Enrique de.

Transfusion





Enrique de Vedia
Transfusi?n

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .


?Suicidarte? ?Pero comprendes bien lo que dices?

Y en definitiva, ?para qu? debo vivir? ?Qu? misi?n me espera? ?Qu? ideal puede estimularme ya?

No te dir? cu?l es la raz?n filos?fica de tu existencia, porque la ignoro; pero, puesto que vives, ?vive! qu? diablos.

Como cualquier animal

?Supong?moslo! ?y qui?n te ha dicho que los animales sufren en su condici?n de tales?

T? echas todo a la broma y a la jarana, porque eres feliz.

No, Ricardo, yo no soy feliz en el concepto en que t? y todos entienden la felicidad, porque la felicidad comprende un c?mulo de circunstancias que jam?s se encuentran reunidas; lo que hay es que yo no quiero ser desgraciado y ?no lo soy!

Porque la desgracia no te agarra

?Me agarra a cada rato! ?Me ha agarrado mil veces! pero la desgracia se aburre conmigo.

No te entiendo.

?Pues es claro! La desgracia es como una persona seria que se fastidia en compa??a de quien r?e constantemente.

Lo dif?cil, lo imposible es eso; re?r siempre

?Qu? ha de ser dif?cil! Todo es cuesti?n de resolverse, no s?lo en defensa propia, te dir?a, sino en homenaje a la risa que es, sin disputa, nuestra patente de racionales.

Tampoco te entiendo.

?S?, hombre! Nosotros, los humanos, somos los ?nicos animales que re?mos y observa que la diferencia positiva que nos distingue de los dem?s bichos de la creaci?n es la de re?r.

?Y la de sufrir?

?Y qui?n te ha dicho que las gallinas de tu casa no sufren horriblemente cuando se hace guiso de pollos? ?O que los gatos de nuestros tejados no se sumergen en un mar de tristeza cada vez que nuestros fonderos ofrecen a sus clientes el civet de liebre? ?Sabes lo que sucede?

No s? adonde vas.

A esto: los animales sufren lo mismo que nosotros, pero no les importa.

Eso dices t?.

No, Ricardo; esto lo demuestran los mismos animales, y si no observa a las vacas, por ejemplo; ?t? crees que una vaca a la que el tambero le quita la leche que ella form? para su ternero no sufre? ?Sufre, che! pero se resigna. ?Y sabes c?mo lo demuestra? ?Comiendo de nuevo para tener leche otra vez, en la esperanza de que le alcance al hijo de sus entra?as!

Comen para satisfacer una necesidad.

?Justamente! y nosotros debemos hacer lo mismo; ?o t? crees que no necesitamos nutrirnos para seguir viviendo?

No s?lo de pan vive el hombre.

?Ya lo creo! pero as? como nuestra econom?a animal nos exige alimentos que se llaman pucheros, bifes, carbonada, locro ?te gusta el locro? ?qu? rico es con pedacitos de cordero, eh? bueno, pues lo mismo nuestro ser moral reclama sus alimentos espirituales, que se llaman: resignaci?n, esperanza, jovialidad, ?risa, ch?! ?risa! ?mucha risa!

Es muy f?cil decirlo.

?Y hacerlo! Yo lo hago, sin dejar de rendir mi obligado tributo a los dolores morales; pero cuando uno de ?stos me manifiesta intenciones de molestarme demasiado, meti?ndoseme muy adentro o qued?ndose en m? m?s tiempo del tolerable, ?me le planto delante, le suelto una carcajada y le se?alo la puerta: a embromar a otro! Lo mismo que con las personas; como que hay personas-dolor y personas-alegr?a.

A una de ?stas le digo: ?Cu?nto gusto! ?Adelante! Tome asiento; a las otras les hago decir con mi sirviente que no estoy.

?Y qu? haces cuando una de esas que llamas personas-dolor te sorprende y te agarra sin poder evitarlo?

?A qu? hora?

?C?mo a qu? hora?

S?, pues; porque seg?n la hora ser? el rumbo que tome; si es de d?a la llevo al club, a la Bolsa, a la casa de gobierno o a cualquier sitio que tenga salas de espera y puertas de escape; si es de noche, al teatro y en el primer entreacto ?zas! me le escabullo.

Eso puede hacerse con las personas; pero no con los dolores morales.

?Se hace lo mismo! Y aun es m?s f?cil desprenderse de una pena que de ciertas personas profesionales de la impertinencia. ?Ignoras acaso que el alcohol es un irresistible anest?sico para todo dolor moral?

Sin duda; pero el remedio es peor que la enfermedad.

La tarea, pues, est? en encontrar remedios que curen sin enfermar.

?Cu?les ser?an?

En tu caso ya te lo he dicho y repetido cien veces, y es necesario que aceptes el tratamiento que te receto: te vienes con Lorenzo y conmigo a la estancia del viejo; pasamos all? una temporada, cuanto m?s prolongada mejor. Comes buenos churrascos; andas a caballo; tomas aire puro y, contagiado por m?, acabar?s por re?rte de todo ese mundo de cosas deleznables y subalternas que actualmente te tienen envuelto en nieblas ?Contra las nieblas: sol, sol y mucho sol! y despu?s vendr? sola, vibrante, sonora, la risa, la sana, la en?rgica, la invencible, la fecunda, la suprema demostraci?n de que no somos tan animales ?R?ete! ?no seas pavo! ??R?ete!! ?Como yo! ?As?!

Es que oy?ndote a ti acaba uno por ver todo color de rosa.

?Como t? quieras! ?pero ir?s con nosotros, eh? Ya ves que Lorenzo ha resuelto acceder a mi pedido y t? no puedes desairarme por otra parte, la partida depende de ti y ?sin ti no me voy! e impedir?s que el pobre Lorenzo se cure tambi?n de sus males que son m?s o menos los tuyos

?Y qu? precisi?n hay en que yo les acompa?e?

La de curarte y, sobre todo, ?caramba! ya basta de explicaciones: ?vas o no? A esto he venido por ?ltima vez

Bueno, ?ir?!

?Bravo! ?Venga un abrazo! ?Ya ha empezado tu mejor?a!

Mi mejor?a T? eres muy bueno, Melchor.

?Ah! ?Soy una monada! contest? ?ste riendo de nuevo como lo hab?a hecho durante todo el di?logo sostenido con su amigo de la infancia Ricardo Merrick, cuyo estado moral combat?a desde algunos meses, como combat?a tambi?n el de otro amigo, Lorenzo Fraga, con quien conservaba desde la escuela un hondo afecto, realmente fraternal.

Ganada la batalla con Ricardo y convenida definitivamente la partida para el campo, se dirigi? a casa de Lorenzo a darle la buena noticia, y luego a la suya, a la que ansiaba llegar pronto para darla tambi?n, como lo hizo, en un verdadero estallido de su inconmensurable altruismo.

... ... ... ... ...

... ... ... ... ...

Ya no eres un ni?o, Melchor le dijo su madre, y debes saber lo que haces; pero yo creo que extremas un poco las obligaciones de tu amistad para con Lorenzo y Ricardo.

?Pero, mam?! ?Gran cosa!

Pues es nada, hijo: dejas tus ocupaciones por un tiempo que t? mismo no sabes cu?nto ser?; dejas a tu novia y nos dejas a nosotros por irte a cuidar a dos amigos.

Est?n enfermos, mam?, y yo creo que puedo curarlos.

?De cu?ndo ac? eres m?dico?

El mal de ellos no lo cura un m?dico, sino un amigo.

Pues deja que los cure otro; ?por qu? raz?n has de ser t??

Ellos no tienen ning?n amigo como yo; as? como yo no tengo ning?n amigo como ellos, mam?.

Todo eso est? muy bueno; pero ?qu? quieres? yo no me resigno a que te vayas as? y a que cargues con esa responsabilidad.

?Que me vaya c?mo?

Pero dime, Melchor, ?cu?nto tiempo vas a faltar de aqu?? dijo la se?ora quit?ndose los anteojos con que cos?a.

Dos o tres meses.

?Qu?! Eso no lo sabes y aunque as? fuera, t? tambi?n tienes obligaciones a que antes no habr?as faltado.

?Si no voy a faltar! Mira: en la oficina me dan licencia, reemplaz?ndome el subjefe, un excelente compa?ero, mientras dure mi ausencia.

?Y el sueldo?

?Es claro que lo cobrar? ?l!

?De modo que t? no figurar?s para nada?

Figurar? con licencia; y Clota tambi?n me ha dado licencia agreg? Melchor, riendo y abrazando cari?osamente a su madre.

Pero yo no te la he dado todav?a replic? ella, mientras le miraba con una de esas miradas con que s?lo una madre sabe decir: ?bendito seas!

?Y ser?as capaz de neg?rmela, cuando voy a realizar una obra buena?

Yo no puedo darte ni negarte licencia dijo la se?ora cambiando el tono de su voz; t? tienes veintiocho a?os.

?Todav?a no! interrumpi? Melchor; los cumplo en febrero y agreg?: ?qu? af?n de echarme edad!

?Y tu padre, qu? dice a todo esto?

??l? ??l es el primero en alentarme!

?Hum! modul? la se?ora, agregando, como en un suspiro, al ponerse de nuevo los anteojos: ?En fin!

Mira, mamita: d?jate de en fines, ?eh? ?No falta m?s sino que reniegues de tu propia obra!

?Qu? obra?

?Haberme hecho como soy!

S? mucho

?Pues es claro! ?Vas a negarme que soy tu vivo retrato? ?M?rame! dijo Melchor irgui?ndose en c?mica actitud, y agreg?: bueno, ahora hay que preparar todo.

?Melchor! ?Melchor! ?Melchor! entr? gritando desaforadamente su hermanita menor: ?Te han tra?do un ba?l lind?simo y nuevo!

Que lo pongan en mi cuarto, nena.

?Y qu? lindo es! ?qu? nuevo! repet?a la nena hondamente impresionada ante el flamante ba?l, que fue puesto en el cuarto de Melchor, y contemplado escrupulosamente por toda la familia.

Cuando Melchor qued? solo, abri? el ba?l para empezar la tarea de preparar su viaje, aproxim? una silla y sentado en ella qued? contemplando la luciente caja vac?a.

?Un ba?l! se dec?a Melchor, ?un ba?l es lo m?s parecido a una persona! ?Pero si es cierto! No hay nada tan parecido a los hombres como los ba?les Un ba?l nuevo como ?ste es igual, igualito a un reci?n nacido ?Qu? se le va a poner adentro? ?Psh! ?tantas cosas! A ?ste le toca recibir ropa limpia ahora; pero cuando vuelva, ?c?mo vendr? esta ropa? ?habr? usado toda? ?volver? sucia? ?traer? toda? ?traer? menos? ?se le agregar? ropa ajena? acaso sucia quiz? limpia ?qui?n sabe! ?Pero c?mo se parece un ba?l a una persona! Por lo pronto ?ste es igual a m?: le cabe en suerte recibir ropa limpia algunos libros de ideas sanas y servir para un viaje proyectado con la mejor intenci?n

Lo mismo que mis padres hicieron conmigo: me llenaron de cosas limpias me pusieron dentro ideas sanas y generosas ?me pusieron lo ?nico que tienen! y me prepararon para un viaje de buenas intenciones

?Y qu? diablos! Voy cumpli?ndolas ?es la verdad! en el fondo de este ba?l que se llama Melchor Astul en el fondo, es decir, en la conciencia, no guardo ning?n agravio ninguna ofensa ning?n remordimiento he hecho todo el bien que he podido y sigo haci?ndolo he pasado por tonto muchas veces; pero no he sentido envidia por quienes me consideraron as? y ahora mismo sigo mi viaje de buenas intenciones y lo seguir? hasta el fin ?hasta que el ba?l se rompa! o hasta que se acabe todo lo que tiene adentro o lo roben los hombres ?o lo ensucie el uso!

O lo ensucie el uso ?las cosas que dice uno de repente! O lo roben los hombres O lo ensucie el uso


* * *

Buenos Aires inicia su despertar con roncos e incoherentes movimientos de dormido.

Hacia el oriente la vaga y tenue coloraci?n auroral frente a la que las sombras de la noche huyen como arreadas por las gu?as curvas de una amarillenta luna en su ?ltimo menguante.

Los faroleros realizan a la carrera una tarea de resultados extra?os, pues al apagar la luz de los faroles entregan el campo a la m?s franca irradiaci?n de la indecisa luz con que el d?a se anuncia.

Entre ella se destacan, como orugas luminosas, los primeros tranv?as conductores de semidespiertos obreros que se dirigen a sus tareas y a intervalos se oye el seco trac-trac de los peque?os carritos que, al salir del conventillo, caen del umbral a la acera y de ?sta a la calle, conducidos por el ambulante vendedor de verduras, que se dirige veloz hacia el mercado de Abasto en busca de la enormemente copiosa provisi?n de hortalizas con que hace un nutrido agosto en el breve espacio de cada ma?ana.

La claridad avanza, hundi?ndose en la sombra a lo largo de las calles y haciendo surgir la silueta de los vigilantes escalonados en la calzada, mientras los noct?mbulos pasan como espectros, bajo esa luz cuyos tintes blanquecinos aumenta la lividez de sus rostros trasnochados.

Como la m?s limpia nota de la aurora repiquetean campanas cuyo ritmo, de lenta isocron?a, parece bajar de planos m?s altos a?n que los altos campanarios, mientras como surgiendo de entre las apretadas piezas del entarugado pasan veloces los carros que llevan a domicilio el pan nuestro de cada d?a

Pausados, desfilan, entre el crepitar eclosionante de la madrugada, los nocheros de plaza, cuyos jamelgos balancean la cabeza en oscilaciones que parecen exteriorizar ideas de infinitas y melanc?licas nostalgias.

De todo rumbo surge el vibrante grito de los vendedores de diarios que pululan llenando las calles como esas bandadas de avecillas que en el bosque cantan cuando el d?a llega, y es de admirar el contraste que ofrecen esos pilluelos diligentes y honrados, que a pulm?n lleno proclaman su luminosa mercanc?a, pasando r?pidos y sonoros por el lado del repartidor de diarios que, silencioso y grave, va echando por entre buzones, celos?as y rendijas la doblada hoja impresa que aqu?llos pregonan a gritos.

Las puertas de calle se abren pesadamente, dando paso a esa emanaci?n peculiar que bien pudiera llamarse el reg?eldo matinal de las casas, mientras la sirvienta que abri? la puerta, se alisa el despeinado cabello, como temerosa de que la sorprenda el lechero, el vigilante, el repartidor de pan o el mucamo de enfrente

Desde cualquier sitio en que se mire a la distancia, vese la atm?sfera de la ciudad densa y cargada, y s?lo el punto en que el observador se coloca parece limpio y di?fano, ofreci?ndose en el explicable fen?meno de sobresaturaci?n atmosf?rica el m?s vivo remedo del que los m?s padecen al considerarse a s? mismos en el centro de la verdad luminosa, mientras ven o creen ver a los dem?s obnubilados por las sombras del desacierto.

Ilusi?n de ?ptica en los dos casos, en que el vaho de la noche o del error nos envuelve

El sonrosado de la aurora se diluye gradualmente en la celeste diafanidad cenital, como si aquella coloraci?n rojiza del primer instante hubiera sido absorbida por el mismo sol, de tal modo a su paso el rojo de su propia irradiaci?n se desvanece y el contorno de la inextinguible hoguera se destaca n?tido en la eucar?stica limpidez del cielo.

Es la hora de las grandes honestidades

El que pasa la noche bajo las supremas angustias del juego ?se, para quien la acci?n y el fin de la vida est?n en las astucias del tapete y en sus ?xitos repugnantes, se alza bravamente ante los distinguidos tahures o clubmen que le rodean y palpitante de emoci?n o de angustia, proclama:

?Caballeros! ?No juego m?s; ya es de d?a!

M?s all?, alguien acaso en ausencia del que abandona la carpeta, ha dicho tambi?n temblorosamente y en voz sibilante, como el vago chirrido de un pu?al que sale de la herida:

Bueno, basta; ya viene el d?a

Mientras tanto, el jornalero, el honesto jornalero de brazo nervudo y de t?rax fuerte y levantado como su conciencia, sale para el trabajo, dejando en su modesto hogar a la compa?era en la sencilla labor de cada d?a, y, en el divino sue?o de la infancia sana, los hijos de la salud y el amor.

Y mientras el gran vaho nocturnal se disipaba en aquella ma?ana de enero, pudo o?rse, a lo largo de las calles, el repiqueteo del cascabel y el firme trotar de la soberbia yunta de zainos que arrastran la victoria de Lorenzo Fraga, en el inusitado madrug?n de aquel d?a.

La victoria se detiene en la modesta casa de Melchor Astul, que desde horas antes se apercibe para el viaje proyectado, tarea en la cual han intervenido madre y hermanas, disput?ndose el ?xito en los refinamientos de la previsi?n, pues en los ?ltimos detalles de un traj?n semejante es cuando se corre el riesgo de olvidar lo fundamental: el cepillo de dientes; las zapatillas; el sobretodo por si refresca; el abotonador; la pasta dent?frica; el bet?n, etc., etc.

Nada se ha omitido, y s?lo queda para mandar por encomienda el frac de Melchor, que no cupo en el ba?l y que es bueno tener a la mano seg?n lo aconsej? burlescamente su hermana mayor, por si se daba alg?n baile en el pueblo.

Bueno: ?otro adi?s! adi?s, mam?; adi?s, muchachas; d?ganle a tata que no me despido otra vez por no despertarlo, y escriban, ?eh! y no se olviden del frac y luego, dirigi?ndose al cochero: vamos a casa de Merrick, ?sabes? en la avenida.

El se?or Ricardo est? ya en casa; yo fui a buscarlo.

?Ah! entonces vamos all?.

Los zainos batieron con sus cascos como el redoble de una diana al romper la marcha, que se hizo en seguida uniforme y firme, cual si la regulase el repiquetear del cascabel colgante en la punta niquelada de la lanza; pero a poco andar la victoria se detuvo por orden de Melchor, que con un pie en el estribo y medio cuerpo afuera llam? a un vendedor de diarios que descend?a de un tranv?a:

Dame Naci?n y Prensa

No tengo cobre

D?jalos, no m?s. ?Vamos!

Y la victoria continu? su marcha con Melchor, que acababa de iniciarse en el d?a como de costumbre: con un acto de relativa previsi?n y otro de generosidad.

Cuando el carruaje lleg? a casa de Lorenzo, ?ste y Merrick esperaban en la puerta de calle.

Est?bamos haciendo votos por la prolongaci?n de tu tardanza.

?Por qu??

Porque as? podr?amos perder el tren y desistir de este viaje, para nosotros est?ril y para ti penoso.

?No sean pavos! Subo a saludar a la familia y despedirme, Lorenzo; bajo en seguida.

Est?n en el balc?n; nosotros ya nos despedimos.

Ya las he visto dijo Melchor, mientras sub?a de a cuatro la amplia escalera, al terminar la cual fue recibido por la familia de Lorenzo que en coro le hizo una de esas recepciones ?ntimas en que el deseo de re?r y de llorar se mezclan.

La madre de Lorenzo, que se hallaba recostada en la puerta de la sala que daba acceso al vest?bulo, interrumpi? los saludos dirigidos a Melchor dici?ndole:

Venga para ac? venga el santo el bueno

?Se?ora! exclam? Melchor dirigi?ndose hacia ella, que lo recibi? con los brazos abiertos exclamando:

Un abrazo as? fuerte ?muy fuerte! y rompi? a llorar.

Las hermanas de Lorenzo llevaron los pa?uelos a los ojos y en medio de un silencio de sollozos el padre de aqu?l se dirigi? pausadamente hacia el escritorio en el que penetr? despacio

?S?lo usted s?lo usted es capaz de este sacrificio!

Qu? sacrificio, se?ora, si Lorenzo es para m? un hermano.

Y usted es para m? un hijo desde hoy.

Bueno, se?ora; es decir: bueno, mamita, dej?monos de llantos para los que no hay motivo y ya ver?n ustedes c?mo dentro de poco vuelve Lorenzo hecho unas pascuas dijo Melchor sonriendo al dominar la intensa, la profunda emoci?n que sent?a.

?Dios lo oiga!

?Y me oir?! ?si yo estoy con Dios as?! repuso sonriendo al cerrar la mano con un en?rgico gesto, y agreg?:

?Bueno, adi?s! que tenemos los minutos contados; adi?s mamita, adi?s, Sof?a; adi?s, Carmencita; ?hasta pronto, se?or! dirigi?ndose al viejo Fraga que sal?a del escritorio guardando el pa?uelo entre el chaleco y su cuerpo, acaso porque no encontraba el bolsillo de su saco

?Adi?s, amigo, adi?s! ?y ya sabe, eh? cualquier cosa

S?, se?or; pero no habr? necesidad de nada, ?si llevamos provisiones para cien a?os! repuso Melchor con su jovialidad habitual.

Y baj? la escalera, enviando todav?a un ?adi?s! a todos, entre los que dejaba una vez m?s el alivio moral que su car?cter generoso y bueno derramaba en los esp?ritus atribulados o enfermos.

?Caramba, con tu despedida!

La se?ora me detuvo; pero estamos en tiempo, ?vamos!

Al Once, ch? dijo Lorenzo al cochero y el carruaje parti?.

Vamos a tener un viaje espl?ndido sin tierra fresco dec?a Melchor, ?ya ver?n qu? maravilla de vida vamos a pasar! y ?qu? tal? Ricardo, ?qu? dices?

?Yo? ?nada! ?qu? quieres que diga?

?Quiero que hables! ?oyes? que te dispongas a revivir y que no olvides lo que te dec?a anoche tu madre.

?Mi madre!

S?, tu madre, ?pues qu??

Mi madre ha sido feliz toda su vida.

?Y t?, no? ?Qu? rico tipo! Mira, as? y reun?a en un haz las yemas de sus dedos, as?, ?ves? as? hay consuelos para cada dolor.

Es posible.

No; es exacto y s?lo un ni?o, y un ni?o pavo, llora porque no le dan un juguete.

?Un juguete!

?Y a qu? hora llegamos a Trenque Lauquen? interrumpi? Lorenzo.

A las cinco; pero tenemos que pasar all? la noche para salir ma?ana a la madrugada, bien temprano, camino de la Celia.

?Y a la estancia? insisti? Lorenzo.

Si los caminos est?n buenos, de 5 a 6 de la tarde.

?Todo el d?a en coche! ?Qu? horror!

No; se hace una parada para almorzar y sestear en la posta del Paso ?Qu? te parece, Ricardo, una siesta en pleno campo?

?El qu??

?El qu?! ?Est?s dormido?

Estaba distra?do.

Bueno, ya llegamos; ahora en el tren te repetir? el caso.

En la estaci?n les esperaba el sirviente de la familia de Fraga, Rufino Mej?a, uno de esos tipos criollos, sanos de cuerpo y de alma, que ten?a en la casa sueldo de gran sirviente y prerrogativas de patr?n, bien merecido todo en quince a?os de leales servicios, durante los cuales no hab?a podido convencerse de que Lorenzo los hab?a vivido tambi?n.

Los equipajes ya est?n cargados, ni?o; pero, ?sabe? el ba?l grande no puede ir en este tren; pero va m?s tarde.

?Por qu??

No s? qu? me dijo el jefe, de que no hay furg?n de encomiendas, porque dice que es r?pido de pasajeros. Traiga la valijita.





: 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15