Vicente Blasco.

Arroz y tartana

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Vicente Blasco Ib??ez
Arroz y tartana

I

A las tres de la tarde entr? do?a Manuela en la plaza del Mercado, envuelto el airoso busto en un abrigo cuyos faldones casi llegaban al borde de la falda, cuidadosamente enguantada, con el limosnero al pu?o y velado el rostro por la tenue blonda de la mantilla.

Tras ella, formando una pareja silenciosa, marchaban el cochero y la criada: un mocet?n de rostro carrilludo y afeitado que respiraba brutal jocosidad, luciendo con tanta satisfacci?n como embarazo los pesados borcegu?es, el terno azul con vivos rojos y botones dorados y la gorra de hule de ancho plato, y a su lado una muchacha morena y guapota, con peinado de rodete y agujas de perlas, completando este tocado de la huerta su traje mixto, en el que se mezclaban los adornos de la ciudad con los del campo.

El cochero, con una enorme cesta en la mano y una espuerta no menor a la espalda, ten?a la expresi?n resignada y pacienzuda de la bestia que presiente la carga. La muchacha tambi?n llevaba una cesta de blanco mimbre, cuyas tapas mov?anse al comp?s de la marcha, haciendo que el interior sonase a hueco; pero no se preocupaba de ella, atenta ?nicamente a mirar con ce?o a los transe?ntes demasiado curiosos o a pasear ojeadas hura?as de la se?ora al cochero o viceversa. Cuando, doblando la esquina, entraron los tres en la plaza del Mercado, do?a Manuela se detuvo como desorientada.

?Gran Dios…! ?cu?nta gente! Valencia entera estaba all?. Todos los a?os ocurr?a lo mismo en el d?a de Nochebuena. Aquel mercado extraordinario, que se prolongaba hasta bien entrada la noche, resultaba una festividad ruidosa, la explosi?n de alegr?a y bullicio de un pueblo que entre montones de alimentos y aspirando el tufillo de las mil cosas que satisfacen la voracidad humana, regocij?base al pensar en los atracones del d?a siguiente. En aquella plaza larga, ligeramente arqueada y estrecha en sus extremos, como un intestino hinchado, amonton?banse las nubes de alimentos que hab?an de desparramarse como nutritiva lluvia sobre las mesas, satisfaciendo la gigantesca gula de la Navidad, fiesta gastron?mica, que es como el est?mago del a?o.

Do?a Manuela permaneci? inm?vil algunos minutos en la bocacalle. Parec?a mareada y confusa por el ruidoso oleaje de la multitud; pero en realidad, lo que m?s la turbaba eran los pensamientos que acud?an a su memoria. Conoc?a bien la plaza; hab?a pasado en ella una parte de su juventud, y cuando de tarde en tarde iba al Mercado por ser v?spera de festividad en que se encend?an todos los hornillos de su cocina, experimentaba la impresi?n del que tras un largo viaje por pa?ses extra?os vuelve a su verdadera patria.

?C?mo estaba grabado en su memoria el aspecto de la plaza! La ve?a cerrando los ojos y pod?a ir describi?ndola sin olvidar un solo detalle. Desde el lugar que ocupaba ve?a al frente la iglesia de los Santos Juanes, con su terraza de oxidadas barandillas, teniendo abajo, casi en los cimientos, las l?bregas y h?medas covachuelas donde los hojalateros establecen sus tiendas desde fecha remota.

Arriba, la fachada de piedra lisa, amarillenta, carcomida, con un retablo de gastada es cultura, dos portadas vulgares, una fila de ventanas bajo el alero, santos berroque?os al nivel de los tejados, y como final, el campanil triangular con sus tres balconcillos, su reloj descolorido y descompuesto, rematado todo por la fina pir?mide, a cuyo extremo, a guisa de veleta y posado sobre una esfera, gira pesadamente el p?jaro fabuloso, el popular _pardal?t_ con su cola de abanico.

En el lado opuesto la Lonja de la Seda, acariciada por el sol de invierno y luciendo sobre el fondo azul del cielo todas las esplendideces de su fachada ojival. La torre del reloj, cuadrada, desnuda, mon?tona, partiendo el edificio en dos cuerpos, y ?stos exhibiendo los ventanales con sus bordados p?treos; las portadas que rasgan el robusto pared?n, con sus entradas de embudo, compuestas de atrevidos arcos ojivales, entre los que corretean en interminable procesi?n grotescas figurillas de hombres y animales en todas las posiciones estramb?ticas que pudo discurrir la extraviada imaginaci?n de los artistas medievales; en las esquinas, ?ngeles de pesada y luenga vestidura, diadema bizantina y alas de menudo plumaje, sustentando con visible esfuerzo los escudos de las barras de Arag?n y las enroscadas cintas con apretados caracteres g?ticos de borrosas inscripciones; arriba, en el friso, bajo las g?rgolas de espantosa fealdad que se tienden audazmente en el espacio con la muda risa del aquelarre, todos los reyes aragoneses en laureados medallones, con el casco de aletas sobre el perfil en?rgico, feroz y barbudo; y rematando la robusta f?brica, en la que alternan los bloques ?speros con los escarolados y encajes del cincel, la apretada r?a de almenas cubiertas con la antigua corona real.

Frente a la Lonja, el Principal, pobr?simo edificio, mezquino cuerpo de guardia, por cuya puerta pasea el centinela arma al brazo, con aire aburrido, rozando con su bayoneta a los soldados libres de servicio, que digieren el ins?pido rancho contemplando el oleaje de alimentos que se extiende por la plaza. M?s all?, sobre el revoltijo de toldos, el tejado de cinc del mercadillo de las flores; a la derecha, las dos entradas de los p?rticos del Mercado Nuevo, con las chatas columnas pintadas de amarillo rabioso; en el lado opuesto, la calle de las Mantas, como un portal?n de galera antigua, empavesada con telas ondeantes y multicolores que las tiendas de ropas cuelgan como muestra de los altos balcones; en torno de la plaza, cortados por las bocacalles, grupos de estrechas fachadas, balcones aglomerados, paredes con r?tulos, y en todos los pisos bajos, tiendas de comestibles, ropas, drogas y bebidas, luciendo en las puertas, como t?tulo del establecimiento, cuantos santos tiene la corte celestial y cuantos animales vulgares guarda la escala zool?gica.

En este ancho espacio, que es para Valencia vientre y pulm?n a un tiempo, el d?a de Nochebuena reinaba una agitaci?n que hac?a subir hasta m?s arriba de los tejados un sordo rumor de colosal avispero.

La plaza, con sus puestos de venta al aire libre, sus toldos viejos, temblones al menor soplo del viento, y ba?ados por el rojo sol con una transparencia acaramelada, sus vendedores vociferantes, su cielo azul sin nube alguna, su exceso de luz que lo doraba todo a fuego, desde los muros de la Lonja a los cestones de ca?a de las verduleras, y su vaho de hortalizas pisoteadas y frutas maduras prematuramente por una temperatura siempre c?lida, hac?a recordar las ferias africanas, un mercado marroqu? con su multitud inquieta, sus ensordecedores gritos y el nervioso oleaje de los compradores.

Do?a Manuela contemplaba con fruici?n este espect?culo. Tach?base en su interior de poco distinguida; pero… ?qu? remedio! por m?s que ella tomase a empe?o el transformarse, y obedeciendo a las ni?as revistiera un empaque de altiva se?or?a, siempre conservaba amortiguados y prontos a manifestarse los gustos y aficiones de la antigua tendera que hab?a pasado lo mejor de su juventud en la plaza del Mercado. ?Qu? tiempos tan dichosos los transcurridos siendo ella due?a de la tienda de Las Tres Rosas! Si el dinero es la felicidad, nunca hab?a tenido tanta como en los ?ltimos a?os que pas? entre mantas e indianas, sedas y percalinas, arrullada a todas horas por el estr?pito del Mercado y viendo por las ma?anas, al levantarse, el _pardal?t_ de San Juan.

Y obsesionada por estos recuerdos, do?a Manuela permanec?a inm?vil en la esquina, como asustada por el gent?o, sin fijarse en las miradas poco respetuosas que alguno que otro transe?nte le dirig?a.

Estaba pr?xima a los cincuenta a?os, seg?n confesi?n que varias veces hizo a sus hijas; pero era tan arrogante y bien plantada, un?a a su elevada estatura tal opulencia de formas, que todav?a causaba cierta ilusi?n, especialmente a los adolescentes, que con la extravagancia del deseo hambriento sienten ante los desbordamientos e hinchazones de la hermosura en decadencia la admiraci?n que niegan a la frescura esbelta y juvenil.

La mitad de los polvos y menjurjes que sus ni?as ten?an en el tocador los consum?a la mam?, que en la madurez de su vida comenz? a saber como se agrandan los ojos por medio de las rayas negras, c?mo se da color a las mejillas cuando ?stas adquieren un f?nebre tinte de membrillo, y c?mo se combate el vello traidor que alevosamente asoma en el labio y en la barba cual pel?cula de melocot?n, convirti?ndose despu?s en espantosas cerdas. Acical?base como una ni?a, guardando con su cuerpo atenciones que no hab?a tenido en su juventud. ?Para qui?n se arreglaba? Ni ella misma lo sab?a. Era puro deseo de retardar en apariencia la llegada de la vejez; precauciones, seg?n propia afirmaci?n, para no parecer la abuela de sus hijas y para sentir una indefinible satisfacci?n cuando en la calle echaban una flor descarriada a su garbo de buena moza.

En cambio, su criada era poco sensible a la galanter?a callejera. Acog?ala con un gesto de r?stico desprecio, un fruncimiento de labios desde?oso: algo que mostrase la indignaci?n de una castidad hasta la rudeza, la insolencia de una virtud salvaje.

Do?a Manuela pareci? decidida por fin a lanzarse en el viviente oleaje de la plaza.

– Vamos, Visanteta, no perdamos tiempo.... T?, Nelet, marcha delante y abre paso.

Y el cazurro Nelet, siempre con aire de fastidio, comenz? a andar hendiendo la muchedumbre al trav?s, contestando dignamente con sus brazos de carretero a los codazos y empujones y cubriendo con su corpach?n a la se?ora y la criada.

La multitud, chocando cestas y capazos, arremolin?base en el arroyo central; d?banse tremendos encontrones los compradores; algunos, al mirar atr?s, tropezaban rudamente con los m?stiles de los toldos, y m?s de una vez, los que con el cesto de la compra a los pies regateaban tenazmente eran sorprendidos por el embate brutal y arrollador del agitado mar de cabezas. Algunos carros cargados de hortalizas avanzaban lentamente rompiendo la corriente humana, y al sonar el pito del tranv?a que pasaba por el centro de la plaza, la gente apart?base lentamente, abriendo paso al jamelgo que tiraba del charolado coche, atestado de pasajeros hasta las plataformas. Sobre el zumbido confuso y mon?tono que produc?an los miles de conversaciones sostenidas a la vez en toda la plaza, destac?banse los gritos de los vendedores sin puesto fijo, agudos y rechinantes unos, como chillido de p?jaro pedig?e?o, graves y foscos otros, como si ofreciesen la mercanc?a con mal humor.

En medio de este continuo pregonar, entre la descarga de ofertas a grito pelado, destac?banse algunas voces melanc?licas y t?midas ofreciendo «?medias y calcetines!». Eran los sencillos aragoneses, golondrinas de invierno que, al caer las primeras nieves que dejan el campo muerto y el hogar sin pan, levantan el vuelo con su cargamento de lana, y desde el fondo de la provincia de Teruel llegan, a Valencia, ofreciendo lo que la familia fabrica durante el a?o. Eran los seres pacienzudos, honradotes y laboriosos a quienes la insolencia valenciana designa con el apodo de churros, t?tulo entre compasivo e infamante. Robustos, cargados de espalda, con la cabeza inclinada como signo de perpetua esclavitud y miseria, v?laseles pasar lentamente con su traje de pa?o burdo, estrecho pa?izuelo arrollado a las sienes, y entre ?ste y el abierto cuello de la camisa el rostro rojizo, agrietado y lustroso, con espesas cejas y ojillos de inocente malicia. Colgando de los brazos o en el fondo de dos bolsones de lienzo, llevaban las medias de lana burda y asfixiante, los calcetines ?speros que un pu?al no podr?a atravesar. Es el capital de su familia; lo que la mujer y las hijas han hecho unas veces al sol, guardando las ovejas, y otras de noche, junto a los sarmientos humeantes de la cocina. En la venta del burdo g?nero est?n las patatas y el pan para todo el a?o; y so?ando con la inmensa felicidad de volver a casa con una docena de duros, zapatos para las hijas y un refajo para la mujer, pasean tristes y resignados por entre el gent?o, lanzando a cada minuto su grito melanc?lico como una queja: «?Medias y calcetines…! ?el mediero!»

Do?a Manuela iba mal por el arroyo. Caus?banle n?useas los carros repletos del esti?rcol recogido en los puntos de venta: hortalizas pisoteadas, frutas podridas, todo el fermento de un mercado en el que siempre hay sol.

– Vamos a la acera– dijo a sus criados– . Compraremos primero las verduras.

Y subieron a la acera de la Lonja, pasando por entre los grupos de gente menuda que, con un dedo en la boca o hurg?ndose las narices, contemplaba respetuosamente los pastorcillos de Bel?n y los Reyes Magos hechos de barro y colorines, estrellas de lat?n con rabo, pesebres con el Ni?o Jes?s, todo lo necesario, en fin, para arreglar un Nacimiento.

Do?a Manuela marchaba por el estrecho callej?n que formaban las huertanas, sentadas en silletas de esparto, teniendo en el regazo la mugrienta balanza, y sobre los cestos, colocados boca abajo, las frescas verduras. All?, los obscuros manojos de espinacas; las grandes coles, como rosas de blanca y rizada blonda encerradas en estuches de hojas; la escarola con tonos de marfil; los humildes nabos de color de tierra, erizados todav?a de sutiles ra?ces semejantes a canas; los apios, cabelleras vegetales, guardando en sus frescas bucles el viento de los campos, y los r?banos, encendidos, destac?ndose como gotas de sangre sobre el mullido lecho de hortalizas. M?s all?, filas de sacos mostrando por sus abiertas bocas las patatas de Arag?n, de barnizada piel, y tras ellos los churros, cohibidos y humildes, esperando quien les compre la cosecha, arrancada a una tierra ingrata en fuerza de ara?ar todo un a?o sus entra?as sin jugo.

Do?a Manuela comenz? sus compras, emprendiendo con las vendedoras una serie de feroces regateos, m?s por costumbre que por econom?a. Nelet, levantando las tapas de la cesta, iba arreglando en el interior los manojos de frescas hortalizas, mientras la se?ora no dejaba tranquilo un solo instante su limosnero, pagando en piezas de plata y recibiendo con repugnancia calderilla verdosa y mugrienta.

Ya estaba agotado el art?culo de verduras; ahora a otra cosa. Y atravesando el arroyo, pasaron a la acera de enfrente, a la del Principal, donde estaban los vendedores del casquijo, ?Vaya un estr?pito de mil diablos! Bien se conoc?a la proximidad de las escalerillas de San Juan, con sus l?bregas cuevas, abrigo de los ruidosos hojalateros. Un martilleo estridente, un incesante trac-trac del lat?n aporreado sal?a de cada una de las covachuelas, cuyas entradas l?bregas, empavesadas con candiles y farolillos, alcuzas y coberteras, todo nuevo, limpio y brillante, recordaban las lorigas de aceradas escamas de los legionarios romanos.

Do?a Manuela huy? de este estr?pito, que la pon?a nerviosa; pero antes de llegar al Principal hubo de detenerse entre sorprendida y medrosa. En el arroyo, la gente se arremolinaba gritando; algunos re?an y otros lanzaban exclamaciones indecentes, chasqueando la lengua como si se tratara de una ri?a de perros. Asustada en el primer momento por las ondulaciones violentas de la muchedumbre que llegaban hasta ella, no sab?a si huir u obedecer a su curiosidad, que la reten?a inm?vil. ?Qu? era aquello…? ?Se pegaban? La multitud abri? paso, y veloces, con ciego impulso, como espoleadas por el terror, pasaron una docena de muchachas despeinadas, gre?udas, en chancleta, con la sucia faldilla casi suelta y llevando en sus manos, extendidas instintivamente para abatir obst?culos, un par de medias de algod?n, tres limones, unos manojos de perejil, peines de cuerno, los art?culos, en fin, que pueden comprarse con pocos c?ntimos en cualquier encrucijada. Aquel reba?o sucio, miserable y asustado, con la palidez del hambre en las carnes y la locura del terror en los ojos, era la pirater?a del Mercado, los parias que estaban fuera de la ley, los que no pod?an pagar al Municipio la licencia para la venta, y al distinguir a lo lejos la levita azul y la gorra dorada del alguacil, avis?banse con gritos instintivos, como los reba?os al presentir el peligro, y emprend?an furiosa carrera, empujando a los transe?ntes, desliz?ndose entre sus piernas, cayendo para levantarse inmediatamente, abriendo agujeros en la masa humana que obstru?a la plaza. La gente re?a ante esta desbandada al galope, celebrando la persecuci?n del alguacil. Nadie comprend?a lo que era para aquellas infelices la p?rdida de su m?sera mercanc?a, la desesperada vuelta al tugurio paterno, donde aguardaba la madre dispuesta a incautarse del par de reales de ganancia o a administrar una paliza.

Do?a Manuela tambi?n ri? un poco, siguiendo con la vista la ruidosa persecuci?n que se alejaba, y entr? despu?s en el mercado de casquijo, buscando las golosinas silvestres que la gente rumia con fruici?n en Navidad, olvid?ndolas durante el resto del a?o. Los puestos de venta llegaban hasta las mismas puertas del Principal; los compradores code?banse con el centinela, y los dos oficiales de la guardia, con las manos metidas en el capote y las piernas golpeadas por el inquieto sable, paseaban por entre el gent?o buscando caras bonitas.

And?base con dificultad, temiendo meter el pie en las esteras de esparto redondas y de altos bordes, en las cuales amonton?banse, formando pir?mide, las lustrosas casta?as de color de chocolate y las avellanas, que exhalaban el acre perfume de los bosques. Las nueces lanzaban en sus sacos un alegre cloc-cloc cada vez que la mano del comprador las remov?a para apreciar su calidad; y un poco m?s adentro, como un tesoro dif?cil de guardar, estaba en peque?os sacos la aristocracia del casquijo, las bellotas dulzonas, atrayendo las miradas de los golosos.

Acababa de hacer su compra do?a Manuela, cuando hubo de volver la cabeza sintiendo en la espalda una amistosa palmada.

Era un se?or entrado en a?os, con un sombrero de cuadrada copa, de forma tan rara, que deb?a pertenecer a una moda remota, si es que tal moda hab?a existido. Iba embozado en una capa vieja, por bajo de la cual asomaba una esportilla de compras, y por encima del embozo de ra?do terciopelo mostr?base su rostro lleno y colorado, en el que los detalles m?s salientes, aparte de las arrugas, eran un bigote de cepillo y unas cejas canosas, tan oblicuas, que hac?an recordar los chinos de los abanicos.

– ?Juan!– exclam? do?a Manuela.

Visanteta dio con un codo al cochero y le habl? al o?do. Era don Juan, el hermano de la se?ora, aquel de quien todos hablaban mal en casa, aunque con cierto respeto, llam?ndole por antonomasia «el t?o».

Los ojillos de don Juan, inquietos e investigadores, revolv?anse en sus profundas cuencas rodeadas de grietas. Mientras su mirada se perd?a en el fondo del capazo que Nelet ten?a abierto a sus pies, dec?a con la risita burlona que a do?a Manuela, seg?n confesi?n propia, le «requemaba la sangre»:

– De compras, ?eh…? Yo tambi?n voy danzando por el Mercado hace m?s de una hora. ?V?lgame Dios, c?mo est? todo! Comprendo que los pobres no puedan comer.... Chica, si empiezas as? vas a llevar a casa medio Mercado.... Eso son bellotas, ?verdad? Comida de ricos; quien puede gasta. Eso s?lo lo compra la gente de dinero.

– ?Que t? no compras?– dijo do?a Manuela sonriendo, a pesar de que no ocultaba el efecto que le produc?an las palabras de su hermano.

– ?Qui?n…? ?yo…? ?Bueno va! A m? nadie me estafa.

Y al decir esto mir? al vendedor con tanta indignaci?n como si fuese un enemigo del sosiego p?blico; pero el palurdo, inm?vil y con las manos metidas en la faja, no se dign? reparar en la ferocidad agresiva del avaro.

– Adem?s– continu? don Juan– , ?para qu? quiero yo eso? Los que no tenemos dientes hemos de abstenernos de muchas cosas; muchas gracias si uno puede comer sopas de ajos y tiene con qu? pagarlas.... Algo he comprado: unas pocas casta?as y nueces; pero no para m?, son para Vicenta, que aunque ya es vieja tiene una dentadura envidiable. Poquita cosa. Ya ves t?… para m? y la criada poco necesitarnos. Adem?s, todo va por las nubes, y dinero hay poco.... ?Je, je…!

Y el viejo re?a como si gozase interiormente de repetir a su hermana en todos los tonos que era muy pobre.

– Vamos, c?llate– dijo do?a Manuela con voz temblorosa, sin ocultar ya su irritaci?n– . Me disgusto cada vez que te oigo hablar de pobreza; s?lo falta que me pidas una limosna.

– Mujer, no te irrites.... No quiero hacer creer que necesito limosnas; soy pobre, pero a?n tengo para no morirme de hambre, y sobre todo, con orden y econom?a, sin querer aparentar m?s de lo que realmente se tiene, lo pasa cualquiera tan ricamente.

Y estas palabras las subray? el viejo con el acento y la mirada burlona que fijaba en su hermana.

– Juan, toda la vida ser?s un miserable. ?De qu? te sirve guardar tanto dinero…? ?Vas a llevarlo al otro mundo?

– ?Yo…? Pienso retardar todo lo posible ese viaje, y tiempo me queda para malgastar antes los cuatro cuartos que guardo.... No quiero que nadie se r?a de m? despu?s de muerto.



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