi peluche, ese que me había defendido, todo lo que pudo, del mismo ogro que me lo había regalado. Mi padre, el ogro, me había obsequiado mi única arma de defensa, para que pudiera defenderme de él. Me había brindado una amistad de tela y pelo sintético, pues nunca hubiera estado a la altura de darme algo más. También Ryan fue mi amigo, el dulce muchacho que había conseguido provocarme una emoción, a pesar de desconocer su significado.
Cortaron una torta decorada que llevaba escrito con un hilo de chocolate negro mi nombre y un deseo para mi futuro. Pero ¿qué futuro? Y, sobre todo, ¿el futuro de quién? Sirvieron bebidas sin alcohol en vasos de plástico, hacían ruido como locos borrachos y desenfrenados ante la verbena del pescado del pueblo. Por un instante, mi mente volvió a las noches de llanto, cuando mi padre entraba en casa y desahogaba su ira sobre el cuerpo de mi madre que lo esperaba sobre la cama, resignada y lista para aceptar, una vez más, y no la última, su destino. «Bienaventurado el que sufre, porque podrá ver el reino de los cielos», escuchaba decir en el sermón de la iglesia. Y ella sonreía al escuchar esas palabras, aceptaba su vida tal como le había sido entregada y se sentía aliviada por el hecho de creer que cada golpe, bofetada o patada, cada abuso sufrido, la acercaba un poco más a las puertas de ese paraíso tan bonito descrito por los hombres. En ese paraíso, los ogros jamás entrarían.
Alguien se percató de mí; en medio de ese alboroto, notaron una lágrima furtiva que se escapaba de mis párpados y se deslizaba siguiendo el perfil de mi rostro. Me dijeron: «¡Qué bonito es verte conmovida por la fiesta! Siempre has sido tan dulce, nos harás falta. ¿Lo sabes?». Una vez más, no había sido comprendida, no me conocían en absoluto, no compartíamos nada. Por lo tanto, no podíamos considerarnos “amigos”. Ese sentimiento tan importante no tenía ningún valor para nosotros. El hospital se había transformado en un burdel. El jaleo y los gritos me hicieron pensar que, tal vez, esa gente estaba más contenta que triste por mi partida, por mi elección de quitarme del medio por propia voluntad. Era un ser incómodo para todos, muy distinto y, por lo tanto, anormal. Algunos habían formado un trencito, entonando melodías carentes de sentido y musicalidad para mí, cada uno con los brazos extendidos y las manos apoyadas sobre los hombros del que estaba adelante; el “jefe del tren” llevaba un cono dado vuelta sobre la cabeza. Parecía un helado caído por tierra. Sonreí sin un motivo aparente. Sobre el cono, una hábil mano había escrito con bonita caligrafía: «¡No te olvidaremos nunca, Melanie!». Yo, por un instante, les creí.
Al finalizar la fiesta, cuando los locos volvieron a encerrarse en sus celdas para purgar la convalecencia de sus enfermedades, vi ese cono de cartón, todo arrugado, en el cesto de la basura. Pude ver solo mi nombre entre las arrugas, manchado con mantequilla de maní. Sonreí, lloré, no recuerdo bien. Tiré encima otros desechos de la fiesta hasta cubrir por completo mi nombre, eliminando cualquier rastro de él. Admiré mi obra, suspiré satisfecha y estrujé la hoja con los nombres y los números de teléfono que algunos me habían dejado diciéndome: «¡Confío en que seguiremos en contacto!».
En mi cabeza, todo eso resonaba más como una amenaza que como una invitación amigable dictada por un verdadero interés hacia mí. La tiré junto al resto de los papeles usados, porque ese era su lugar, así quedaba completo el cesto de la basura y, una vez cerrado, comencé a olvidar. Olvidar, como todos ellos me olvidarían a mí, de un momento a otro. De existir, nos encontraríamos en el paraíso; asumiendo que el infierno no me volvería a succionar antes de tiempo, así, solo por el gusto de divertirse un rato más conmigo. No volví a encontrarme con ninguno de ellos en toda mi vida, nunca supe quién había sobrevivido a esa jornada, a esa fugaz hora de euforia de catálogo, a parte de una persona: Melanie. Hasta el infierno me había rechazado, ni siquiera el diablo se divertía jugando conmigo.
Esa noche, volví a casa agotada. Hubiera querido hacer las valijas y partir en ese mismo momento hacia un lugar nuevo, así, sin pensarlo, sin una meta precisa. Lo hacían muchos jóvenes, era algo que estaba de moda, casi una obligación para quien había logrado ahorrar un poco de dinero. Por consiguiente, habría podido hacerlo yo también. Pero postergué la preparación de las valijas, aplacé esa partida para un momento mejor. Dejé el regalo que me habían dado antes de saludarnos y desearnos “buena suerte para el futuro”, frase que sabía un poco a resignación y llevaba oculta una nota amarga que decía: «Tú, desde hoy, ya no eres de nuestra incumbencia».
Me regalaron un reloj. También le habían regalado un reloj a los que se habían ido antes que yo, a los que se habían casado, a los que habían tenido hijos. ¿Por qué siempre se regala un reloj? ¿Es tan importante recordarle a una persona que su tiempo está destinado a pasar y que, al final, uno expirará como un cartón de leche que ha sido abandonado por todos en el fondo del estante, en un pequeño supermercado de pueblo? Solo en los funerales, el difunto no recibe un reloj de regalo, quizás porque para él, el tiempo ya no existe. El tiempo no es nada comparado con la eternidad misma que lo contiene. Abrí el paquete, miré el reloj, marcaba la hora exacta. Alguno se había preocupado de ponerlo en hora para que estuviera listo para usar y yo no me viese obligada a perder tiempo. Perder el tiempo ajustando el tiempo, ¡qué curiosa paradoja! Apoyé la caja cerrada sobre el estante de la chimenea, de donde la recogería antes de partir. Quizás.
5
Cleveland ya estaba cerca. Cindy se había adormecido durante el último tramo del viaje. Habíamos quedados solas en el vagón, y yo la observaba atentamente ahora que ella no podía verme. La envidiaba porque la veía feliz, segura de sí misma, de su existencia. Una muchacha más joven que yo, que había vivido mucho más de lo que yo había sabido vivir, que había hecho elecciones, consciente de tener su vida entre las manos. Su vida. Me preguntaba por qué razón había hablado con ella, respondiendo a sus preguntas y, a la vez, haciéndome otras sobre ella. No encontraba una respuesta a este interrogante. Era evidente que no me conocía lo suficiente.
Sudaba, a pesar de que las turbinas llenaban nuestro vagón de aire fresco y lo hacían penetrar hasta los huesos. Ella permanecía allí, tranquila, dichosamente mecida por sus sueños. Luego, el tren comenzó a disminuir la marcha, acompañado del fastidioso chirrido que producen las ruedas y los frenos, ese ruido que anticipa la llegada a la estación. Cindy se despertó y estiró los brazos como solía hacer yo de niña, cada mañana, durante los primeros segundos que seguían al despertar, cuando aún los temores de la noche no habían reaparecido en mi cabeza para recordarme cuál era mi realidad. Me sonrió.
–¡Me he quedado frita, discúlpame!
Le devolví su sonrisa con una mía. Era sincera y, al mismo tiempo, me sentía sorprendida por ello.
–Has descansado un rato —confirmé.
Ella asintió.
–¿Tú que has hecho?
–He mirado por la ventanilla.
–¿Todo el tiempo? ¿Cuánto he dormido?
Miré el reloj.
–Casi dos horas.
–¡Epa! ¡Nada mal!
No entendí a qué se refería. ¿Qué era lo que no estaba mal? ¿El hecho de haber dormido durante casi dos horas, sentada sobre un montón de hierros en movimiento, en medio de la campiña de Ohio? La miré frunciendo el ceño.
–Tu reloj. ¡Nada mal!
–Ah, gracias. Es un regalo.
–¿De tu pareja?
Bajé la mirada. Esa joven estaba desenterrando lentamente todos los cadáveres que yo, con paciencia, dedicación y esfuerzo, había tapado con tierra y había olvidado. Respondí por la mitad.
–No tengo pareja, estoy soltera. Es un regalo de mis excolegas del hospital, me lo entregaron el día en que dejé el trabajo, durante una fiesta de despedida.
Ella me miró, escuadrándome de la cabeza a los pies. Me estaba observando, me sentía estudiada en detalle como un conejillo de Indias, al cual se le ha inyectado un virus letal y se mide el tiempo que le lleva morir. De improviso, pareció desinteresarse de mi reloj; ahora estaba concentrada en mí, en mi aspecto, en mi infelicidad tal como ella la percibía en ese momento. Tal vez estaba pensando en “sacrificarse” por mí, en tomar las riendas de mi vida para conducirla hacia algún lugar. Mi vida, una vez más. Alcé mis barreras, o lo poco que quedaba de ellas: no quería volver a sufrir. A esta altura, ya era una experta; reconocía, con absoluta seguridad, los síntomas que anticipaban la llegada del sufrimiento. En cuanto a este, era verdaderamente infalible, alguien con quien se podía contar. Decidí que el nuestro sería solo un encuentro casual. No me iría con ella, no iría a su casa. O quizás sí, pero por pocas horas, pocos días, pocos años, o tal vez para siempre.
El tren se detuvo, y una voz mal grabada anunció por los parlantes del vagón que habíamos llegado. Cindy se levantó y se acomodó la blusa dentro de los pantalones. Estaba curiosamente prolija, a pesar de las muchas horas que había pasado sentada en su butaca. Sentí su perfume. Era fresco, parecía recién puesto. En ese momento, noté las dos grandes valijas que había traído consigo para ese viaje, me asombró pensar que las había transportado sola, sin la ayuda de nadie. Me levanté y sentí que mi cuerpo, en cambio, desprendía un desagradable olor a sudor. Me avergoncé tanto que decidí volver a sentarme. Decidí esperar a que ella se baje del vagón para volver a levantarme sin temor a bautizar el aire con mi olor a cloaca. Pero ella no se fijó en mí. Quizás había comprendido mi problema o quizás no. Nunca lo supe.
–Me voy adelantando, nos vemos afuera —me dijo con una sonrisa.
–De acuerdo, busco mi valija y te alcanzo en seguida.
Ella me miró mientras yo estiraba el brazo hacia el compartimiento situado arriba de mi butaca, sobre mi cabeza. No se movió.
–¿Eso es todo? ¿Este es todo tu equipaje?
–Sí. Traje pocas cosas. El resto las dejé en casa, no me servirán de mucho aquí.
Ella se mostró perpleja.
–¡Si tú lo dices, Mel! ¡Vamos, adelante, vámonos antes de que el caballo decida partir con los asnos arriba!
–¿Cómo?
–Nada, es algo que decimos aquí. ¡Nosotras seríamos los asnos, eso es todo!
Se echó a reír, era evidente que se sentía feliz por volver a casa, a su casa, por restablecer la vida, su vida. Y por llevarse a rastras los escombros ajados de mi existencia. Caminaba delante de mí, y yo la seguía, como un perro sigue a su dueño, unido por una correa invisible. Admiraba lo bonito que era su cuerpo joven de veinticinco años, envidiaba su físico, que parecía haber sido creado por las manos hábiles de un escultor. Tenía el busto generoso, el trasero sólido y unas bonitas piernas, largas y rectas, que se amoldaban perfectamente a sus vaqueros ajustados. Toqué un instante mis caderas y mi fantasía se esfumó de inmediato. Una vez más —y no la última—la envidia permaneció para sostenerme la mano.
Durante los años transcurridos en la universidad, pese a todo, logré obtener pequeñas satisfacciones personales. Era una estudiante modelo, una de esas jóvenes siempre en orden, con el cuello del uniforme limpio y bien planchado, preparada, siempre al día con las clases y las tareas bien hechas. Más allá de todo eso, no me integraba. Por propia elección, aunque también por necesidad, nunca entré a formar parte de una de las tantas bandas que poblaban el campus. Y por este motivo, creo, fui envidiada y señalada como una alcahueta por la mayor parte de mis compañeras, como una de esas personas que, detrás de la cara de ángel, esconde muchos intereses personales y segundas intenciones.
Con el paso del tiempo, algunas de esas voces se volvieron cada vez más insistentes y, una de ellas, quizás la más injuriosa para una mujer de esa época, llegó a oídos del rector. Él conocía muy bien mi trayectoria de estudios, mis éxitos académicos y mi comportamiento, tanto dentro como fuera del instituto. Pero, sobre todo, conocía bien a mi padre y su carácter.
Habían batallado juntos. También él recordaba la escena desgarradora de mi padre sosteniendo entre sus brazos a su amigo y compañero de guerra, mientras trataba de contener las lágrimas, la desesperación y el miedo. Pero ese hombre, una vez que había regresado junto a sus seres queridos, había logrado olvidar todo aquello, había llevado a cabo una brillante carrera académica y se había convertido en rector de ese mismo instituto. Quizás, por ese mismo motivo, se había preocupado por tenerme bajo su ala protectora, defendiéndome de todo y de todos. Pero, por el cargo que desempeñaba en el establecimiento, no podía manifestarlo públicamente.
Un día, me llamó a su oficina con la excusa banal de preguntarme cuáles eran mis intenciones para el futuro y, también, para ofrecerme una actividad de investigación en el instituto al finalizar mis estudios. También me habló de los rumores que había escuchado sobre mí y me dijo que le habían llegado de una celadora.
–Melanie, se escuchan comentarios que te dejan mal parada. Quería preguntarte si estabas al corriente de esto y qué piensas al respecto. Yo te conozco bien y sé quién eres y cómo te comportas. Pero estos rumores deben parar, y rápido, antes de que sea demasiado tarde.
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